Cuando el amor no tiene su propio espacio

Leer un poema es vestirse de un sentimiento. Conocemos sobre el amor en los poemas de Benedetti, sobre la muerte en los de Dickinson, y sobre la tristeza con los de Sylvia Plath. Jordi Virallonga, en dos de sus poemas, nos habla de la ausencia del amor dentro de la familia. En “Mímesis del arquitecto”, habitamos un espacio lleno de odio y miedo. En “Mira, padre, no te enfades” miramos desde la perspectiva de un par de niños lastimados. Hay sentimientos que nunca abandonan el cuerpo, como suéteres que jamás se podrán quitar. El dolor otorga particularidad.


“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, así empieza “Ana Karenina”, de Tolstoi. Hay colonias donde las casas son todas iguales: blancas, cuadradas, con un pequeño jardín al frente y con suficiente espacio para cuatro personas. No hay mejor zona para echar raíces que aquellas destinadas a las familias perfectas. Las parejas recién casadas compran una de las doscientas casas. Las amueblan y decoran, las llenan de comida sana, de uno o dos hijos y a veces un perro. Una imagen perfecta digna de comercial. Los arquitectos que construyen aquellas colonias piensan en las navidades, en los cumpleaños y en los prósperos años nuevos. Fechas que deben celebrarse con alegría. Pero el amor, tarde o temprano, se acaba. O se va, porque ya son demasiados habitando en esa casa y ya no hay lugar para él en la mesa. Todas las casas son iguales, pero las historias que habitan dentro de cada una son las que les otorgan su propia individualidad.


Dentro de una de las doscientas casas, hay una voz poética que nos cuenta su historia: un hombre de familia. El amor está empacando sus maletas para irse y todo se desmorona. Los gritos de odio de los padres y los quedos llantos de los hijos sustituyen a las pasadas  risas, a los gemidos de placer y a los “te quiero”. La casa ha fallado en su propósito, y los arquitectos tienen los bolsillos llenos de dinero. Por lo menos, una habitación sirve como refugio para el par de pequeños atemorizados. Los cantos y los cuentos sirven como una sordina al odio. En aquella guerra, los niños le ruegan a la casa, como si fuera Dios, que al menos sobre algo de amor para ellos. El padre sabe que lastima a sus hijos, pero está ocupado acusando a la esposa y al que construyó aquella casa que prometía una vida feliz. Para el padre lastimado no hay un refugio. El amor abandona definitivamente la casa. Sólo quedan los perdedores. 


“Quería volver a ser niña, porque las rodillas raspadas se curan más rápido que los corazones partidos”, decía Clarice Lispector. Pero los corazones también se pueden romper durante la infancia, y son más difíciles de sanar. En la mesa falta la madre, la atención del padre y el amor. Sólo quedan tres perdedores. Con esperanza y una intensa necesidad, los hijos, de los cuales uno es ahora la voz poética, ruegan por el amor del padre. Este tiene el corazón destrozado, que sería más fácil de sanar. Aunque no hay golpes, asesinatos o una violencia explícita, la indiferencia y mal genio del progenitor que está sumergido en lágrimas y probablemente en alcohol, genera hematomas en los pequeños. Hematomas que nunca se podrán borrar. 


Lo particular se vuelve universal. Los poemas de Virallonga nos hablan del dolor que se habitó en una de las tantas casas blanquecinas. Pero ese mismo dolor puede que habite en la casa de al lado, o en la de enfrente. Los actores son diferentes, la fórmula es la misma. La ausencia del amor durante la infancia es un leitmotiv que muchos han vivido o están viviendo. Al mismo tiempo, determina el destino de cada uno; otorga una individualidad. 


Por otro lado, para aquellos lectores que han tenido la suerte de no haber vivido una experiencia así, la destreza del poeta catalán es tal que hace que habitemos aquella casa y sintamos el dolor de los niños. Los que han logrado que el amor se siga sentando a cenar en la mesa del comedor, conocen lo que es su ausencia y los daños que causa. La poesía le da sentido a las heridas. “Mímesis del arquitecto” y “Mira, padre, no te enfades”, le dan sentido a un dolor ajeno. La empatía se despierta para que el lector afortunado se vista con un dolor que no es suyo. 


El amor, la muerte y la tristeza son temas comunes en la poesía. El abandono, el odio y las heridas acumuladas en la infancia también lo son. La poesía pone en palabras estos sentimientos. ¿Qué sigue después? Suicidarse, sanar o resignarse al dolor. Ya es elección de cada uno. Pero si se decide por la sanación, tal vez los padres puedan dignarse en dirigirle una mirada a sus hijos, y comprarles un cuaderno nuevo para el colegio. Y tal vez los arquitectos consideren dibujar una habitación más para que el amor tenga su propio espacio. Así, se evitarán corazones rotos que en el futuro serán difíciles de sanar. 


Susan Vázquez Mellado Camarillo



Comentarios

  1. No me canso de decirte que me gusta demasiado como escribes. Cada día me lo demuestras.

    Mis frases favoritas fueron: "Pero el amor, tarde o temprano, se acaba. O se va, porque ya son demasiados habitando en esa casa y ya no hay lugar para él en la mesa", "El padre sabe que lastima a sus hijos, pero está ocupado acusando a la esposa", y todo el último párrafo, que capturó el espíritu del texto.

    Sentí que fue bastante natural. Seguiré leyéndote con todo el placer del mundo.

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  2. Me encanta la manera en la que poco a poco integras las imágenes de otros artistas sobre los temas que tocan estos poemas. En serio que es una forma muy bonita y culta de escribir. Felicidades

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