La puerta

“Los arquitectos no saben de amor, como tú,

  dibujan planos donde sólo permanece

  lo que jamás se habita”

                                         —Jordi Villaronga

 

Hace algunos años que la puerta de la habitación contigua a la suya cambió de sitio. En el lugar donde antaño aquella puerta cumplió su función quedó grabado el marco rectangular de su forma, tal vez para siempre. El concreto que la remplazó, la interrupción abrupta de las molduras y la superficie distinta a las demás paredes, son los testigos visibles de la incorporación de ciertos elementos extraños que desentonan por completo con el resto de la casa, en su intento de sellar para siempre lo que ninguno de nosotros fuimos capaces de cerrar.

     Fue más fácil, en cambio, construir todo un nuevo cuarto para la puerta, donde esta pudiera funcionar sin que el chirriar de las bisagras nos recordase aquel día. Y aunque ahora nadie es capaz de atravesar al recinto que descubría la puerta —testigo de la ruptura— desde la última ocasión en que estuvo en su sitio, y a pesar de que el paso del tiempo cambió casi por entero el aspecto de las cosas, resulta imposible negar que tanto la puerta que jamás cerró, como la presencia imborrable de su contorno, son la indudable materialización de un gran fracaso.

     Así como la puerta, también la pared que antes separaba las dos habitaciones de la planta alta dejó de estar en su lugar de inicio. Solo que la pared fue demolida para construir una recamara individual, ahí mismo donde años atrás sirvió de hogar a lo que fue una pareja de un lado y al más pequeño del otro. Pero, las construcciones, con todos los muebles y accesorios que contienen, no permiten transformación, ni tentativa de cambio alguna sin antes dejar rastros de su antigua apariencia en el alma de quienes las habitan. En vano se les intentó maquillar con eufemismos de pintura y de hormigón para encubrir con ello las imperfecciones de los objetos, reflejo de las nuestras, que siempre nos remontaron al día que nunca imaginamos fuera a llegar.

     En nuestra confusión, nadie nos advirtió que de poco sirve construir otros cuartos, remplazar puertas y cerraduras, cambiar persianas o tapar con cal las goteras que cayeron durante jornadas lluviosas e interminables como lagrimas sobre las camas llena de ausencia. No sabíamos, ¡Cómo podíamos saberlo?, que en balde plantamos nuevos árboles y flores mientras que las antiguas, las que florecieron en el patio a nuestra llegada, se marchitaron esperando el turno de ser atendidas. Hoy, que la destreza en las equivocaciones nos respalda, sabemos que nuestra puerta abierta es igual a una herida incurable que jamás ha de cerrar por no haberle procurado los cuidados necesarios cuando más le hicieron falta...

 

  Marco Amauri Lara Rosas

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