El lápiz, objeto cotidiano y catártico
El alma siempre busca el modo de manifestar sus pasiones. Comúnmente, lo hace por medio de objetos materiales. Pero entre estos, el lápiz es el instrumento catártico por excelencia. Los artistas lo saben, pero no hace falta ser uno para comprender su relevancia en el día a día. En los primeros trazos infantiles, en las traiciones de la memoria o en medio de un desprecio por el mundo, la necesidad de manifestación aparece al tomar el lápiz. Vale la pena detenerse a pensar en aquel efímero objeto que le da forma a la tristeza, al amor, a la rabia, a la belleza, en fin, al mundo.
Existe cierto placer cuando, antes de sentarse a escribir o a dibujar, se le saca punta al lápiz. El trazo del grafito afilado sobre el papel brinda un placer sensorial que las computadoras o las máquinas de escribir no podrán sustituir. El uso del lápiz es más personal, pues mientras los pensamientos se manifiestan, el objeto, que solía formar parte de la naturaleza, se va desgastando. Esto muestra lo efímera que es la vida.
Los niños aprenden a escribir con lápiz. Mediante trazos temblorosos e irregulares figuras, comienzan las primeras manifestaciones del pensamiento sobre el papel. Con el lápiz no hay temor ante los errores, pues su goma resulta un alivio: “te has equivocado, no importa, borra y vuelve a empezar”. El único fastidio durante esta etapa es el constante discurso sobre la manera correcta de sostener el lápiz. ¿Importa realmente? Los grandes poetas, músicos y matemáticos nunca se preocuparon por eso, sólo importaba tener un lápiz a la mano y crear.
En la adolescencia se sustituye el lápiz por la pluma. Esta última no permite el error. Aún así, el lápiz se utiliza para escribir inocentes notas de amor, o intentos de poemas después de haber leído a Sylvia Plath o a Baudelaire. El lápiz le muestra al incomprendido adolecente que quizás no será bueno para las matemáticas, pero sí para el dibujo. En medio del aburrimiento, las libretas cuadriculadas se llenan de dibujos grisáceos. El agarre del lápiz ya no le importa al adolescente; es más, lo rompe en medio de un deseo por quemar al mundo que no lo entiende, o lo sostiene con fuerza durante el examen de admisión a la universidad.
Las grandes obras artísticas comenzaron con el trazo del grafito sobre un lienzo o un papel. El punto de inicio es el momento en que el artista ha concebido la idea en su cabeza, después toma el lápiz y comienza la manifestación. Durante su viaje a Escocia, Felix Mendelsson escribió el tema de las“Las Hébridas” en un trozo de papel y un lápiz que llevaba consigo. De no haber contado con un lápiz en el momento, quizás la obertura no habría nacido. Durante los ensayos, los músicos siempre deben de cargar un lápiz para realizar las anotaciones que el director vaya a indicar. Una arcada o una respiración marcada con gris en la partitura puede transmitir al oyente, de una manera más convincente, el patetismo de la obra. Aunque esté presente en los momentos de creación, no duele cuando un lápiz se desgasta por completo Simplemente es reemplazado por otro. Al final, lo que importa es el producto final de la catarsis o del momento creativo. Pero caemos en desesperación si no se cuenta con un lápiz cerca para escribir un recordatorio, o para escribir un poema en medio de un corazón roto.
No importa cuánto domine ya la tecnología en nuestro día a día, siempre se requerirá escribir de manera manual. Basta con abrir los cajones, los lapiceros o buscar en cualquier parte de la casa: siempre habrá uno. El lápiz es amigo de la memoria, está presente en todos lados, esperando ser utilizado para escribir un número telefónico, un recordatorio de cumpleaños, la fecha de un examen, una nota de suicidio o un dato importante qué añadir a una próxima novela.
Susan Vázquez-Mellado Camarillo
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