Ayer y hoy

 

Marco Amauri Lara Rosas

 

En cierta ocasión, cuando me encontraba inscrito en la facultad de filosofía, una de mis compañeras de clase al terminar la cátedra de metafísica me dijo lo siguiente: “¡Qué alivio! Sólo faltan dos años más para terminar la licenciatura y empezar a escribir libros de autoayuda”. Con la natural pretensión que suele caracterizar a los filósofos desde que son aspirantes a tal grado, dejé escapar una carcajada y tomé su comentario como lo que entonces fue: un espléndido chasco. Hoy que el destino encaminó mis pasos de lleno al oficio escritural, y aprovechando la circunstancia de habitar un mundo regido por el neoliberalismo (al mismo tiempo que azotado por las crisis financieras), comienzo a tomar enserio el proyecto de reducir mis ínfulas de trascendencia para ganar en plata lo que sacrifique en gravedad. Pero…quién dice que la única opción de pegarle al gordo en las letras, antes de comenzar a sufrir los estragos de una vida de privaciones, es entrarle al negocio de la instrucción esotérica, también es posible escribir el guion para una novela de Televisa. Y para no abandonar el terreno de las digresiones inocuas y el de los futuros hipotéticos, me tomaré la licencia de presentar, sin compromiso, unas cuantas posibles ideas a explotar que vinieron a mi mente, en aras de algún día llegar a fundar el próximo éxito de la televisión mexicana, producto de exportación.

     Con un poco de suerte, otro de talento, con la bendición de las conexiones necesarias y con una cara bonita al frente del proyecto como la de Thalía en sus mejores años, mi futura obra podría convertirse en la próxima María, la del barrio. Por hablar en términos de producción, de contar con presupuesto ilimitado, ninguna idea por excéntrica que parezca sería obstáculo para concretar la novela; verbigracia, podría arrendar Los Pinos o el Castillo de Chapultepec y utilizar cualquiera de esos dos recintos como escenario principal. Sería ilícito olvidar que un drama de tales magnitudes requiere de una fuerte tensión entre el infelizaje y la clase alta, malos tratos de los últimos a los primeros y un constante devaneo entre amores imposibles, no correspondidos o tortuosos que terminen siempre de aliviarse en un final de ensueño. Por supuesto, no podría faltar la presencia de un villano encarnado en la figura de una vieja cascarrabias, cuya única función es la de hacerle la vida imposible a su rival, quien desde el principio está en una posición desfavorable hasta que el sino invierte los papeles, siempre bajo la severa y redentora vigilancia de la liga de las buenas costumbres.

     Además, según datos que nadie sabe de donde provienen, pero tampoco nadie se atreve a cuestionar, si lo que importa es vender, no importa si la novela es una ofensa de principio a fin para la inteligencia de los televidentes o si el título es tan memorable como solo puede serlo el de Los ricos también lloran ¡Qué va, si los personajes son otro cuento más de la cosificación sexual de las mujeres! ¡qué si el programa transmitido en horario familiar no sea otra cosa que un catálogo de prostitución masivo! ¡qué si millones de cerebros absorben como esponja 192 capítulos llenos de clasismo! Sin embargo, no es conveniente prestar atención a tales detrimentos; cuando las utilidades del producto se cuentan en números mayores a las siete cifras, las desventajas habrán de ser por fuerza nimiedades. Tampoco habría que perder de vista la posibilidad de agotar por entero todos los recursos de una mina que siempre puede ser más fructífera y de esta guisa convertir una historia en trilogía con tal solo extender el argumento base ad astra. Así, de aprovechar las poco estudiadas y en extremo desconfiables anomalías en el espacio-tiempo, es totalmente verosímil y hasta de enorme provecho para los consumidores, convertir a María Mercedes en Marimar para luego finalizar en María, la del barrio; todo, sin dejar de lado la máxima del mínimo esfuerzo.

     En fin, para no terminar de agobiar con desvaríos la mente de mis escasos lectores, solo he de agregar que las circunstancias extraordinarias requieren de soluciones igual de sorprendentes. Por esta razón, quizá hoy en día no me es posible juzgar como lo hice ayer el modo con el que los idealistas como yo terminan por vender su alma al diablo; sea el diablo la autoayuda, la televisión abierta o el propio Estado. Soy lo suficientemente optimista para considerar que un ser humano puede aprender de sus errores, pero igualmente soy lo demasiado pesimista como para jamás volver a descartar o tan siquiera burlarme de que un drama similar al que he insinuado en los párrafos anteriores bien podría ser de mi autoría.  ¡Qué se le va a hacer! La culpa es de quienes decidimos estudiar letras.

Comentarios

  1. Hubieron varias frases que me encantaron, pero está es una de mis favoritas. "reducir mis ínfulas de trascendencia para ganar en plata lo que sacrifique en gravedad".

    No sé qué decir de tu texto porque sinceramente tu perspectiva abandonaba lo que pasa dentro de las telenovelas, se volvía real en la sociedad y eso me pasmó un instante.

    Me gustó el uso de las exclamaciones, siempre he pensado que agregan un matiz muy sutil, y si se me permite decirlo, creo que resaltó una especie de sarcasmo e ironía en tu texto, me gustó mucho, porque me permitió sentirlo y no solo reflexionar tus palabras. Es como apelar a la inteligencia emocional.

    Me gustó tu texto :3 espero seguir leyendo lo que escribas.

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    1. Muchas gracias por tu valiosa lectura y por tus comentarios. Ma da gusto saber que se entiende la ironía del texto, porque me llegó a preocupar la posibilidad de que se tomara en sentido literal es párrafo de las exclamaciones (eso habría espantado a más de uno). En fin, que bueno que te haya gustado un poco. Yo también espero la publicación de tus próximos textos.

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