Nueve Noches de Guerra
Nueve Noches de Guerra
Epitafio a Grafito
El lápiz es la primera arma que sostenemos. Es esa gruesa astilla que desprende su grafito, una lanza que en su ejercicio jamás es soltada. Todo parece indicar que su existencia se concentra en el filo de su punta, en la fuerza de la mano que lo sostiene. Porque no hay lápiz que se honre de ser uno, sin trazo.
A diferencia de la pluma, ese cuerpo de madera no es victimario; pocos presenciaran su manifiesto. Por lo tanto, si hablamos de sus bondades, la principal sería el borrar su paso y sus intenciones antes de cometido su crimen. El lápiz es más por lo que no es; por lo que ha cambiado de sus líneas.
Es imposible no tenerle cariño. Es el primer cuchillo de los niños, aquel que cruza el horizonte de sus palabras y gritos; la herramienta del primer dibujo, de la percusión y de la escritura; la única que da forma a la vida en nuestros inicios. Pero no reparamos en su existencia sino hasta que sometemos a esa exteriorización al conocimiento de nosotros como individuos.
¿Qué artificio evocar que refleje los tumultos interiores? Una memoria cristalizada en el tiempo. El lápiz se vuelve un puente, el camino hacia el entendimiento, para que alguien atisbe nuestras emociones, nuestras ideas. Es compartir la soledad del alma que supone un cuerpo óbice. Sin embargo, nos sobrescribimos y las aristas que una vez nos delimitaron, ya no son las de ayer.
Entonces, el lápiz yace ahí, en un rincón aguardando a que le tomen. Entre duda y duda, se gestan las musas: en la constante guerra con uno mismo. Sin saber si el mensaje ha llegado o no correctamente al destinatario. El lápiz intenta inmortalizar, mas todo lo que hace resulta en olvido. El final de las obras, de las pinturas, de las vanas notas, casi siempre es decisión nuestra.
Qué importa si es arte o no, el anhelo por ir más allá está siempre presente. El empeño del lápiz no es en vano, puesto que sí cumple nuestro deseo. Por nimio que parezca, sí corresponde a la yuxtaposición del ser y a su consecuente cambio de panorama. La goma que poseen sus finos tubos, es la posibilidad de difuminar el polvo de nuestros propios vestigios sin ignorarnos.
Así como Mnemosine concibió a las musas en nueve noches, las batallas no se libran en un instante. Si todo fuera tinta, el desprecio nos consumiría contra otros y con los productos inmutables del yo. La expresión cava su propia tumba y se consuela al enterrar lo que le disgusta de sí, borrón tras borrón. Ya que de la vehemencia reprimida, el lápiz es boceto. La única arma que evita la sangre de nuestras manos.
Alison J. B. Diez Marina
Me gusto la idea que tienes del lapiz como un arma para expresarnos. También la forma en la que escribes me encanto.
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