LOS RECOVECOS DEL ESPÍRITU
¿Qué
es el dolor si no un combustible para crear? La manera más real de propagar la
llama de las letras, de extender con precisión los alcances del fuego que arde
dentro de cada ser, y de perpetuar los incendios que enseñan que la pasión que
los alimenta también puede ser el escozor por la vida. La poesía se puede convertir
en el agua fresca que calma al alma que arde con voracidad. Es tarea única del
hombre mirarse al espejo para palparse las heridas y retratarlas con virtud; tras
el fin de que el otro pueda verlas escritas con el bisturí que traza lo
sublime. El humano, en el proceso de escribirse a si mismo, y confrontar lo que
se guarda con más ahínco en los escondites de su espíritu, se desgarra para
crear obras maestras; como los versos de Villaronga.
En un
proceso común de combustión se liberan grandes cantidades de calor; en la
combustión de las letras salen como cenizas ardientes versos con total
contundencia. Se desprenden de las llamaradas de un dolor vivaz los pequeños
fragmentos que van dando forma al poema. Brotan al rojo vivo dañando los ojos,
las manos, o el rostro del escritor, que tiene el valor de observarlos de
frente con la firme intención de retratarlos. Al atreverse a capturarlos y
detenerlos con la fuerza del propio ser, encuentra a su vez el consuelo; la
manera de aquietar aquello que bailaba con tanta fuerza dentro de sí.
La
poesía es la solución y la pena; el bálsamo y la herida; el incendio y el agua.
Se mezclan entre si, las complejidades del oficio del poeta. Los recuerdos de
la infancia que duelen en los recovecos más extraños del cuerpo, y los lentes
que permiten verlos con otros ojos. Hay una fuerza salvadora cuando el hombre
se atreve a abrir la caja de Pandora, y a sacar de ella todo lo necesario para
salvarse a si mismo.
Solo
un animal con tanto atrevimiento como el que tiene el humano puede saltar al vacío
con actos de tal índole. Desgarrase con sus propias uñas, escribir una historia
que lo lleva a el como protagonista una y otra vez, sin siquiera darse cuenta.
Hurgar en las heridas que parecieran cerradas. Vomitar todo aquello que se
lleva dentro y verlo frente a frente, mezclado con la hoja, la tinta y las
letras. Solo de los recursos emotivos reales, que se abrazan estrechamente de
las manos que escriben con maestría, pueden brotar con tanta naturalidad obras
sublimes.
No
existe tarea creativa, que no explote el ardor del pecho de los hombres como
materia prima. La poesía, se alimenta del dolor, y después de jugar un rato con
él, logra calmarlo a susurros de versos cargados de sentimientos. Es gracias a
la sinceridad, y los senderos directos que abre el artista hacia su alma, que se
pueden sostener obras como Mimesis del arquitecto o Mira, padre no te
enfades. Para estar así, lo más cerca posible de entender el dolor ajeno.
Lilia Mariana Pacheco Llamas
Me parece que como artistas y comunicadores del arte, es fundamental tomar en cuenta todo lo que comentas dentro del texto. En ocasiones es la sensibilidad y la experiencia la que habla, más que nosotros mismos, pues en muchas ocasiones empezamos a crear sin control alguno, simplemente dejandonos guiar por nuestro interior.
ResponderEliminarSin dudar que me hiciste cuestionar muchas cosas y me pareció magnifico como lo ejemplificas y comparas con la satisfación y alivio que todo aquello genera.