Taquería de media noche
Taquería de media noche
Las historias más interesantes se hallan ocultas bajo el velo
de la noche. En la madrugada de un miércoles, por una avenida en cierta ciudad del
centro del país, dos taquerías, ambas taciturnas, pueden volverse el refugio de
misteriosas gentes que deambulan pasadas las 12:00 am.
La taquería, varias imágenes y recuerdos son evocados con tan
simple palabra. Resulta casi imposible encontrar un lugar en México en donde
estos establecimientos no tengan presencia y popularidad: el sonido de la carne
sobre la plancha, el característico trompo de pastor, las salsas de todo tipo,
la verdura y las mesas con el logo de “Boing” o de cualquier otra bebida
popular son algunas imágenes que se nos aproximan al pensar en estos lugares.
De todas las taquerías hay una que destaca por su extraña naturaleza, aquella
que parece haber sido concebida para un tipo especial de gente, para las
personas noctámbulas, que vagan por las calles y paran de vez en cuando a
saciar su hambre.
Dichos locales suelen abrir por las noches hasta ya bien
entrada la madrugada y parecen ser propios de las ciudades pues en un pueblo es
poco habitual verlos. En general se puede decir mucho de esta clase de establecimientos,
sin embargo, poco o nada se presta a tención a la clase de clientes que los
frecuentan. Varios pintos son los personajes que traspasan el umbral, algunos
parecen haber vivido una mala noche, otros, llegan de súbito y con la sensación
de llevar prisa y algunos otros llegan atraídos como polillas a la única luz
que tintinea en medio de la oscuridad. Con el ir y venir de estas personas la
taquería de media noche se vuelve un lugar de paso.
Adentro, los comensales yacen dispersos por las mesas cada
uno ocupado en sus asuntos y la mayoría come respetando el sagrado silencio de
la noche, pero la conversación se aviva y pronto las voces se mezclan con el
sonido burbujeante de la grasa. Entre el homo y las risas, cualquiera puede
advertir que el sitio se ha vuelto paralelo con lo que hay en el exterior;
afuera, apenas y hay autos ya, el sonido del pase peatonal se escucha a lo
lejos pues ya no hay algún otro ruido que ahogue la alarma; adentro, el
ambiente parece el de cualquier taquería a las 8 de la noche y una orden más de
tacos al pastor y de suadero indica que la cena tardía no acabará pronto. Son
dos mundos paralelos en una sola calle, en un mismo espacio, respetándose
mutuamente.
El personal de la taquería está ya acostumbrado a trasnochar y
se desenvuelve con relativa normalidad, pero, aun así, las ojeras bajo sus ojos
delatan el desgaste que conlleva vivir en dos horarios distintos. Algunos de
los meseros son tan jóvenes que parecen estudiantes y tal vez lo sean. La
plática es el único remedio para pasar la larga noche por lo que es normal
encontrarlos discutiendo y observando, ¿Qué historias podrían contar sobre sus
vivencias nocturnas? Los inusuales clientes ciertamente han de ser un punto
interesante de la conversación. Qué hará una pareja de ancianos cenando
cautelosamente al fondo de la taquería, o el padre y el hijo que llegan
fatigados de dios sabe dónde en busca de algo para saciar el apetito, o el
hombre solitario con la tristeza en la mirada que pide un único taco de pastor
y se marcha para perderse en la tranquilidad de la noche. Las historias más
interesantes parecen venir de estos sujetos y sin embargo, sólo se puede
especular sobre ellas.
Conforme transcurre la jornada y la hora del cierre se hace
próxima, cada vez es más difícil saber quién está por comenzar su día y quién
está por finalizarlo. La taquería de media noche cierra y con ella se marchan
los personajes que por unas horas le dieron vida, que por unos momentos le
dieron un día más al mundo, sosteniendo la idea del mismo. Y así cierra, al
menos hasta el siguiente ocaso, nuestra taquería de media noche.
León Felipe Ramírez Martínez
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