Pa' llevar: Crónica mexicana de la felicidad envuelta en tortilla

 

Por Roberto Osornio Archundia


Y ahora si, como dijera quien dijo "la lástima no anda en taco, pero si la pena en quien traicione a su taquero". El taco, es aquella tortilla rellena de tantas delicias que hacen salivar al mexicano, su creador, el taquero, es como el padre que reparte la ostia con una minuciosa maestría, y claro, la bella iglesia, que si bien no tiene incrustado en sus paredes oro saqueado de la época colonial, no hace falta, pues los aromas, las colmadas risas y el efervescente sabor a vida que en la taquería se respira vale más que todo lo que los españoles se llevaron; no obstante, eso sí, cuando una taquería saquea al cliente de la otra, más vale andarse con cuidado, pues es casi seguro que para tu próxima visita te toque carne con clembuterol.

La naturaleza del taco remonta de tiempos prehispánicos, la comida callejera siempre ha sido un sello en el ombligo de Mesoamérica, llámese como se llame: Tenochtitlan, Nueva España o México, encontrar un vendedor ambulante es algo tan común como el taco de suadero, sin embargo, su historia es siempre complicada, la típica historia del patriarca familiar que en la época de antaño pues "fue echándole ganas", se vuelve una crónica envuelta en tortilla que ha tenido lugar desde el agigantamiento de las grandes urbes por pueblerinos en busca de trabajo por alla de la época de Don Porfirio, que bien se ha de decir que en aquellos ayeres el trabajo era súbitamente escaso, (no por algo se hizo una revolución). Muchas personas en busca de una mejora económica recurrieron al emprendimiento de la industria del taco, y así, cual Carlos Slim, los valientes empresarios mexicanos heredaron el trabajo de su vida a sus hijos, y ellos a sus hijos, perpetuando una cadena donde a la ciudad del smog y la cannabis no le falte una taquería en cada esquina.

La taquería es adorada por su sencillez y rapidez, es la guardia nocturna de aquellos quienes velan el espíritu de la "Defectuosa", ya sea el taxista con su último pasaje (o revolcón) o un "estudiambre" con los últimos veinte pesos de la semana. Además, ¿cómo no ir a tan lujurioso recinto si hasta te hablan bonito?, "güero" o "güerita" son los motes mas escuchados que, para el buen taquero, es una muestra de respeto a su clientela, pues puede que seas moreno, amarillo o azul, pero para ellos eres güero, que si bien tal cosa no se ha de tomar racista, sino un símbolo de los resagos culturales que ha dejado el ego del hombre blanco. Bromas aparte, el taquero es un caballero, (y con espada si es que maneja el trompo), todo aquel que le diga "jefe, deme dos de tripa" - o de lo que sea - es bien atendido, si eres señorita te lanza un piropo, no muy atrevido porque seguro a un lado está su mujer, si eres un joven te cuenta un mal chiste, de esos que por malos hacen reír hasta llegando de una decepción amorosa, de hecho, hasta puedes salir con un sabio consejo, ¿quién ha de negar que el hombre detrás de la parrilla no tiene algo de filósofo?, es más, llegados aquí, la taquería es tal vez uno de los únicos lugares donde realmente puedes sentir lo que sientes sin psicólogo alguno, solo un buen taco y  (mención no pagada) un Boing de mango para acompañar.

Es por ello que, dentro de todas estas hospitalidades, se cocen los fuertes lazos entre cliente y taquería, pues, al igual que una familia mexicana te abre las puertas de su casa y te da de comer, el taquero te abre su taquería y, con ella, su corazón. Por lo anterior es de suma importancia no decepcionarlo; la fidelidad de un cliente a su taquería es más de la que un hincha le tuvo al Cruz Azul después de perder por veintitrés años, incluso sabiendo que, en el final, la iban a "cruzazulear", con esa seriedad se toma un taquero la fidelidad, pues, a veces, entre taquerías puede haber conflictos incluso más grandes que los de los Hatfield's contra los McCoy's.

Es de esta manera como en las legendarias taquerías de la calle Lorenzo Buturini, donde cientos de caras ya conocidas siguen asistiendo a su cita semanal con su taquería de por vida y asegurando que estas tienen los mejores tacos que jamás hayan probado, es realmente increíble lo que sucede en la calle Buturini, donde a pesar de la larga fila de taquerías para escoger, un cliente siempre es fiel a la suya. No es un recinto de alta alcurnia como para dar membresías pero sí de suficiente camaradería como para fiar, agregar a la cuenta del cliente, regalar un par de tacos y hasta cuidarte como un hijo si es que estas ebrio y piensas manejar, un sin fin de atenciones únicamente porque eres cliente. 

Y, entre todo lo que significa ser cliente, está la historia. Tu y la taqueria son como dos jóvenes amantes que han vivido de todo en su corta vida y se llegaron a casar porque les llegó su "bendición", allí, en esa taquería, está esa final contra el Tigres que te hizo saltar igual que el Piojo saltó encima de su asistente después de que el Cepillo Peralta metió el esférico "ahí donde los topos tienen su guarida", o bien esa última salida con amigos a los que no volviste a ver después de la preparatoria pero que recuerdas porque esa noche prestaste cincuenta pesos que nunca volviste a ver, incluso una salida con una novia que tragaba tanto que tuviste que pedir prestado a la mal tercio que venía con ella. 

Tal vez vayas un domingo después de jugar fútbol aún con tus espinilleras y calcetas a medio descoserse, tal vez porque estas embarazada y andas de antojo, tal vez porque vienes del antro y tratas de bajar el nivel de alcohol en tus venas o tal vez solo porque quieres disfrutar la vida; sea cual sea tu motivo, siempre es bueno ir a una taquería.


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