El lápiz: La herramienta de escritura inesperada.

 Volví a escribir con el lápiz. Regrese a redactar con aquel grafito fácil de borrar y en ocasiones, complejo de entender. Pensando que quizá ya estaba preparada para usar la distinguida pluma de tinta, pero me di cuenta de que estaba cometiendo un error, subestimando al lapicero y el gran aprendizaje que me había proporcionado durante mi infancia y parte de mi adolescencia.

Cuando empece a estudiar la preparatoria y parte de la universidad, deje de utilizarlos por completo, supuse que si seguía haciendo mis trabajos a base de esta herramienta, los maestros o incluso mis compañeros no me tomarían como una persona madura o dedicada a mis estudios. Decidida a tomarme en serio todos los apuntes y tareas, deje atrás el lapicero, usando solamente las plumas de distintos colores.

Cuando de repente, de un día para otro, en la mochila que usaba todo el tiempo para la escuela, apareció un lapicero naranja que al parecer quedo olvidado antes de que desechara todos los lápices. A veces no entendía que hacia ahí porque yo recordaba que todos los días lo sacaba y lo volvía a guardar en una caja al fondo de mi closet.


En una de las ocasiones cuando lo encontraba al fondo de mi mochila, al mirarlo me trajo consigo algunos recuerdos de cuando estaba más pequeña, rememorando cuando aprendí a escribir y el lapicero era la herramienta más importante cuando escribía y redactaba cada una de mis tareas. Fácilmente, podía borrar cualquier error, reescribir un montón de veces las ideas de mi cabeza o simplemente anotar cualquier pensamiento.

Era inevitable no ponerme nostálgica con un objeto que estuvo presente durante gran parte de mi vida, apoyándome en mi educación y en ocasiones ayudándome a escribir en aquel cuaderno pequeño que consideraba mi diario más preciado o en aquellas cartas incomprensibles que le dedicaba a mi madre. Sin darme cuenta, el lapicero había marcado una ausencia indescriptible. 


Sabía que había dejado de usarlo porque creía que usando tintas de colores podría hacerme ver más profesional o madura. En algún momento durante mi crecimiento pensé que no tenía realmente una gran utilidad en la escritura. Usar el lápiz me hacía sentir diminuta en el mundo de la escritura, solo por usar esa herramienta sencilla y fácil de borrar. 


Pero cada que descubría ese lapicero en mi bolsa de la escuela, sentía que en vez de mejorar, empeoraba mi escritura. Trataba de utilizar las plumas todo el tiempo, compraba una variedad de colores para que visualmente se viera bien y escribía todo tipo de textos con aquella herramienta, aun cuando no dejaba de cometer errores y tenía que corregirlos con la pluma correctora. 

Cuando intentaba escribir alguna frase, me equivocaba al menos dos veces, tenía que usar de nuevo el corrector y hacia un total desastre en cada hoja que iba usando. 

No quería resignarme y dejar de usar las tintas, me sentía una escritora profesional cuando las empleaba durante la narración de mis historias, pero por más que lo intentaba, los errores eran mayores a lo largo de mis relatos. Todo mundo me decía que cuando observaba mis textos actuales, no se podían entender y que a diferencia de hace algunos años, en cuanto leían, comprendían a la perfección. 

Realmente me sentía perdida, llevaba años pensando con la idea negativa de que si usaba el lápiz era una persona sucia, descuidada o en ocasiones sin la suficiente capacidad para escribir. 


En una noche, sin poder dormir, reflexionando en alternativas de lo que podría hacer ante la situación de mis errores al usar la pluma, escuche ruidos afuera de mi cuarto, fingí estar dormida y vi como mi madre entraba. Llevaba, entre en sus manos un objeto reconocible, era aquel misterioso lapicero que cada mañana encontraba en mi mochila, no entendía la razones de aquello, realmente no comprendía en que podía ayudarme. 

Sin falta le pregunté al día siguiente, simplemente me dijo que debía dejar atrás el miedo de usar el lapicero, que tenía que recordar como me hacía feliz escribir cuentos realmente graciosos solo usando hojas sueltas de cuadernos y un simple lápiz. Ahora no dejaba de pensar en que mi madre era completamente honesta y tenía bastante razón en decirme aquello. 


Temía redactar con la herramienta de grafito, pero recordé que era bastante feliz usándola, me sentía cómoda y las ideas venían con facilidad cuando escribía. Simplemente, cuando algún escrito no me convencía, lo borraba y lo volvía a empezar. A pesar de todo, empece a considerar volver a usar aquella herramienta de escritura. 


Cuando estaba decidida a utilizar el lápiz otra vez en mi vida, tanto para la escuela como para mis historias personales, de un momento a otro las plumas dejaron de funcionarme, la tinta se acabó y empezaron a perderse alrededor de mi habitación. 

Me angustiaba únicamente escribir con el lapicero, seguía con algunas ideas negativas hacia ellos, pero no tenía otra alternativa más que usarlos.


Tenía que acostumbrarme otra vez a usarlos, las primeras veces manchaba toda mi hoja con el grafito, cuando me equivocaba seguía sobreponiendo las palabras sobre otras, igual que cuando usaba la tinta negra u olvidaba borrar los errores. Pero volví a sentirme como aquella niña de primaria, que le gustaba escribir cartas cuando era el día de las madres, que a pesar de tener bastantes faltas de ortografía las cuales imposibilitaban comprender la carta en su totalidad, pero sin importar porque sabía que en aquellos textos lo más importante era la representación de mis sentimientos y lo había dejado olvidado cuando usaba los lapiceros de tinta negra. 


El retornar los lápices en mi vida, no solo me trajo consigo memorias  y buenos recuerdos vividos durante gran parte de mi vida estudiantil, sino que también pudo regresar a mí  la etapa de escritor que siempre he deseado, aquel que sabe expresarse sin parar, lleno de sentimientos y sin importarle realmente la calidad. Durante años subestimé al lápiz, sin saber que yo misma lo necesitaba para seguir adelante con mi mundo de ideas.

- Karla Jazmín Hernández Martínez


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