El Efecto Nocebo o la Toxicidad del Final Feliz
El Efecto Nocebo o la Toxicidad del Final Feliz
Por Xavier Angeles Venegas
“Acto I
Tom: Necesito saber que cada mañana cuando despiertes no te vas a sentir diferente.
Summer: No puedo darte eso. Nadie puede.
Acto II
Tom: "Y, ¿qué es lo que pasó?"
Summer: "Lo que siempre pasa...la vida".
Acto III
Tom: La mejor manera de olvidar a una mujer es convirtiéndola en literatura.” S. Neustadter, M.H. Weber
Hace unos años atrás, con la vertiginosa llegada de las plataformas de streaming, se presagió lo inaudito: la muerte de la televisión abierta. Siendo más específicos, la caída de su principal producto audiovisual en México: la telenovela. Conforme pasó el tiempo, la verdad fue más evidente, y en renovarse o morir, encontraron la forma de posicionarse en el mundo virtual e incluso tener una plataforma única para la transmisión de este género. Así fue como la telenovela esquivó la bala y sobrevivió, pero ¿Qué razón existe —detrás de nuestras modernas formas de consumo—, que perpetúa la novela televisada?
Las famosas soap operas siempre han gozado de una polarizada reputación, quizá algunos se atreverían a llamarle mala fama. Pareciera que es ese guilty pleasure que no están dispuestos a confesar, creen que mirar ese tipo de contenidos carga ciertos estigmas y estereotipos. En resumen es simple: las personas rara vez admiten que ven las telenovelas, pero, por alguna razón, éstas se llevan los primeros puestos en ratings a nivel nacional. ¿Es porque su contenido puede disfrutarse libre de membresías?, o ¿para el grueso de la población sigue representando, de manera fiel, sus vidas?
Recuerdo que hace algunos años mi abuela me contó que, antes de que la televisión a color se convirtiera en un elemento básico que uno encuentra en todas las casas, las personas se reunían, en aquella única casa en la colonia que tenía acceso a ella, cada día como reloj, las personas acomodaban una fila de sillas y se disponían a mirar un programa. El acto constituía una forma de congregarse, de socializar, e interactuar, y recuerdo que siempre miraba con misticismo ese recuerdo creado en mi mente: cuando el sentido de comunidad era tal, que podían disfrutar de lo que sea que transmitieran, con tal de reunirse, a diferencia de la forma tan fría y distante de mirar contenido, hoy en día, que lo hace más individual y mezquino.
¿Es quizá entonces, que mirar una telenovela, sea una remembranza del pasado?, ¿Los resabios de una conducta, que de un punto a otro se hizo costumbre? Tal vez, no del todo. Las costumbres cambian con la comodidad, cuando algo no resulta placentero la gente tiende a cambiarlo por otro menester. La comodidad es algo que muchas veces no se puede elegir, más cuando tiene que ver con las clases sociales.
Hace unos ayeres hice servicio social en una I.A.P., cuyo nombre prefiero mantener oculto. En esta escuela para niños de bajos recursos, mi tarea consistía en enseñar inglés, específicamente a aquellos alumnos que presentaban un desfase de lo aprendido con su grupo en general. En la mayoría de las sesiones, buscaba al alumno en horario escolar, pero había algunas ocasiones en que, a requisito de los padres, las regularizaciones ocurrían por las tardes, una vez finalizada la jornada escolar, y fue ahí donde tuve la fortuna de aprender más de ellos y sus familias.
En reiteradas ocasiones, en mi labor de conocer los ralentizadores de su aprendizaje y toda rémora que les impedía aprender la lengua, descubrí con otros profesores y personal administrativo, que estas familias carecían incluso de una estufa o un refri para conservar sus comida, y que algunos padres debían realizar su despensa diario; eso explicaba que algunos chicos no se alimentaran de forma correcta, pero irónicamente, estos estudiantes siempre estaban al día de lo que se transmitía en señal abierta. Lo que significaba que sus familias poseían al menos una tele. ¿Cómo es que la gente puede priorizar lo “recreativo” sobre lo que “nutre” el cuerpo?
La televisión es un distractor de la realidad. Una idea un tanto oscura. ¿Cuánto puede durarte el placebo antes de que se convierta en nocebo? A veces, toda la vida, si lo que necesitas es distanciarte. Muchos científicos concuerdan que la historia de la medicina precientífica es a su vez la historia del efecto placebo. Más allá de una palabra bonita, la realidad es que son recientes los estudios de las consecuencias de estos efectos, a un nivel neurobiológico y genético. Uno, sin duda es más estudiado que el otro. Si bien el efecto placebo, son todas aquellos efectos beneficiosos, el efecto nocebo, son los efectos dañinos. Entonces, ¿a qué me refiero con eso? La cuestión es vislumbrar por qué la telenovela es el efecto placebo-nocebo de la base de la sociedad mexicana. El por qué la gente disfruta de estas fantasías capeadas en azúcar sobre la realidad.
Retomando el punto anterior: la costumbre. Las telenovelas replican y, este intento fatídico, perpetúan entonces las ideas falsas de las historias que nos cuentan de pequeños: el enfermizo final feliz. ¿Que, qué tiene de malo? Nada en sí mismo, no. Uno tiene la libertad de creer en lo que uno quiera, la cuestión es que tenemos dos vertientes finales: uno, la gente que crece pensando que se merece todo, y dos, la gente que no es capaz de discernir entre la mera fantasía y la vida real. No intento ser pesimista. De hecho, en cierto punto creo que para ser escritor conviene vivir, por temporadas, en el mundo fantástico, así las ideas resultan más frescas, más originales, y somos capaces de convertir, como verdaderos magos, las realidades más trágicas en los reinos más espléndidos. Pero no todos podemos ser escritores, mágicamente la vida necesita de lectores también.
El efecto placebo se convierte en nocebo cuando no podemos escapar de la fantasía, y caemos en medio de la tormenta, en lo más oscuro de la cueva. Cuando nos pasamos eternamente persiguiendo el final feliz, como se persiguen las nubes, sin detenernos a reconocer el bello páramo en el que estamos. En admirar el brío del hombre de arena repartiendo pasajes al reino onírico, donde algunos se quedarán atrapados; en percatarnos de que la luna puede susurrarnos las historias más quiméricas, mientras nos devora lentamente; en mirar la sal fundiendo el metal en alguna casa cerca del mar, mientras dos amantes se despiden para reencontrarse en otra vida.
Los finales felices no son los villanos de la historia, la villanía recae en creer que esa serotonina y dopamina nos durará toda la vida, que una sola persona está destinada a compartir con nosotros el viaje, en creer que la esperanza nos salvará en el último acto, en creer que una persona de sangre azul nos cambiará la vida, en admitir que una vida de privaciones es el boleto directo a la lotería de la felicidad. Porque la vida es más irónica que eso. Porque la vida no sería vida si viviéramos high on dopamine.
La vida es bella como es: a veces fría, a veces cálida, a veces con cenas que se vuelven desayunos, es sentir que tu corazón se parte en mil pedazos con la realización de que no te amaba a ti. Es la incertidumbre del futuro, es una polaroid que retrató un beso en Toledo, es una fiesta con amigos o un cigarrillo sin tabaco en la playa. Es enterrarse en la blanca nieve, es todos los consejos que dimos, la sal que derramamos, las entradas de ese concierto especial, las sonrisas de bálsamo y las palabras infinitas. Es cada uno de los naufragios que superamos, es ese nombre que te escuece los oídos, las cosas que perdimos, es cada sueño donde estuvo esa persona, es aquella risa que, aunque te mientas, jamás podrás olvidar. Es esos amoríos que te mutilan aún años después, aunque te juraste que era real. Es la vez que le gritaste al viento, o la última vez que te volteaste y ahí estaba, mirándote a los ojos.
La vida cambia para siempre cuando caminas con los pies descalzos por el frío suelo del bosque, con las ramas crujiendo bajo cada uno de tus pasos y, en un mágico, fútil e inesperado momento, caes en la arrebatadora —pero fantástica—, realización de que ni la felicidad ni el dolor son eternos. Nada es permanente. Y eso te libera de forma eviterna.
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