El lápiz, la herramienta divina de la humanidad.

Jorge Viniegra.

Dale al hombre un medio, una herramienta y una idea, y verás plasmado en el mundo material un fragmento de su psique. Y si alguna vez Dios, en su infinito poder tuvo la necesidad de usar una herramienta muy seguramente comenzó el boceto de la creación con un lápiz.
Resulta curioso pensar en un ser cómo el Dios abrahamico: omnipotente y omnisapiente esgrimiendo un lápiz con su divina mano, dibujando sobre un lienzo en blanco unas crudas líneas dubitativas que definen la forma de una galaxia, y dicha imagen pasa ser absurda conforme más se comprende la complejidad de este ser ya que en siguiendo los cánones de las religiones que inspira, este supremo ser celestial bastaría crear y destruir a voluntad con un mero pensamiento. No obstante, es aquí cuando podemos voltear al mundo de las ideas de su creación (la humanidad) para darle coherencia a este hipotético cuadro mental que hemos construido; Y es que si revisamos una de las tantas tesis del maestro Jacques Derrida podemos apreciar cómo él contempla el lenguaje como un mero ejercicio de interpretación de la escritura, cuyo proceso se lleva a cabo en subconsciente mucho antes de que emerja de la garganta del locutor una sola vociferación. Entonces pues podemos imaginar a un hombre primitivo, pionero anónimo en el establecimiento del lenguaje, configurando en su mente prehistórica la primer palabra, escribiéndola por primera vez no sobre la alcalina pared de roca, en el interior engullido por la oscuridad de una caverna, sino en su mente. Así pues si entendemos  a Dios como una entidad consiente y pensante ¿no cabría pues la posibilidad de que para crearlo todo con su pensamiento, haya tenido primero que tomar un lápiz metafórico y delinear la creación?

Y es que parecía que el lápiz es un instrumento cuyas posibilidades son tan infinitas que de momentos parece una dote divina entregada por los celestiales; un lápiz es en las correctas manos el ramo de rosas perfumadas que atrapa el corazón de una amante; un daga envenenada que perfora a traición el costado de un amigo, testigo valeroso que aclara las brumas del pasado con su voz grabada a través de los milenios, o cruel encubridor que empaña de mentiras y calumnias la palabra escrita.

Cuan desdichado es el lápiz, que ante la fraternal pluma y su inseparable pareja la tinta, ha perdido el favor de los poetas y los hombres virtuosos que dejan para la posteridad el legado de un puñado de frases célebres: “la pluma es más poderosa que la espada” -Edward Bulwer-Lytton-.

 “ No hay que escribir sino en el momento en que cada vez que mojas la pluma en la tinta, un jirón de tu carne queda en el tintero”, -León Tolstoi-

Así como en la pluma y en la tinta el alto con el bajo estilo existe, en folio o mármol, rica o vil se viste la forma, según quien la talla o pinta. - Miguel Ángel Buonarroti-

Y tantas más que ahora mismo se escabullen de este texto pero que con seguridad pueblan en referencia o incluso como objetó central las innumerables páginas, de los innumerables ensayos que se escriben día tras día, derramando metafóricos ríos de tinta sobre… bueno más tinta.
Y pese a este abandono, el lápiz es el instrumento del hombre, pues instrumento natural de Dios debería ser la pluma, pos su permanencia y su estoicismo. Lo que por tinta es gravado ahí quedara por siempre, quien esgrime una pluma debe o bien hacer alarde de perfección, o bien estar dispuesto a la destrucción de su medio, he ahí la divinidad de la tinta, pues solo un ser incapaz de errar podría tomar con firme mano este instrumento y con el delinear sus ideas, y si bien los autores ciertamente roban un ínfima fracción de esta divinidad creadora, no dejan de ser humanos, contrarios al paradigma divino estamos destinados a fallar, es la imperfección del hombre parte de su esencia como especie y es por eso que el lápiz y no la pluma es su instrumento natural. Un instrumento creado por y para los humanos, su diseño elimina la compañía del tintero, y se añade en lugar de este acompañante, un cómplice que ayuda a encubrir nuestros errores, es preciso el lápiz porque permite aprender de los errores y corregirles, pese a nunca alcanzar la perfección.   

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