Matices del Miedo
Matices del Miedo por Xavier Angeles
Curiosa cosa es el miedo. En grandes cantidades nos paraliza; en pequeñas, nos impulsa a ser imprudentes. Pero, en la medida correcta, puede salvarnos la vida.
Desde tiempos remotos, el miedo como esa sombra vieja, lúgubre y harapienta, se ha aprehendido de nosotros y ha tenido su papel antagónico en la historia de la humanidad; aunque haya sido desterrado a los rincones oscuros, y en unas temporadas sea más visible que en otras; se ha dejado pasar por alto todo lo que éste nos puede enseñar de la misma condición humana.
Incluso al morar en estos recovecos, este ser ha encontrado la forma de colarse entre las páginas de los libros, en sueños, en vivencias, indudablemente en las creencias y todo por donde ha dejado marca el hombre. Bien decía Lovecraft (1927) que, la más antigua y más fuerte de las emociones de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más fuerte miedo de todos, es el temor a lo desconocido. Un temor que bien puede convertirnos en un superhéroe, en un mártir o en un sobreviviente.
Nuestras vidas, —queramos o no; seamos conscientes de ello o no,— siempre han girado alrededor del temor: de cierta forma esta emoción ha determinado la naturaleza de nuestras acciones. No obstante su reputación, por mucho tiempo no fue un tema de análisis importante, a pesar de las repercusiones que tiene en nuestra existencia y cosmovisión universal.
Hablamos de una emoción estrechamente relacionada con nuestra parte más instintiva, quizá sea esta la razón de la complejidad en la que se convierte cuando se le ve como objeto de estudio, que posee elementos cualitativos fácilmente abordables en diferentes perspectivas. El miedo forma parte de nuestra vida, en la construcción diaria de la individual y pluralizada realidad: la manera en la que ordena y delimita nuestro pensamiento.
Pero, ¿qué es el miedo realmente?, ¿Es adrenalina y cortisol en nuestro sistema límbico o una mera angustia guiada por nuestra propia negatividad? Sin duda alguna, era más sencillo describirla antes, cuando nuestros temores eran más sencillos y reales para determinar. Ese ser primitivo que se amparaba de la oscuridad porque no podía ver bien, que huía de animales cuando tenía la certeza de que eran más fuertes que él y que, de no reaccionar, se convertiría en la cena de ese día.
Estos matices se fueron develando conforme la mente humana se volvió más compleja. Y hoy somos conscientes de que, aunque el peligro no siempre nos persiga; el temor existe: de forma real o imaginaria, y es el mismo que estriba en los rincones oscuros de nuestra mente.
El miedo verdadero, es más que sobresaltarse por los jumpscares en una película de terror, es más que la sensación de ser perseguido por un callejón oscuro. Es insidioso y profundo. Evolucionó con nosotros de un instinto de supervivencia y, aunque cambie de apariencias o incluso, no sepamos cómo nombrarlo en realidad, reside en nosotros.
El miedo ha formado parte integral de nuestra concepción del mundo, desde que nacemos y nos acompañarán el resto de nuestra vida. Heredamos algunos de los miedos que tiene la sociedad, como el miedo de las consecuencias de nuestros actos. Pero, ¿cómo es que estos entran y residen libres-de-renta en nuestra mente?
¿Estamos condicionados al miedo?, ¿O es este el que nos permite vivir en sociedad? Si no reparáramos en las consecuencias de nuestros actos, ¿por qué nos comportaríamos de cierta manera?, ¿Qué tanto cambiaría nuestra conducta?
Visto de esta manera el miedo puede, hasta cierto punto, controlar lo que hacemos, lo que decimos, lo que pensamos… El miedo está presente hasta en la religión, en el sistema de creencias católico, el miedo es visto como una de las más antiguas emociones, incluso es la primera en nombrarse en la Biblia “Te oí en el huerto, y tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí.” (Génesis 3:10)
El constante recordatorio de que existe una vida después de nuestra muerte donde se juzgarán nuestras acciones y cumpliremos una condena por ellas. Todos lo hemos escuchado, seamos creyentes o no: las llamas eternas, la tortura del maligno. Este temor es retratado, en segundo plano en la película El día de la Bestia (1995) de Álex de la Iglesia, como el motor que hala las acciones del padre Berriatúa, llevado en esta Odisea religiosa hasta el mismísimo diablo para evitar el fin del mundo; en los crímenes de odio que se relatan con tanta naturalidad por las calles de Madrid.
Uno de los mayores precursores de los sistemas de creencias, en especial de los religiosos, es el temor, el miedo como control. Muchas personas han sido educadas bajo este esquema, el de cumplir y de cuidar las propias acciones, evitándonos un mal mayor, y es cuando uno deja que este miedo se apodere de nosotros que se convierte en una fobia; cuando se deja la libertad por la falsa o aparente seguridad, abandonando completamente la mentalidad crítica, se deja en manos de un ser superior el destino de las acciones y hay un dejo de poder, un dejo de conciencia; embelesados por lo milagroso de las promesas que se hacen.
El punto tampoco es satanizar, como lo hacen otros extremistas, sino el de ser autocríticos. La pregunta aquí, es entonces: ¿Quiénes somos sin temor?
O más bien, siendo específicos: ¿Somos los que elegiríamos ser de no tener el miedo?
Xavi, me dejaste meditando gran rato con la última pregunta. Me gustó que tú enfoque fuera hacia lo psicológico ¿De qué forma incide lo social y lo humano, lo meramente individual? Creo que diste en el clavo al hablar del miedo; tal vez el ilustre cura tenía miedo, fuera ilusorio o real, pero estaba presente. ¿Cuál sería el punto de parar el desarrollo del anticristo?
ResponderEliminarEn otra nota, tuve la sensación de que me hablabas, que el texto me obligaba a pensar en mis experiencias. Frases como: "¿Estamos condicionados al miedo?, ¿O es este el que nos permite vivir en sociedad?", son ejemplo de esa conversación honesta con el lector.
Esa es mi opinión, me encantaría seguir leyendo tus escritos :3
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