Divagaciones de casas y corazones
Objetivamente, se puede decir que tener una casa es mejor
que tener un corazón: la primera protege a cambio de una módica suma mensual de
toda clase de desastres, desde tormentas hasta inundaciones; en cambio, el
segundo no duda ante la más mínima turbulencia en enviar un torrente acuoso
hacia los ojos, lluvia plagada de nostalgia a la que el ser humano ha
denominado llanto. A través de una mirada impasible y lejana, la supremacía de
una opción sobre la otra es remarcable: la casa protege más de lo que daña, y
el corazón se hiere más rápido de lo que sana. Solo aquel que abandona la
comodidad de la distancia consigue entender que, para bien o para mal, ambos
son refugios necesarios.
La casa y el corazón son eternas obras en remodelación. Los
seres humanos tenemos la mala costumbre de considerarlos finalizados luego de
unos pocos años, y ambos dedican vidas enteras a demostrar lo contrario: los
sofás cambian de tapiz cuando el original adquiere una mancha imborrable de
café o tinta, las sábanas se desgastan y los sentimientos se enfrían. Lo único
que permanece siempre es el cambio constante, la necesidad de reinventarse y
reorganizarse apenas la ocasión lo amerite. Ninguno es inmune al paso del
tiempo, pero la propia costumbre invisibiliza su efecto y provoca una frágil
sensación de permanencia, cuya fachada a veces no decae nunca.
Tanto uno como el otro sostienen sus heridas y defectos
como marcas de batalla, trofeos en los que importan más las circunstancias en
las que se ganaron que el brillo de las copas en las que se recibieron. Los dos combaten las guerras de la vida con
metamorfosis, o se destruyen en el intento. Su pérdida no necesariamente debe
ser física, dado que las intenciones de ambos van más allá del intrascendente plano
corpóreo. Después de todo, ¿de qué sirve la casa más hermosa de todas, con
mesetas de mármol y ventanales de piso a techo, si nada habita en ella más que
el polvo? ¿Qué puede ofrecerle al mundo un corazón seco, vacío de amor y carente
de sentimientos por alguno?
La belleza de las casas y corazones no recae en sus
construcciones, sino en aquello que cuidan en su interior. La calidez de un
hogar se esconde entre las grietas de las paredes y los vestigios de rasguños
felinos, y desprecia con recelo las sartenes con aroma a nuevo y los libros aún
envueltos en plástico. Lo que sostiene a un corazón en pie no es a quién decidirá
amar mañana, sino las huellas de quienes ya ha amado y las fotografías de
aquellos que todavía no han sido despojados de ese derecho. El pasado importa, si
bien no define; el futuro es todavía algo ajeno, tan esperable como temible; pero
es el presente lo que verdaderamente resiste y saca a flote.
En el desarrollo de cada casa y corazón se encuentran mil y una historias, y estas no siempre tienen un final feliz. La casa construida para hacer eco de risas y ver niños corretear por sus pasillos a veces no llega a conocerlos, y los únicos sonidos en su interior son gritos y lamentaciones de aquellos que se arrepintieron de erigirla. El corazón que se preparó para acompañar a otro el resto de su vida de repente se ve arrancado de sus brazos por la muerte, la indiferencia o la malicia, y no ve en su camino nada más allá de la perdición y la angustia. Aquella que ha buscado proteger no ha presenciado más que tragedia, y a aquel que ha buscado amar se le ha escapado el mundo de las manos.
Y, sin embargo, no todo está perdido. La casa que todavía no se ha derrumbado puede ser restaurada por su nuevo dueño, y para un corazón que no ha cesado de latir no es demasiado tarde para querer otra vez. Las sillas viejas se desempolvan, el agua estancada de los jarrones se reemplaza por una más fresca, y nomeolvides y corazones florecen más hermosos que nunca. Así, en la casa abandonada por despecho se encuentra la risa, y en el corazón con apósitos las grietas se resellan con afectos nuevos. El pasado no se borra —¿para qué? —, solo deja de ser una llaga infectada y toma la forma de una cicatriz inofensiva.
Los humanos avanzamos casa a casa, corazón a corazón, en el
camino para volvernos seres capaces de sostenerse por sí mismos. Reímos y
lloramos, amamos y odiamos, y lo hacemos todo sin darnos cuenta de la protección
muda de los que nos han observado durante el recorrido. Casas y corazones
refugian memorias, quemaduras y vivencias, sin pedir más a cambio que la felicidad
de aquel por quien velan, observando en silencio las lágrimas y risas que
presencian. Prefieren proteger o defender guerras más que pelearlas: no disputan
ni desempatan, tan solo aman.
María Alicia Moncada Morales
Me gustó mucho la comparación del corazón y la casa, en especial la parte que dices "el corazón se hiere más rápido de lo que sana" pero que sin embargo recalcas que ambos son necesarios como vivencia.
ResponderEliminarMe encantó como diriges tu texto siempre en el punto realista, pero sin quitar el toque de crudes que se necesita para realmente caer en cuenta de lo que estas expresando.
No sé de dónde salió la comparación, si te soy honesta, pero apenas apareció se me hicieron dos conceptos prácticamente inseparables. Muchas gracias, por el comentario, guapa ❤
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