Cazadores de pájaros

Por Roberto Osornio

"El muerto" no tenía que asomarse al bosque a ver si había pájaros, bastaba con salir de casa, con el rifle cargado al hombro y andar tres pasos al norte, pues el bosque era su casa. Se apostaba entre hierbajos y capiros con el sombrero de lado y el rifle cargado, lanza un disparo, los gorriones salen volando desesperados y, ráfaga cual cohete, ¡PUM!, ¡PUM!, ¡PUM!, el tercero se escapa, "el muerto" presencia su ágil huida pasando por el pino más alto hasta llegar a las nubes, y, al llegar al sol, se pierde en un hilillo de rayos UV que le reflejan en los anteojos como restregandole en la cara que "el pan de cada día" se le ha ido volando.

Avanza entre el pastizal sintiendo el roce de los hierbajos en los tobillos, avanza hasta divisar el par de aves sin vida ahí tiradas. Sin nada que decir pero con las dudas carcomiendo la sonrisa, se echa a llorar. Pensando en como decirle a su esposa que un ave se le ha escapado, que uno de los dos se tiene que "apretar la tripa" para que coman sus hijos y que su rifle ha escupido la última bala. Doce hijos tenía "el muerto" y los doce habían salido del útero de su esposa y a los doce se les tenía que dar de comer. "Fue la última bala del dia", cansado se pone de rodillas, es parte para rogar y en parte para descansar, le imploraba al bosque que le diera una más, que ese rayo de sol del atardecer se confundiera y volviera a ser el que fue en esa mañana con el sol naciente, le imploraba al cielo que le diera el descanso eterno que le había preparado hace años y que solo había terminado por hacerle acreedor a su apodo, "el muerto"; "el muerto", que estaba más que desesperado por salir de la prisión del bosque, lloraba desconsolado.

Un rostro joven contra los muros del bosque, ¿era ese el arado que su padre le había dado para sembrar?, porque su padre era un buen tirador, eran catorce hermanos, mataba tres pájaros y alcanzaba para que ninguno se "agarrara la tripa", pero araba mal la tierra, a tal grado que el maíz se quedaba escuálido en la mazorca, hundido en el vasto enjambre de hojas. Su padre araba mal la tierra pero era un buen cazador de pájaros, hasta que llegó el día en que el tercero se le escapó, ¿como él había fallado ese tiro?, pero, llegados aquí, él había fallado desde septiembre, cuando los pájaros aún no emigran y tienden a trinar cerca del arroyuelo como contemplando el vacío infinito, y aún así había fallado, tantos pájaros y había fallado, Rodrigo y Daniel habían muerto ese otoño, en parte por la tifoidea y en parte por tener que "agarrarse la tripa", eran sus dos muchachotes mayores y les había fallado. Fallaba como la cadena del baño que no bajaba, como el foco de la entrada y también el de la habitación de las niñas, como la cerca del corral de las vacas, como la matriz de su esposa, que ya no pudo dar a luz a su último hijo, murió en el vientre y de ahi no habían hecho el amor en siglos.

"El muerto", asqueado de haber llorado, tomó el par de pájaros y les quitó pluma por pluma, rabioso y reprochando a la suerte; la suerte no era dama para él, para ningún cazador de pájaros, después de todo, todos somos cazadores de pájaros y, en el momento de mayor necesidad, fallamos el tercer disparo. Tal vez es el sol que protege a sus hijos del cielo o el rifle que se cansa de matar, sea como sea, seguimos aquí, intentándolo, intentando sobrevivir a nuestra eterna condena del fracaso. 

Al día siguiente "El muerto" volvió ir al bosque, de nuevo falló el tercer disparo. Su esposa murió esa noche, tal vez de tifoidea, tal vez de hambre, tal vez de fracaso.





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