Hecho en México
Lo primero que extraña un mexicano que abandona su patria
es la comida. La euforia de la mudanza, el instinto de explorar y dejar huella
en cada sitio nuevo son sensaciones abrumadoras que lo dominan todo en un comienzo,
pero se desvanecen como polvo en el viento cuando se llega a una cocina con los
gabinetes vacíos y la estufa reluciente de brillo. Otras cosas, como la familia
o la música, se extrañan igual, pero el dolor de extrañar la comida que se
lleva consumiendo toda la vida es uno que no se pierde nunca.
Por supuesto, la reacción inmediata sería buscar la manera
de imitarla, lo que no conlleva a más que otro golpe de realidad. Pasos inseguros
en los pasillos de un supermercado desconocido, las estanterías llenas de
productos con etiquetas en idiomas ajenos y presentaciones de lo más curiosas;
un surtido que a los oriundos de esa tierra se le haría de lo más natural, pero
que al mexicano le traerían desespero y frustración. Uno da por sentadas las bolsas
de papel con harina de antojitos, las latas de frijoles charros y las verduras en
enormes huacales apiladas en un rincón hasta que deja de tenerlas al alcance de
su mano.
La globalización nos da la oportunidad de probar comidas
propias de un país a miles de kilómetros de éste, pero dicha diversificación
tiene un precio: la distorsión. Un mexicano come muy a gusto y sin problema
alguno mexicanizaciones de platillos extranjeros, como sushi de arrachera o pizza
con rebanadas de piña, pero es el primero en horrorizarse cuando pide tacos en
un restaurante extranjero y le entregan una tostada doblada con relleno de poca
sazón.
Es en momentos como esos cuando se extraña un “taco de
verdad”, de los que en México se encuentran tan abundantemente. Las ciudades
están llenas de taquerías en cada rincón, de negocios que seducen a los
peatones con el cautivador aroma de la carne asada, la cebolla caramelizada y
las tortillas torteadas. Todas son taquerías, pero cada una es única a su
manera: la receta de las salsas, la temperatura del trompo de cocina, incluso
los acompañamientos que se ofrecen. Los tacos siguen siendo manjares exquisitos
se coman en la taquería en la que se coman.
El secreto de su delicioso sabor no se esconde en restaurantes
de lujo con ventanales enormes y precios exorbitantes, o en carritos ambulantes
con manchas de grasa en el mostrador y platos envueltos en bolsas desechables,
y tampoco en pequeños negocios escondidos en los recovecos de las ciudades con
sillas de plástico apilables y palabrotas pintadas en el respaldo; más bien
yace latente en las líneas de las manos de un buen taquero.
Las taquerías no son simples establecimientos para dar
unos pocos billetes y salir del local con la boca manchada y el estómago lleno:
son experiencias. Es sentarse con buena compañía y música ochentera de fondo,
es oír al taquero menear su cuchillo y preguntarle a un güero cuántos tacos va
a querer, es devorarlos con una sonrisa de oreja a oreja y pedir uno más antes
de pagar la cuenta. Es el primer lugar (después de, quizás, la casa familiar)
que un mexicano visita cuando regresa a su país. Los tacos pueden comerse en
todas partes, pero la experiencia de ir a comerlos a una taquería tiene sello
de “Hecho en México”.
Moncada Morales María Alicia
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