El arte del silencio
“El
ruido tiene una ventaja. No se oyen las palabras.”
-Milan
Kundera
Que paradójico
es el silencio, en el preciso momento en el cual se enuncia también se rompe.
Hay tanto que decir alrededor de él; se ha dicho mucho en su honor, y se ha ultrajado
por las mismas causas. Es increíble su fragilidad, la manera en que se ausenta
una vez que lo nombran. Hay quienes lo aman y quienes lo odian; quienes hacen de
él un mejor amigo y quienes no se atreven ni a encararlo. Es innegable el miedo
que causa, frente al silencio el hombre escucha más allá del ruido; se escucha
a sí mismo. Una vez que se observa con valentía ¿Qué más podríamos descubrir si
nos atreviéramos a hacer del silencio nuestra arma más poderosa? ¿Si nos volviéramos
estrategas de los puntos y comas, de los espacios para respirar y escuchar lo que
se esconde en la calma?
La particularidad
del silencio reside en que es infinitamente frágil, se quiebra ante su mención,
y está solamente en aquellas ocasiones en que nadie lo nombra. Solo de un fenómeno
tan ambiguo se pueden inferir tal cantidad de conclusiones, escribir un sinfín de
poemas y citarlo en un gran número de prosas; dejándolo de lado, y borrando su
existencia una vez que se recitan a golpe de voces las oraciones que lo exponen.
Queriendo honrarlo se ha ultrajado su existencia. Habrá que empezar a vivirlo
con naturalidad, experimentarlo sin enunciarlo, dejar de ponerle un nombre. Así
como cuando mencionamos al presente este ya está viajando al pasado; cuando la voz
pronuncia al silencio una sola palabra bastara para romperlo. Ahora mismo menciono
al silencio tajando su existencia
No importa
desde qué perspectiva se analice, su complejidad es imponte. Frente a un ente como
el silencio surgen respuestas correspondientes a su naturaleza: sentimientos intrincados.
Hay amor y hay odio, pero, ante todo,
como primera reacción nos topamos cara a cara con el miedo. Ante la ausencia de
sonido surge un universo de dudas, se despliega frente al ser humano un agujero
negro en forma de reflexión; se enfrenta así, al hombre con el hombre. Cuando
el barullo se apaga hay un camino directo y conciso, que viaja como una bala
para traer a casa los pensamientos, capaz de asustar a cualquiera.
En este
punto se despliegan dos caminos; se abre ante cada individuo la oportunidad de
decidir su relación con el sonido y el silencio. El sonido también es un ente particularmente
maravilloso, su defecto reside en los momentos en que se recurre a él como un
mecanismo de defensa. Lo estamos pervirtiendo cuando utilizamos al ruido para
acallar la palabra interna, esa que solo emerge una vez que el silencio lo
permite. Pero si vemos más allá del miedo con una mirada un paso más delante de
lo incompresible que puedan parecer los mensajes que brotan del interior, que están
ahí en el arte de saber escuchar. ¿Qué tanto más podríamos descubrir si el
silencio se viera como un amigo, si nos atreviésemos a ver lo que se esconde detrás
del ruido y del caos de una vida rápida y cotidiana? ¿Si tratáramos como un
perfecto balance, a través de rítmicas secuencias, al sonido y al silencio?
Podríamos
empezar a vivir dentro de un arte rítmico, dentro del deleite que tiene las
pausas para poder escucharnos. Acceder al silencio interno una vez que nos
permitimos detenernos a contemplar, a decodificar los mensajes mas allá del ruido.
El punto aquí es que siempre habrá un espacio infinito de posibilidades, un
campo abierto para extender al pensamiento. Las palabras pesan el doble, el
tripe o hasta el cuádruple cuando respiran, cuando estas tienen como precedente
la calma y las pausas. Se pueden sumergir en un ritmo dancístico una vez que se
dejan respirar. Cuando nos atrevemos a usar y observar los puntos y comas que
hay en la vida cotidiana, cuando estos signos trasgreden al papel y toman valor
como un respiro dentro del devenir complejo que implica existir. Los silencios
son la manera de oxigenar al alma.
Aunque
resulte paradójico, de vez en cuando vale la pena enunciar al silencio, hablar
de él, para ser consciente de que existe, y aprender a respetar sus espacios frágiles,
su modo vitalicio que requiere que nadie lo nombre. Entender su volatilidad
como una herramienta para apreciarlo. En las pausas surge el miedo, en los momentos
en los que no se escucha nada más que el propio pensamiento. Pero también de ahí
viene el arte, de aprender a ver lo que se esconde detrás de todo el ruido. Analizar
lo que hay en los sonidos tenues, las ensoñaciones detrás del susurro, el peso
que toma la palabra que se advierte después de una pausa, todo aquello que
parece poco pero que a larga significa mucho. Entonces ¿Por qué no hacernos
amigos del silencio, íntimos estrategas de los puntos y seguido, las comas, y los
espacios para respirar?
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