En el límite del personaje

 

En el límite del personaje

“Los verdaderos actores

viven su personaje en silencio.

– Sam Mendes

 

¿Dónde se separa un personaje de su actor? ¿En qué rincón de la piel y el alma acaba uno e inicia el otro? La actuación puede llevar a un hombre a interpretar a alguien de comportamiento por completo distinto al suyo, y hace de puente entre una personalidad y la otra. Sería incorrecto denominarlos dos caras de una misma moneda, dado que tal afirmación denotaría que las naturalezas de cada uno, si bien van de la mano, no se mezclan: la cara no enfrentará nunca a la cruz, ni viceversa. No, el actor y su papel son a la vez lienzos sin terminar y botes de pintura, y se trazan mutuamente huellas que ni el disolvente más potente del mundo sería capaz de borrar.

Observemos a “Pagliacci”, ópera de Leoncavallo, donde se nos presentan las andanzas de una compañía teatral de comedia del arte que es muestra excelente de la situación mencionada con anterioridad. Nos encontramos con una obra dentro de otra, y ambas avanzan en líneas que rápidamente descubrimos paralelas: los actores niegan ser como quienes interpretan, pero acaban pareciéndose más a sus personajes de lo que les gustaría admitir.

La historia se mueve más que nada gracias a tres personajes: Canio, el líder de la compañía; Nedda, su esposa, y Tonio, el jorobado despechado. Junto con Beppe, otro integrante, el grupo llega a un pueblo en la festividad de la Virgen de Agosto para representar una obra, interpretando papeles definidos por la tradición de la comedia del arte: Canio hace de Pagliaccio (quien reemplaza en esta versión a la figura de Pierrot); Nedda a Colombina, su mujer infiel; Tonio encarna a Tadeo, sirviente de la señora; y finalmente Beppe se desenvuelve como Arlequín, el infame amante de la Colombina.

Al comienzo de la obra, ante la insinuación de un pueblerino de que Tonio busca seducir a Nedda, Canio profiere su primera advertencia: el teatro y la vida no son la misma cosa, y si bien Pagliacci reacccionaría a una infidelidad con un discurso cómico, él no sería tan clemente. Tras él, Nedda escucha su discurso con gesto de culpa, y rápidamente se explica por qué: igual que su Colombina, Nedda le es infiel a su marido, esta vez con un campesino llamado Silvio.

Las cosas se complican cuando el amorío de Nedda es descubierta por Tonio poco después de haberlo rechazado. Furioso de que su amada no aceptara su sentir, pero de todos modos le fuese infiel a su marido con otro, la delata con éste, quien enfurece al enterarse. Canio le advierte que la matará si no confiesa el nombre de su amante, pero Nedda se niega a abrir la boca, y antes de poder efectuar su amenaza se ven obligados a prepararse para la función.

Es a mitad de la representación que la última línea entre lo que es actuado y lo que no se borra, cuando Colombina le jura a Arlequín que siempre será suya, y Canio pierde los estribos al recordar que esas mismas palabras se las dijo Nedda su amante. El guion original queda olvidado, y esposo y esposa mantiene una acalorada discusión lo suficientemente disfrazada de obra como para que el público piense que siguen actuando.

El autocontrol y las habilidades de improvisación de ambos son impresionantes: Nedda se percata rápidamente de que Canio ha perdido el control de sí mismo y trata de guiarlo para no provocar un desastre; y él logra proyectar un abanico de emociones que van desde la más profunda tristeza hasta la más viva ira aun bajo el disfraz de Pagliacci. Solo Silvio se percata de la gravedad de la situación y trata de rescatar a su amada, pero ninguno logra evitar al cruel destino: Canio los apuñala a ambos, y finaliza la puesta con la memorable frase “la comedia se acabó”.

Conscientes de ello o no, Nedda y Canio infundieron en sus personajes partes de sus propias vidas: nadie conoce mejor la infidelidad que quien ha sido infiel, y nadie entiende mejor la ira que quien se ha dejado llevar por ella. Ocultos tras la máscara de lo ficticio, ambos permitieron que sus realidades cruzaran los límites de los personajes, y el precio fue cobrado en vidas y ruina. De la ficción a la realidad hay un solo paso: la tragedia.

María Alicia Moncada Morales

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