Intangible
La belleza de un regalo intangible yace en los ojos
llenos de amor de quien lo ofrece, en el palpitar violento de un corazón que se
entrega a sí mismo y enfrenta la arrolladora posibilidad de ser rechazado. Los
regalos incorpóreos son el íntimo lenguaje de los amantes, el apoyo silencioso
de los amigos más fervientes, y la huella de aquellas personas tan llenas de vida
que dejan tras de sí un huracán. En “De regalo”, cuento de Jorge F. Hernández,
considero que encontramos un gran ejemplo de esta última categoría.
Al protagonista, en la víspera de la publicación de su
primer libro, un viejo amigo lo saca de su zona de confort para regalarle lo que
seguramente años después catalogaría como una de las mejores noches de su vida.
Es de esas historias en la que no resultan tan importantes los pormenores del
personaje principal, sino la sola presencia del individuo terriblemente carismático
que lleva la trama y vemos a través de sus ojos. Este hombre toma del brazo al
señor Hernández, el protagonista, y recorren Madrid de extremo a extremo.
La autora de este ensayo visitó Madrid alguna vez, pero ni
estando ahí mismo se le hizo tan bello como lo enseña Pepe Balsa en el cuento.
Lo destruye y reconstruye en una noche llena de poesía, historia y toda clase
de andanzas, de las cuales hace a Hernández parte: seguimos de cerca su camino
por la Gran Vía con párrafos enteros del Quijote, por calles y plazas bañadas
por la luz de las estrellas y la magia de las palabras; nos sumergimos en anécdotas
viejas y suposiciones inverosímiles, pero que se sienten por completo
plausibles con la gracia con la que las cuenta; hasta orinar en la entrada de
una universidad. En otro contexto, el itinerario no tendría más fantasía que el
de un grupo de turistas siguiendo como polluelos miedosos a su guía, pero en
este es un regalo invaluable que no se esconde tras una envoltura.
La cumbre de la aventura se da cuando Pepe, en un
arranque de sensibilidad y nostalgia, le regala Madrid a Hernández: “No
tengo otra cosa que darte… Te regalo Madrid —y en cuanto me lo dijo, se me
llenaron los ojos de lágrimas—. Te regalo Madrid, que es tuyo… ¿A qué te sigue
gustando la Plaza Mayor? ¡Pues es tuya, joé!”. Su obsequio es una mezcla de
simbolismo y experiencias: es imposible regalarle físicamente a Madrid, con
todos sus edificios y monumentos, pero al calor del momento nada de eso importa;
solo dos viejos amigos riendo y llorando como borrachos que disfrutan el
momento.
Los mejores regalos no siempre están metidos en una caja, escondidos tras un papel doblado con dibujos de globos u otras formas. Se encuentran también en las almas de las personas, en intercambios sutiles que suceden día tras día de modo tan natural que se pasa por alto lo preciados que son. No necesitan tocarse, olerse o morderse para descubrir que están ahí, porque se sienten. Amor puro es la envoltura de un regalo intangible: invisible para los ojos, pero nunca para el corazón.
María Alicia Moncada Morales
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