Entre la crónica y el ensayo.
Una reflexión sobre el texto de Jorge F Hernández.

Jorge Adrián Viniegra.

¿Qué regalo más hermosos se puede hacer que Madrid? La capital del imperio castellano, en cuyas avenidas y calles discurren milenios de historia: el galope de las ruedas de los carros romanos, las suaves pisadas de las babuchas arábicas, el resonar de los cascos de la afamada yegua  Babieca del Cid campeador, o la nostálgica mirada de Hernán Cortez previo a ser embarcado hacia la conquista del nuevo mundo. Es Madrid un tesoro de cultura digna de ser el regalo de reyes y emperadores. No obstante el texto de Hernández refleja una nostalgia y cariño mas no por la joya que es Madrid, sino por aquel que le ha regalado tremenda urbe, y es que Pepe Balsa es quien ofrece semejante presente al aquejado escritor.

Es cuanto menos curioso que sea un “pepe” quien tome un rol tan paternalista, aquel que le calma, que le insta a tomar las avenidas de la prodigiosa urbe para que pueda apreciar el baluarte simbólico de su peculiar regalo, el Sancho Panza que acompaña al atormentado Don Quijote en su agitada noche, aquel Virgilio que guía al torturado Dante entre los 9 círculos del infierno de la incertidumbre, y es curioso que sea un “pepe” porque es el apodo común que reciben aquellos que llevan por nombre José, no solo un importante referente bíblico sino el padre en tierra de cristo, entonces si desglosáramos el apodo y rastreásemos los orígenes que le vinculan con el nombre del esposo de María nos daríamos cuenta de que José en el relato bíblico vendría a ser el padre putativo, cuya etimología remite al latín y que en nuestro español moderno se traduciría como: reputado o considerado, al añadirle el “padre” hace referencia de aquel individuo que ante la sociedad es el padre de alguien, aunque este no sea su padre bilógico, de tal manera que José era el padre putativo de cristo, (P.P) que llego al leguaje castellano como pepe y se ligó de inmediato al nombre de José. Ahora bien, es Balsa el claro padre putativo de Jorge, y si de por si Madrid por cuenta propia es un gran regalo este no hace más que volverse completamente invaluable al venir de un padre, porque no es solo el valor de la ciudad como tal, sino que es la alegoría, el simbolismo, el gran orgullo que siente y que no halla mejor forma de expresar que con un regalo de semejantes dimensiones. Así mientras el sol de la mañana acaricia las calles madrileñas la tención de un hijo se disuelvo y el orgullo de un padre se eleva junto a los rayos del astro rey.

Y sin intención de pecar se soberbia he de decir que yo mismo he sentido en carne viva lo que mi tocayo ha vivido, infortunadamente  no en las mismas condiciones pero si con los mismos sentimientos; si bien ni estaba en vísperas de publicar ya que por aquellas fechas ni siquiera sospechaba que deseaba ser escritor, y mi regalo no tenía el glamur de una capital europea.

Recién ingresaba a la preparatoria y miraba mi futuro como una vorágine caótica que me arrastraría, aún más que el día que escribo este texto, y aunque no me enfrentaba a la ansiada de ofrecer mi arte a las masas y exponerme a la crítica, me hallaba lejos de mi hogar, de mi madre y mi pare de sangre, pero como a Hernández un hombre de apodo Pepe hiso que le acompañara para ver su regalo: Saltillo fue el baluarte obsequiado por mi padrino en aquella ocasión, mientras recorríamos sus calles y avenidas, el dadivoso Pepe que la divina providencia me había asignado se dedicó con suma paciencia y sabiduría a darme catedra de cada calle, cada avenida, cada parque, cada iglesia, y cada edificio que componían mi regalo; hablo pues de la alameda hogar de la biblioteca pública y de las cotorras serranas que anidaban ahí y frente a ella la escuela Normal superior de México cuyo Partenón grecolatino en la entrada hace juego perfectamente con la cúpula renacentista de su ala principal, mostró ante mí la santa catedral de saltillo donde reposa la fe del pueblo, y a la sombra de la casa de dios frente a ella el palacio de gobierno, de cantera rosácea que exhibe en su parte posterior una triple estatua que comprende los pilares en los que se levanta nuestra nación mestiza, a unas cuadras de ahí bajando por la calle de catedral, me entrego la casa Purcell cuya gótica fachada es hogar temporal de  las colecciones de arte que pasean por la república. Finalizando el recorrido por enfrente de la escuela bachillerato Ateneo fuentes, la prestigiosa escuela que alguna vez dio el apodo a la ciudad como la Atenas de México.

Ahora pues mientras escribo estas palabras no puedo sino sentir como el recuerdo hace estremecer mi corazón, como el fragmento de memoria que pinta la fachada de los edificios con el deslavado anaranjado del ocaso llena mi pensamiento de agradecimiento y de nostalgia ante el recuerdo de que aquel reglo que me dio mi querido padre putativo.                                              

 

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