De regalo, la última noche de tu vida
“Escribir no es válido sin esto: es buscar morir...de escribir. Si no está eso no vale la pena hacerlo.”
–Marguerite Duras.
Estamos hechos de palabras. Somos las palabras que nos han dicho, las que han salido de nuestros labios, incluso las que nunca nos hemos atrevido a pronunciar. ¿Qué hay de las que están entre líneas? Esa es la labor del escritor: leerlas, plasmarlas en papel y, más importante aún, decirlas. “... uno se juega la vida tanto o más con escribir que con andar toreando…”, le dijo Balsa a Monstruo en el cuento de Jorge F. Hernández. Escribir es enfrentarse a la muerte, sólo que mata de manera más lenta y dolorosa que la embestida de un toro en el vientre. El escritor se adentra en las entrelíneas como un explorador en una selva africana. Si es tan peligrosa, ¿por qué vale la pena hacerlo? ¿Qué ganamos con darle una definición a las cosas? ¿Para qué leer la entrelíneas?
¿Qué es escribir? En una definición sencilla: representar por medio de signos las palabras o las ideas en un papel. Pero escribir no es un acto sencillo. Se requiere valor para hacerlo (a veces litros de alcohol, opinaría Marguerite Duras y hasta el mismísimo Hemingway). Escribir no es volver visible lo invisible, es atreverse a leer las entrelíneas, es decir, mirar la realidad como realmente es. Las entrelíneas se encuentran ahí, a plena vista, esperando ser leídas. El problema es que nadie se atreve a hacerlo, “¿qué tal que lastiman?”. ¿Qué hace que un escritor tenga las agallas para atreverse a leerlas? Las respuestas pueden ser muchas: Un destino encomendado por las moiras, un talento innato que exige ser cultivado, una infancia atormentada que busca constantemente la catarsis, el placentero dolor que causa una frase desgarradora, o un suicidio lento. Que los teóricos de la literatura y los psicoanalistas se encarguen de averiguarlo. Pero antes, el escritor se juega la vida.
Si escribir es tan peligroso, ¿para qué hacerlo? Las historias, las familias, las amistades, las naciones, las sociedades y las religiones poseen entrelíneas que dicen verdades, crueles o hermosas. Si nadie las quiere leer, se pudren y causan enfermedades de las cuales no hay una cura. O si hay, no se busca, porque la sanación es un proceso doloroso. Duele menos vivir con una astilla encajada en la piel que arrancarla. Los escritores se encargan de arrancar las astillas.
Pero el arte no cura, la literatura no es un bálsamo para untar en las heridas del alma. La literatura le da sentido a las heridas, les da una forma; transfigura los fantasmas en palabras para volverlos visibles. La literatura existe porque la incertidumbre duele. Hablando de verdades, he aquí una triste: el conocimiento también duele, inclusive mucho más que la incertidumbre. ¿Qué se hace con la herida ya transformada en una obra literaria? Transformar el resto. En la vida, se quiera o no, se acumulan heridas. Esta transfiguración permite que no nos desangremos.
Pero transformar las heridas en obras literarias es jugar con fuego. Al igual que un toro puede matar al torero, el texto puede matar al autor. ¿Y si una oración toca una fibra sensible que hace que el autor decida suicidarse? “Escribir es jugarse la vida”, le dijo Balsa a Monstruo. Los griegos dirían que el destino de Monstruo no era morir por la embestida de un toro, era morir en el ruedo de la literatura. ¿Qué entrelíneas vio Monstruo que lo hicieron abandonar la tauromaquia por otro arte más destructivo? Sólo él lo sabe, y lo plasmó en un libro que está a punto de publicarse en Madrid. Por eso está nervioso, porque quién sabe si el público español estará dispuesto a leer su libro, a ver una “verdad” que él se arriesgó a escribir. Balsa reconoce el verdadero talento de su amigo, por eso le regala Madrid, le regala sus calles, sus historias, sus monumentos y sus plazas. “Monstruo, lee las entrelíneas de esta ciudad y escríbelas, quién sabe si esta será tu última noche con vida antes de que las palabras te maten”.
La realidad posee entrelíneas cuyo contenido es material inflamable. El escritor juega con material peligroso, puede terminar chamuscado antes de terminar el texto. Monstruo no abandonó el arte de los toros por el temor de morir, sino que buscó un arte mucho más destructivo. Pero este sacrificio no garantiza que el mundo quiera ver la embelesada y cruda verdad, ni querer entender las heridas transfiguradas en poemas. Permanecer amorfo es preferente. Estamos hechos de palabras, podemos decidir si las queremos leer o no.
Susan Vázquez-Mellado Camarillo
Susan, fue un texto precioso que me recordó mucho a Pizarnik en sus últimas cartas cuando le decía a Cortázar que detestaba las letras. La conclusión esclareció tus párrafos. Y tu frase final: "Estamos hechos de palabras, podemos decidir si las queremos leer o no", fue muy fuerte.
ResponderEliminar"La literatura le da sentido a las heridas", que frase tan bella. Leerte es siempre un placer y catarsis.
Me encantó. Estamos hechos hechos de palabras, una línea tan sencilla estructuralmente per que carga significación. Y escribir es dejar que como torrente salgan de nosotros evitando que nos lastimen. Mi frase favorita: "La realidad tiene entrelíneas cuyos materiales son inflamables." La idea que, al menos en el reino de las ideas, somos los dioses que juegan con su destino. Leerte siempre es una exquisitez transformadora.
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