Causa finalis
Causa
finalis
Marco Amauri Lara Rosas
Si
fuéramos aristotélicos diríamos que aquello para lo que existe el lápiz es para
escribir. Nada menos cierto que tal pretensión. Si uno se dispone a reflexionar
de forma seria entorno a dicha cuestión, no se tardará en caer en cuenta de que
un lápiz se usa para todo, menos para escribir. Para hablar del lápiz es
posible prescindir de cualquier descripción minuciosa, todas las personas pueden
evocar, sin dificultad alguna, una imagen mental propia cuando se articulan las
dos sílabas de su nombre. No así cuando se trata de hacer un recuento de la
infinidad de usos en que se aplica el lápiz, pese a su aparente sencillez e
incluso trivialidad. Mencionar todas sus aplicaciones posibles resultaría
agotador y sumamente molesto, por tanto, es prudente conformarnos con unas cuantas.
Un
lápiz se utiliza para sujetar el cabello, para trazar una línea recta a falta
de regla y para tachar una cruz en la pared justo donde debe ir el clavo. No
solo es posible, sino también placentero utilizarlo para rascar la espalda ahí
donde no alcanzamos con los brazos. Sirve como carnaza para los dientes ante
una inminente crisis de ansiedad o tras un fuerte enojo. Otras veces, funge como
baqueta contra el escritorio o bien como micrófono. En la jardinería, se utiliza
como guía para las matas de jitomate y de chiles verdes. Y, en caso de que el armazón
de los lentes se quiebre porque alguien se ha sentado en ellos, con la ayuda de
un lápiz y un poco de cinta, pueden devenir en monóculo.
Además,
por mencionar otras usanzas que rayan en lo inverosímil, el lápiz es comúnmente
utilizado como mezclador de bebidas o como limpiador profundo de ombligos. En
las prisiones se utiliza como arma blanca y como instrumento para cometer
suicidio, si es que este se introduce por la nariz y se golpea en seco contra una
superficie plana. Otros más lo utilizan para entrenar al perro para que este aprenda
a regresarlo con el hocico al dueño o, en todo caso, para realizar trucos de
magia, entre otras modas.
Claro
que, así como un lápiz se puede aplicar a los usos expuestos, también se puede emplear
en escribir no ya una nota, una tarea, una carta o el borrador de una tesis, en
teoría cualquier persona alfabeta podría escribir en su libreta el próximo Laberinto
de la soledad o la nueva Divina comedia. No obstante, esta última
empresa parece más bien imposible y a muchos de nosotros nos bastará con
emplear los usos ya conocidos y a lo sumo concebir una nueva aplicación revolucionaria,
porque algo así como perfeccionar un instrumento como el lápiz, a todas luces
inmejorable, es quizá aún más difícil que escribir un libro.
Si,
con todo, todavía alguien insiste en escribir la nueva gran novela, yo le
aconsejo no comprar un lápiz. Sería la adquisición más estúpida de su vida,
mejor pedir prestado uno al compañero de al lado con el pretexto de una
urgencia y no lo regresarlo nunca. Al fin y al cabo, un lápiz es muy barato
como para considerar su hurto como un crimen, —infinito como sus aplicaciones— nunca se agota por mayor
uso que se le dé, y como se dijo al principio: sirve para todo, menos para
escribir.
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