La falsa dicotomía del lápiz
La creación y la
destrucción son protagonistas de un círculo vicioso que se puede ejemplificar
con un lápiz. Son conceptos que se asumen por completo opuestos, mutuamente
excluyentes, pero con algo de análisis acaban revelándose como dos caras de una
misma moneda. Para destruir es necesario haber creado primero, y toda creación
implica la destrucción de algo previo que le dio lugar para existir. Entonces,
¿dónde entra el lápiz?
Lápices hay muchos
—de grafito, de cera pigmentada e incluso de baterías—, más para fines
prácticos este ensayo se centrará en la clase de lápiz que uno evoca en
automático al oír la palabra: un angosto cilindro de grafito envuelto en un
prisma hexagonal de plástico o madera, con un extremo que sobresale en punta y
el otro escondido tras una milimétrica goma de borrar. El color no es de
importancia en este ejemplo, solo la esencia.
En sus inicios, el lápiz fue diseñado no solo para
crear, sino también para proteger. Las barras de grafito por sí mismas son
terriblemente frágiles, complejas de maniobrar y fuente además de incontables
manchas en quien las usa para escribir, por lo que daban pie a un intercambio
con varios inconvenientes. Algunos ingeniosos las envolvían en cordeles o cuero
de oveja, y si bien la situación se aliviaba, seguían siendo una herramienta
inoportuna. El problema se arregló con una solución curiosa: cubrir el grafito
con una carcasa de madera.
Así, la dificultad inicial quedó resuelta, pero el
invento concluido solo acarreó más preguntas incómodas: ¿por qué elegir al
lápiz? Tenía ciertas ventajas frente al ampliamente utilizado pincel
—no requería tinta y sus trazos se mostraban más precisos con menor esfuerzo—,
pero no era convincente aún. Necesitaba algo más, y dicho algo no fue nada
menos que el mismísimo borrador.
De igual modo que el lápiz, la goma de borrar no
comenzó en las mejores circunstancias. Las primeras no eran más que pedazos de
migas de pan que, si bien cumplían su objetivo, perecían rápidamente y
desprendían un olor putrefacto. Un accidente acabó posicionando como reemplazo
al caucho, y fue entonces que las piezas del rompecabezas empezaron a encajar.
Actualmente, raro es el lápiz que no trae en uno de sus extremos un pequeño
borrador.
Este es, por tanto, el ejemplo del círculo vicioso
mencionado al comienzo de este texto: el borrador persiste gracias al lápiz, y
viceversa. De no haber borrador, el lápiz perdería su mayor ventaja contra
otras herramientas de escritura, tales como la pluma estilográfica y el pincel;
y de no existir el lápiz, el borrador no tendría trabajo o motivación alguna.
Ambos son opuestos, pensados para acciones contradictorias, que pese a ello se
necesitan entre sí. Todo esto es una metáfora un tanto rebuscada para analizar
la relación entre la creación y la destrucción.
Ahora que comprendemos un poco más la complejidad
que une a ambas, podemos —por fin— atrevernos a ponerle nombre. De haberse
intentado al inicio del trabajo, el lector podría haber cometido el desliz de
inclinarse hacia el término de dicotomía —una relación mutuamente excluyente
donde una de las dos partes debe posicionarse por sobre la otra—, más este
queda descartado a estas alturas de la comparación. La autora de este ensayo
propone otra palabra en su lugar: dualidad — donde
no se trata de elegir una cosa sobre la otra, sino que ambas forman parte de
una misma, e incluso si la balanza se inclina más hacia un lado, nada obliga a
abandonar el otro—.
Moncada
Morales María Alicia
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