El espejo de las pasiones humanas

“El arte debe ser como ese espejo 

que nos revela nuestra propia cara”.

–Jorge Luis Borges


Las pasiones humanas tienen muchas maneras de vestirse. Pueden tomar la forma de un poema, de un cuadro, o de una sonata. Pero cuando todas esas formas se amalgaman, es que nace la ópera. La obra de arte total, como lo llamó Richard Wagner, nos hace recordar todo  aquello que nos alegra el espíritu, o, por otra parte, lo que lo martiriza. “Pagliacci”, la ópera de Ruggero Leoncavallo, es la ejemplificación perfecta de esta evocación. Si hemos de mirar de frente aquello que nos adolece, no hay mejor manera que hacerlo de manera sublime. 

En las tragedias griegas, los personajes –siempre de alta cuna– eran destruidos por los dioses o por la moira debido al pecado de hybris. En el Renacimiento, la ópera nació gracias a la Camerata Florentina, en su intento de resucitar el teatro griego. Sin embargo, no es sino hasta finales del siglo XIX con el verismo, cuando se dejó de hablar de héroes, aristócratas y dioses, para comenzar a hablar de cortesanas, jorobados, gitanas seductoras, artistas bohemios y payasos. Los compositores de este movimiento artístico, entre ellos Leoncavallo, querían abordar historias más verídicas y realistas, por ende, mucho más humanas. Los personajes ya no son destruidos por los dioses ni por el destino, sino por sus propias pasiones.

A Ruggero Leoncavallo, escritor y compositor del libreto, se le acusó de haber plagiado la obra de Catulle Mendès: “La Femme de Tabarin”. El compositor italiano se excusó diciendo que el argumento de su ópera estaba basado en un acontecimiento que le tocó ver de niño. Pero, ¿cuántas historias así no se viven día a día? ¿Cuántas personas no han sido consumidas por los celos y terminado asesinado a su amada? Basta pensar en el Otelo de Shakespeare. O, si se quiere un ejemplo más “verista”, en el compositor renacentista Carlo Gesualdo. Plagio o no, los celos que llevan al homicidio son un leitmotiv en la condición humana.

“Pagliacci” es un drama en dos actos con un prólogo. Curiosamente, en este último el prólogo es personificado. Le canta a los espectadores que el autor “un nido de recuerdos, en el fondo de su alma, un día decidió cantar…”. El prólogo también les recuerda que los actores también tienen sentimientos, no son ajenos a lo que están representando: “Y ustedes, más que nuestros pobres gabanes de histriones, nuestras almas consideren, pues somos hombres y mujeres de carne y hueso, y de este huérfano mundo, como ustedes, respiramos igual aire”.  

En el primer acto, una compañía de teatro ambulante llega a un pueblo italiano. Esta es otra característica del verismo: tratar temas rurales. Canio aparece en escena. Todo el mundo le adora por su brillante capacidad de hacer reír. Al mismo tiempo, le muestran respeto cuando él les pide que guarden silencio para poder hablar. A pesar de su carisma, hay algo en él que se impone a  los demás. Más tarde descubrimos que es un hombre irascible y extremadamente celoso. Nedda, la esposa de Canio, quiere huir de esa violencia. Toda su vida ha sido la compañía teatral y un amor violento. A pesar de eso, seduce a los hombres que se cruzan en su camino, entre ellos al jorobado Tonio. Pero Nedda lo rechaza por su manera de ser, especialmente por su repulsivo aspecto. Tonio, humillado después de haber sido golpeado por Nedda con la fusta de la mula, jura vengarse. 

La única manera de escapar de aquella vida errante es huir con su amante, Silvio, un pueblerino que también ha sido seducido por Nedda. Él promete darle la libertad que siempre ha añorado. Tonio vuelve, junto con Canio. Este descubre a Nedda con su amante, a quien, por fortuna, no logra reconocer. Nedda se niega a decirle el nombre, pero se resigna a salir a escena una vez más. Después de todo, es lo mejor que sabe hacer. “El teatro y la vida no son la misma cosa”, había dicho Canio al principio del acto. Pero el teatro es un reflejo de la vida, y la vida le da alimento al teatro. Canio descubre esta triste verdad, y la canta en una de las arias más patéticas del repertorio operístico: Vesti la giubba.

En el segundo acto ocurre la “obra dentro de la obra”. Los personajes ponen en escena una historia de celos y engaños de la comedia del arte italiana. En el escenario, Canio no puede fingir más ser Pagliaccio, ya no puede soportar más que la obra le recuerda al personaje principal aquello que le acongoja, la traición de su esposa. En su rabia, termina asesinando a Nedda y a su amante. Se suele decir, con cierto tono de queja, que en la ópera los personajes siempre mueren, pero, ¿acaso nosotros, al final, no morimos también? Nos volvemos conscientes de nuestra mortalidad al mismo tiempo que somos cautivados por hermosas frases musicales.

De las tragedias griegas hasta los grandes escenarios de Europa y América. He ahí el recorrido de la ópera a lo largo de la historia: de héroes y reinas de Cartago a payasos y cortesanas. Las moiras ya no están ahí para cortar los hilos del destino, ni los dioses olímpicos para destruirnos por habernos atrevido a ser soberbios. Son nuestras propias pasiones las que nos llevan a la destrucción. La ópera es un enorme espejo que nos devuelve el reflejo de los amoríos prohibidos, el miedo a la muerte y los deseos de venganza. “Eso nunca me pasaría a mí”, diría alguien imitando las palabras de Canio, “eso es puro teatro”. Así es, sin embargo, el arte imita a la vida. “Pagliacci” es la metáfora perfecta de esta imitación. La ópera nos recuerda que somos humanos, demasiado humanos.


Susan Vázquez-Mellado Camarillo


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