Desobediencia culinaria en tiempos de tribulación
Desobediencia
culinaria en tiempos de tribulación
Marco
Amauri Lara Rosas
Dicen
que jamás se ha visto triste a persona alguna mientras come tacos y sí, en
cambio, a muchos deprimidos en el espacio reducido que circundan las paredes de
sus casas. Si acaso esto es cierto, el afianzamiento
de la virtualidad en la vida del mexicano ha contribuido, sin duda alguna, a que
el número de apesadumbrados aumente y el de personas felices decrezca. Y no es que
los mexicanos hayamos dejado de consumir el milagro por excelencia de la cocina
nacional, pero sí que nos estamos olvidando de visitar el lugar de su
concepción a cambio de la comodidad del delivery. Ante el inminente crecimiento
de las plataformas de entrega de comida a domicilio, de las llamadas cocinas
fantasmas, que dicen ser el futuro de los restaurantes y, en especial, de la “nueva
normalidad” virtual que ahora mismo confina y padece el pueblo mexicano, hoy en
día el mejor acto de desobediencia culinaria es el de visitar una taquería.
Nadie
que se jacte de ser mexicano dirá lo contrario: lo más cercano a la felicidad
es el instante aquel en que se degusta un taco. Sin embargo, considero que para
alcanzar la felicidad en su forma plena no basta con consumirlos, sino que es
preciso degustarlos en el recinto que los ve nacer: la taquería. Ya que estos,
por efecto de un fenómeno aun desconocido, pierden la mitad de su sabor en el
trayecto. Lo mismo que la cerveza en lata de aluminio no sabe igual a la de
envase de vidrio, el vino en cartón no iguala en sabor al de botella, los tacos
para llevar no los mismos a los que se disfrutan en las taquerías. En todo
caso, siempre vale más ir en búsqueda de ellos, que ellos vengan en búsqueda de
nosotros.
Para
no engrosar las estadísticas de la tristeza, basta con desplazarse tal vez
menos que un kilómetro, ver en la fachada de una casa, sobre las avenidas
principales, en la esquina de cualquier calle, en un puesto de un mercado, en
el local de una plaza o en una cuadra completa un anuncio proporcional al
tamaño del recinto que diga “taquería” y entrar dispuesto a realizar el ritual donde
toda clase de seres sin distinción alguna confirman su existencia, para después
continuar con ella como quien sube a la cima de la montaña con una pregunta
acuestas y baja con la respuesta.
En
tiempos como los nuestros, donde las pandemias extinguen vidas e ilusiones, las
crisis sacuden los bolsillos de todos, las guerras amenazan con arrasar la faz
de la tierra y la comida cada vez se hace más rápida, triste, solitaria, estéril,
es un acto de rebeldía asistir a una taquería como antagonista de una forma de
vida con horizontes desesperanzadores. Cuando visitamos cualquier taquería, se asiste al espectáculo de
la convivencia, al del fuego y el aceite hirviente que cocina desde el suadero hasta la
tripa, el del maíz y la harina que envuelven en su extensión todas las carnes,
salsas y vegetales posibles. La taquería, pequeña ágora que reúne a mil
vendedores, artistas callejeros y borrachos; lugar donde el vegano siente lo
que Cristo en el desierto, y donde el que está en quiebra vislumbra la mejor idea
para invertir en su próximo e hipotético local de tacos donde él será el dueño, a la par que aumentará la felicidad del mundo, quizá sin saberlo.
Por suerte, aún con todo y con las debidas precauciones, es posible disfrutar cualquier día de la semana el espectáculo sensorial que constituye el concepto tan complejo e inabarcable de una taquería. Cuando el gusto así lo disponga, pero las amenazas del mundo exterior se adueñen de la voluntad y se esté a punto de ceder ante la comodidad y el miedo de no salir de casa, cabría rescatar, para tener en mente, una frase memorable de entre la obra del guanajuatense Ibargüengoitia: “El destino quiso que yo fuera desgraciada, pero no me dio la gana”, no obstante, añadir al final de esta, “y me fui por unos tacos”, como una forma de sobreponerse a las imposiciones y a las adversidades de nuestra época, y por su puesto, a su cocina.
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