El lado este del Edén o sobre el Escribir

 El lado este del Edén o sobre el Escribir.

                                              por Xavier Angeles Venegas


“Find out the reason that commands you to write; see whether it has spread its roots into the very depth of your heart; confess to yourself you would have to die if you were forbidden to write.” Rainer Maria Rilke.



Escribir no es rellenar folios en blanco con tinta. Cuando se es preguntada la razón, uno generalmente tiene dos respuestas: la primera, una parcialmente sincera, que es capaz de expresarse de forma vulgaris en las conversaciones de día con día, que incluyen frases como: “Es el placer de transmitir una idea” o, quizá la insufrible: “Es la necesidad de conectar”; la segunda es un contrato que no estamos dispuestos a pactar en conversaciones triviales, la que tiene que ver con el armisticio, con la fútil pero exquisita necesidad de recuperar el aliento, con la bendita pausa de la intensa batalla en el fuero interno, un dejo, un respiro de la existencia misma y del sufrimiento. 


Quizá escribir sea más parecido a visitar un recinto sagrado que a plasmar ideas en papel, un santuario divino que conlleva un precio su entrada, reservada sólo para algunos, por más pretencioso que pueda llegar a parecer, queramos negarlo o no admitirlo—. Un paraíso onírico de sombras y luces que es reflejo mismo de aquel lugar donde hueso y alma se unen, un misticismo, una perspectiva arcaica conectada con aquella articulación donde se funden humanidad y animalidad. Y no es labor sencilla ni vitalicia, conlleva un eterno sacrificio que no cualquier mortal es capaz de entregar, pues está inmiscuido en la misma ruptura de nuestra esencia. 


Acudimos a aquella tierra de fe olvidada, con heridas abiertas, llagas latentes y en algunos casos desangrándonos lentamente; no buscando consuelo ni cura, sino un momento de gracia, pero encontrando en su defecto algo infinitamente perenne. Al lado este del Edén, uno encuentra su yo verdadero, su yo más transparente, donde los claroscuros se desdibujan y nos muestran el lado crudo, pero cierto, las penurias más oscuras, el hambre más voraz, la sed más insaciable, la necesidad más exigente, y sólo escribiendo uno es capaz de resarcir esas heridas, de liberar el espíritu, de sanar la esencia; no como un medio, sino como un último fin.


¿Por qué celebramos entonces ardides de cartón y halos embriagadores? Aquellos tapujos sin sentido de la verdadera catarsis. ¿Por qué perpetuamos falsas representaciones de esta purificación? Lo más acendrado se convierte en profano cuando llamamos proceso creativo al alcoholismo, al abuso de sustancias tóxicas, a la violencia y la depravación.


En la intimidad del escritorio y el autor como en aquellos romances de puerta cerrada, se funden el deseo y la pasión de la misma forma que sucede la cópula entre bolígrafo y folio, las más oscuras obscenidades se convierten en brillantes fantasías, y el escritor es capaz de atravesar las llamas, las ascuas y hasta el mismo infierno, si es lo suficientemente bizarro para intentarlo. 


El artificio, sin duda, reside en ese mismo acto insinuado, en dejar entrever las penas y las afectaciones sin ser explícitos. Y en ser lo suficientemente sabio tanto para presentarlas como para leerlas de entre las líneas. La belleza del desasosiego nos llama de forma latente porque somos fetichistas de lo melodramático, pero en la medida justa, porque la magia consiste en insinuar los verdaderos sentimientos, sin mostrarlos jamás, sin dejar que la desnudez del alma se convierta en pornografía de las emociones. (Redondo:2016)


La forma más cruda de los sentimientos y las palabras habita en los escondrijos de la esencia, son como linternas incandescentes —quizá algunas mancilladas pero con un destello que no desampara—, que alumbran el sinuoso camino del escritor por la completa oscuridad en una odisea al abismo. 


Las ideas como enredaderas, crecen y enraizan en las regiones más intransitables de la tierra del alma; en un estado inerte, fuera del tiempo; por eso se vuelve una verdadera necesidad el escribir. Los ciclos son inherentes a la vida humana. Uno crece y deja ciertas conductas, ideas, creencias, o sistemas detrás. Pero una vida no es suficiente, Einmal ist keinmal, “[... ]lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.”(Kundera:1984)


Es ahí donde la segunda necesidad resurge como un salvavidas: el de la existencia infinita, y la perpetuidad del papel se convierte en remiendo del alma; el escritor se desprende de su propia piel, de su propio ser y comienza a vivir mil vidas de papel, porque no hacerlo sería peor que cesar de existir.


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