Entre escritores y toreros


Marco Amauri Lara Rosas

 

“Buscaba el amanecer,

 y el amanecer no era.

 Buscaba su perfil seguro,

 Y el sueño lo desorienta.

 Buscaba su hermoso cuerpo,

 Y encontró su sangre abierta”

                    -F. G. Lorca    

 

Entre escritores y toreros existe un parentesco abismal oculto sólo para las miradas desatentas. Más allá de Hemingway, hay quienes también compartieron o hasta alternaron una enérgica afición a la tauromaquia con la práctica del oficio escritural y que finalmente, por un sinfín de motivos, terminaron de inclinar sus empeños hacía la tinta y el papel antes que a la sangre y la arena. Jorge F. Hernández es prueba de ello en su De regalo. Y, sin que la solvencia a la bifurcación de caminos que la vida le planteó le haya supuesto el retiro absoluto de uno u otro fervor, pasado el tiempo, escritor al fin de cuentas y llegada la hora de su consagración, Hernández, a la par que sus lectores, nos convencemos de que “uno se juega la vida tanto o más con escribir que con andar toreando”. Es cierto, todo aquel que pretenda dedicarse a la suerte de escribir debe ser prevenido: también el escritor enfrenta a un toro.

Cuando de a poco en el alma se anida y acrecienta la idea de llegar a devenir en artista, quizá sin saberlo, se le acarician los pitones al toro. Pero, nadie que enfrente al toro pude dejar de advertir en los ojos del animal la amenaza de su muerte; la presencia de un toro es absoluta, llena todos los espacios a su alrededor, fuera de él nada existe, y produce en el ser humano el resurgimiento de un miedo ancestral. El aspirante a creador, todavía desde las gradas, queda absorto ante el espectáculo que busca imitar, se encandila por los trajes de luces, lo mismo que por los enjaezados alazanes que montan los rejoneadores; desconoce que un cárdeno embravecido lo espera abajo en el ruedo y que cualquier tentativa de escape es inútil para la consecución del arte que persigue, pues dicho toro aún en sueños aparece.

El novel torero guiado por una ciega intuición, con el transcurso del tiempo, tras la reafirmación de su vocación y ante el firme acoso del cárdeno empieza a comprender que no solo es necesario el combate, que no tiene por delante una sola batalla por librar y si, en cambio, una serie de encuentros donde deberá burlar las embestidas del toro de sus sueños una y otra vez, en cada oración, en cada párrafo, en cada texto, armado solo con un lápiz como espada. Acaso nunca sale ileso de sus habituales citas con el cárdeno, y éste jamás desiste en su designio de aterrar a tan singular novillero, siempre le sale al encuentro a capricho allá donde vaya, como para poner a prueba su temple y su genio de autor. En el juego de la resistencia, el cárdeno tienta la franqueza de las convicciones de su retador, en el tiempo donde las musas abandonan o sellan su pacto de amistad con el del ruedo.  

En ciertas ocasiones, cuando el crescendo del pánico alcanza su plenitud, el novillero del lápiz busca refugio allá por la puerta de arrastre, se encierra bajo llave en una de las habitaciones del pasillo, pero no tarda en escuchar de nuevo los bramidos del toro y el crujir de la madera que produce el choque de sus cuernos contra la puerta. Pronto, una vez destrozada la barrera del falso refugio, se encuentran cara a cara el uno del otro, diríase que aquí la suerte está echada. Alrededor, una multitud de gente expectante sigue de cerca el curso del encuentro y ansía, hasta con cierto regocijo perverso, la inminente cornada del toro hacia el matador, sedienta de sangre. En ese instante las fuerzas del torero flaquean, hasta que logra recordar que sólo en él yace la posibilidad de lograr su coronación como creador, así como la de su obra. Al tiempo que confirma que no hay otro culpable de sus encuentros contra el cárdeno, sino él mismo, emerge desde sus abismos interiores, una voz propia hasta entonces desconocida para por fin atenderla y enfrentar a su rival con las esperanzas renovadas de salir ileso una vez más.

Entonces, al dejar de ocultarse, es Hércules, es Teseo. Toma al cárdeno por los cuernos y no le asusta sentir de cerca el vaho ardiente que los poros del animal exhalan a cada mugir suyo, danza junto a él lo mismo en los airosos quites que en el tercio de banderillas. Ninguno de los dos cede y, no obstante, si la lucha no ceja, la confianza del torero sí aumenta.  Hace muchos días que el entusiasta admirador dejó los asientos del tendido, ahora escucha a ras de suelo el murmullo del público sin que esto le incomode o siquiera le motive, pues sus sentidos están prestos al despliegue y al perfeccionamiento del arte que dota de un sentido a su penosa existencia. ¿Quién es aquel toro? ¿Quién el novillero? El toro es el miedo de buscar el amanecer y, en cambio, encontrar la sangre abierta de la que Lorca alguna vez habló en su Llanto; el novillero, es el escritor, que no encuentra sus afanes sin antes haber librado mil afrentas y que está convencido de que "escribir es torear".


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