El lápiz como herramienta en la escritura

 

El lápiz como herramienta en la escritura

 

¿Qué sería de nosotros si fuésemos incapaces de plasmar nuestros pensamientos? Si bien la transmisión oral históricamente ha sido uno de los medios más eficaces para compartir una idea, lo cierto es que la escritura inmortaliza en el papel aquello que la tradición oral tiende a modificar con el tiempo. Desde que se inventó la escritura surgieron varios materiales e instrumentos con los cuales la humanidad ha podido dejar un registro y aunque algunos de estos no hayan sobrevivido al paso del tiempo, otros, son prueba viviente de que la escritura es la mejor manera de preservar algo.

De todas las herramientas usadas para escribir, el lápiz suele quedarse atrás puesto que la pluma, tal vez ya por costumbre, lo reemplaza después de la primaria. Luego de esta etapa abandonamos la posibilidad de arreglar todo con un borrón y cuenta nueva después de equivocarnos y con esto abandonamos, creo yo, la mayor virtud del lápiz.

Cuando pensamos, las ideas muchas veces vienen como un revoltijo de imágenes que no siempre organizamos de la mejor manera. Lo mismo sucede a la hora de escribir. Tres, cuatro o cinco palabras y uno que otro conector después, es cuando te das cuenta de que tal vez el texto no refleja lo que realmente imaginaste, y es que las ideas se reestructuran constantemente en la cabeza dando pie a una mejor o peor versión de lo que se desea plasmar. Cuando la tinta rosa el papel ya no hay nada que hacer, pero el grafito es corregible, le da una nueva chance al escritor.

Se dice que lo que importa no es el arma sino aquél que la maneja, sin embargo, no se puede imaginar a un herrero dando forma al acero sin su respectivo martillo. De la misma manera el escritor necesita de una herramienta para pasar las ideas de su cabeza al papel. El lápiz cobra esta función de un martillo y golpea sobre la hoja el rojo acero que es la palabra para darle forma; el escritor se transforma en artesano del lenguaje asumiendo que necesita de su utensilio para trabajar.

Además de la seguridad que otorga a la hora de escribir, este utensilio resulta ser muy práctico. Puede que las máquinas hayan otorgado una nueva alternativa a la hora de escribir, pero el lápiz y el papel siguen ofreciendo algo que los teclados y las pantallas no pueden aún. El lápiz actúa como un mediador entre el pensamiento y el medio en que se está escribiendo, se vuelve un conducto el cual crea una relación única. No es lo mismo teclear letra por letra a tener el completo control de las mismas.

Un objeto con el que estamos tan familiarizados como lo es el lápiz se convierte, a la hora de escribir, en una extensión del propio cuerpo y sin embargo nunca se piensa en la importancia que se tiene (literalmente) a la mano. En cuántos textos no habrá sido partícipe, en cuántas fórmulas, en cuántos mapas.

Estamos tan naturalizados a él que en con la cantidad de ejemplares que hay en el mundo ya parece omnipresente y, aun así, invisible. Puede que el propio lápiz haya sido cómplice en innumerables textos, y a su vez, estos textos hayan sido fuente de inspiración de muchos otros. Esta cadena de eventos tal vez hizo posible leer a tus autores favoritos y, por tanto, que seas la persona que eres hoy. O tal vez no. Es correcto decir que el lápiz ha estado presente en gran medida a lo largo de la historia, pero se le estarían atribuyendo milagros si se piensa que sin él nada sería igual.

En conclusión, esta herramienta que ha sido heredada desde la época latina sigue siendo una opción inmejorable a la hora de escribir y, aunque existan otras alternativas, el lápiz seguirá vigente por algunos años más ora por su versatilidad, ora por la sensación de control que se genera al escribir con él, o simplemente porque aún hay personas que se sienten complacidas al escribir con un lápiz a la mano.

 

León Felipe Ramírez Martínez

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