La última cena
La Última Cena
Hay instantes en los que se reduce una vida. Sonará pretencioso, porque una taquería es más que la efimeridad de los hechos. La taquería es una tentación ineludible y, no obstante, todos los tipos de hambre conjuntos en una epifanía. Desde el coqueteo gastronómico hasta el matrimonio sensorial, la taquería se conoce únicamente mientras se come; ni la mitad de su existencia. El mundo desconoce a la taquería cuando de ella se van.
La obnubilada percepción de que allí se ha sido feliz, cede su lugar a la incertidumbre de: “¿Por qué me he ido de allí?”; pero el alma está satisfecha. Los gozos se rebobinarán más tarde, quizás muchos años después y se dirá: “Aquí había una taquería bien chingona”. No hay más alimento para el alma que un buen recuerdo, ni más esperanza que el anhelo de sentirte pleno una vez más.
La inusitada dominación del corazón bombea refresco, boing de mango y alcohol por el cuerpo. Entonces se emprende el regreso al puesto, sin importar la compañía, las risas, el día. Es perdurar con brincos temporales la esencia del taco; de esa ambrosía coloquial. Te vas y regresas, debido a que la brecha entre ambas acciones solo es conectada por el fantasma del hambre.
El antojo de tacos es un fenómeno espiritual. Es tan voraz como lo es el impulso de la emoción. Mientras uno da bocados grandes, el otro se regocija en gastar la quincena por u a expedición a la taqueria. ¿Por qué derrochar todo por un momento de placer? ¿De qué manera es sensato?
Las taquerías son embriagadoras: el perfume de carne en el anafre, el espectáculo del trompo. Como un culto a todos los gustos, la locura se refleja en los afilados cuchillos que pican la tripa, que trozan el cilantro y la cebollita. Hay pasión y arte entre el platillo y el chef.
Entre la bisteciza y el pastor, el chile habanero que penetra en el tejido; la vida se torna fugaz. Los sentidos se atavían de fuego, el calor se estampa en el rostro; es imposible determinar cuánto durará nuestra vida. Pasa tan rápido, que se engullen diez, quince tacos, hasta con doble tortilla, en desesperación e insatisfacción. Esta podría ser la última de las cenas.
Ya no es sólo un positivo mensaje, sino el cuerpo clamando: "atiéndeme". Si es el último día, la última comida, que sea memorable. Es el motto de la taquería. Y si se encuentra el camino de vuelta, se canta victoria. Se ha vencido a el mañana de hoy. La taquería será desconocida en su soledad, empero procurada.
Es por eso que comer allí, es el mero acto de estar vivo, de recordar tu cuerpo y sentir tu piel. Al final entrar en una taquería y comer tacos (con la mirada, la boca, los oídos, el tacto o el olfato) implica el segundo en que la vida es probada, robada del bocado por el alma. Sólo en la taquería, el gusto es tanto que es posible marcharse del local en paz.
Alison B. Diez Marina
Comentarios
Publicar un comentario