Cada alma con su regalo
Así como la felicidad del niño se alimenta de caricias de la madre, la alegría del alma se abastece con regalos. Y no existe uno mejor que el recibido de un amigo; el que revive las voces del pasado. Jorge F. Hernández expresa el regocijo de su espíritu al vivir esta situación en su texto “De regalo”. Demuestra que, si bien los regalos causan un contento incomparable, la verdadera dicha viene de un regalo significativo. Tal es el caso, que ninguna otra persona podría recibir el obsequio que va dedicado a un corazón en específico.
El peso emocional del regalo recibido por el autor tiene trasfondo en su significado mismo, así como su sorpresa al verse en el centro del palco real responde a su pasado lleno de fiascos. Dicho significado está en el sueño fallido de domar a un toro, las promesas que hicieron Balsa y Jorge cuando sus sueños aún ardían con esperanzas y el juramento que hace el torero de llevar al escritor a su primera presentación de libro en Madrid. Por si esa importancia sentimental no bastara, aún está la de la belleza profesional. Balsa, admirado por la nueva profesión de su amigo, pensó meticulosamente en el mejor regalo para un escritor: darle los lugares históricamente literarios. La Gran Vía llena de fragmentos del Quijote, el hogar de Galdós, la casa de Neruda… Además, cierra la primera parte del regalo con la explicación de su vista hacia los escritores. Balsa hace avanzar su sorpresa, supuestamente simple al inicio, encaminándola hacia algo más grande: el ruedo.
Tanto en los regalos como en la literatura, debe haber un clímax que no decepcione. Balsa, curiosamente, (y a diferencia de varios autores) lo logró. Sólo le bastó con su gran conocimiento sobre Hernández para desarrollar el clímax que ni el propio festejado habría imaginado. Sin embargo, hay una parte esencial dentro de la propia cúspide del regalo: la fotografía. Porque fue ese pequeño objeto el que unió los sueños de ambos. Todo el trayecto al ruedo se centró en fascinar a Jorge como escritor y, cuando entraron al ruedo, al fantasma de Jorge torero. Pero no podía dejarlo hasta ahí; faltaba su amigo Jorge, el más importante de todos. El obsequio para ese Jorge y para la amistad que los enlazaba fue la fotografía. Asimismo, cumplió el sueño del propio Balsa sobre compartir terreno de ruedo con una de las personas más importantes en su vida. Fue un cierre perfecto que pocos poetas han logrado. Su impacto fue de tal magnitud que la actitud del protagonista y el aura misma cambiaron drásticamente.
A pesar de ser un cuento, la vuelta de actitud de Hernández después del regalo es fascinante. Al inicio del relato, él se mostraba consumido por los nervios de su primera presentación de su libro en Madrid. Tal era su nivel de estrés que intentó huir de la invitación de Balsa. Parecía no haberse dado cuenta de lo que había logrado, como si estuviera consumido por la cotidianidad de Madrid. No obstante, al final del texto ni siquiera se retoma la idea de querer volver a casa. Al contrario, cada vez aumenta su inmersión en el tiempo que comparte con Balsa. Pero no es debido a que lo haya olvidado, sino a que el propio Jorge tuvo una alteración. Una de las personas que lo conoció íntimamente, con quien compartió promesas y juegos, le demostró su valor. Es esto más notorio en el final, donde cataloga el “Venga, que te llevo al hotel… que mañana presentas un libro” de Balsa como un “remate del regalo”. Así, da por entendido que esa simple frase fue tan bella como la totalidad del obsequio, incluso si sólo menciona que al siguiente día tendrá que ir a su presentación.
Fue todo lo que provocó en él que la sola idea de imaginar otro regalo sería una falta a ambos involucrados. Porque lo material no le hubiera quitado los nervios de estar a nada de debutar como escritor. Además, su sueño frustrado permanecería. En un supuesto caso de haber recibido un objeto físico significativo, su estrés a causa de su presentación se habría desviado momentáneamente, pero nada realmente duradero. Ahora, incluso si se mantuviera el regalo, todo cambiaría si el remitente fuera otra persona. La base del triunfo de esta sorpresa fue la conexión que tenían ambos. Porque Jorge admiraba a Balsa al ser un experto en cuanto a toros y Balsa le regresaba esa admiración por atreverse a dominar el arte de la escritura. La perfección que tuvo de inicio a cierre fue porque todas las piezas tenían su propio significado. Es absurdo siquiera plantear la idea de cambiar algo.
El encanto del regalo (que fue tal para que Jorge F. Hernández le dedicara un cuento) está en su existencia misma, con todo lo que lo compone. El trasfondo personal que lo caracteriza, su desenvolvimiento cauteloso para la llegada del apogeo, las consecuencias que presenta y el peso de sus complementos lo hacen especial para el autor. Reconocer esto es indispensable para apreciar la belleza del cuento. Ya que, a final de cuentas, este regalo nació para el corazón del autor y para ningún otro.
Irais Luna Granados
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