El día de la bestia: De sacerdote a anticristo


¿Es el anticristo aquel nacido de Satán o lo es quien peca en nombre de la fe? Una de las paradojas más cómicas de la vida es el afán de llamarle salvador al que ha cometido más crímenes que el mismísimo demonio, todo ello en nombre del bien. El padre Berriartúa, protagonista de la película El día de la bestia, se muestra como un perfecto prototipo de esta discusión.  Así pues, con la latente ironía manejada dentro de todo el cortometraje, no es absurdo afirmar que el “héroe” de la historia podría ser todo lo contrario visto desde otro punto: un anticristo con cara de salvador. Pues, al final, la lejanía entre ser héroe y ser villano es mínima. 

El fuerte sarcasmo dentro de la obra permite hacer análisis de todo tipo a lo largo de cada escena. Desde el personaje abiertamente satánico y que, para gracia de todos, es llamado José María hasta el último enfoque a la estatua del ángel caído. Alex de la Iglesia no se contiene al satirizar tantas cuestiones del diario, de modo que cualquier teoría respecto a mensajes ocultos dentro del cortometraje parecen más un juego irónico propio del director que especulaciones de los espectadores. 

Ahora, es innegable que existen razones detrás de los pecados cometidos por el padre. Al inicio de la historia, él desvela la verdad detrás del próximo apocalipsis. El peso de tener en sus hombros la salvación de la existencia humana lo lleva a disponerse ante el propio Satán. Salvar a sus hermanos para no dejarlos perecer en el infierno que creará el hijo del diablo se vuelve su prioridad, incluso si para lograrlo tiene que dañar a los mismos. No obstante, el sacerdote no es un desalmado incapaz de ver sus errores, ya que antes de empezar su vida de yerros, advierte sus acciones y se disculpa. Sin embargo, eso no lo redime. 

El padre fue el salvador del mundo a costa de ser el asesino de otros. El primer ejemplo es la madre de José María, quien en su vano intento de confrontarlo al creerlo un asesino terminó falleciendo en las escaleras a manos del cura. Se desconoce el paradero, pero aquel trabajador ambulante lanzado al túnel del metro subterráneo fue una víctima más de la “salvación”.  Asimismo, desvió la mirada del vagabundo que, al borde de la muerte, lanzaba gritos ahogados por las llamas que le quemaban vivo. Los delitos merecedores del infierno mancharon la vida del protagonista desde el primer minuto en que pisó Madrid. 

Las calamidades llegarían al mundo con el nacimiento del anticristo. Él crearía disputas, asesinatos, robarían y mentiría. Irónicamente, haría lo mismo que el sacerdote hizo al tratar de asesinarlo. En un hipotético mundo donde el padre Ángel no hubiera logrado evitar la llegada del hijo indeseado y no hubiera desistido de su misión, el resultado sería igualmente el sufrimiento del mundo, pero con el ideal de la salvación. Él convertiría el aura de Madrid en un infierno similar al que originaría el anticristo. 

Aunque la diferencia entre anticristo y salvador sea subjetiva, no significa que uno sea bueno y el otro malo. Es necesario reconocer que uno está cerca del otro. Ambos son los lados de una moneda: contrarios y unidos al mismo tiempo, compartiendo algo en común. El profesor Cavan creyó hasta el final que él y el cura fueron los salvadores del mundo, que derrocaron al mal. Eso es peor que un anticristo, porque se niega a ponerse el título que corresponde; unos héroes asesinos. Porque el demonio sabe que es el malvado y no teme admitirlo, pero el bueno se ciega ante sus propios yerros. 

Sin temer a caer en el extremismo de la comparación, no es disparatado decir que existe cierta similitud entre el padre Berriartúa y el ataque a las torres gemelas llevado a cabo en el nombre del yihadismo. Ambos fueron movimientos que involucraron a personas inocentes. En los dos, los perpetradores estaban conscientes de sus acciones, del arrebato de vidas que hicieron. A pesar de ello, ninguno se detuvo: siguieron adelante en nombre de sus ideales, en busca de la salvación. 

Además, es imposible obviar la probabilidad de que toda la salvación fuera en vano, ya que la ingesta de drogas dentro de la película deja una libre interpretación. Si esto fuera así, todas las razones comprensibles para los pecados del sacerdote instantáneamente quedarían anuladas. 

Las acciones no dejan de serlo sólo por tener un motivo. Algunas veces es imposible no llevarlas a cabo. El protagonista estaba en ese punto; sería ilógico sentenciarlo por ello. Lamentablemente, sería más desatinado cegarse ante su motivación y desentender sus crímenes. Pero, sin lugar a dudas, lo imperdonable sería que él mismo ignorara ello y viviera en la comodidad de ser un héroe.

El día de la bestia no titubea al tratar situaciones normalizadas de agresión, violencia o demás temas cuestionables por su propia naturaleza. Gracias a ello, concluir en una idea tan inverosímil como que el padre era el más cercano a volverse el anticristo deja de carecer de racionalidad. 

– Irais Luna Granados. 

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