Los
pecados del padre…
La
cruz de la paternidad a través de los poemas de Jordi Virallonga.
Jorge
Viniegra Marín
“Es un buen tipo mi viejo
Que anda solo y esperando
Tiene la tristeza larga
De tanto venir andando”
Vicente Fernández. 1988
Es mi deber, como autor advertir que de entre
todas las ramas de la literatura es la poesía de la única de la que nunca he pretendí
tomar sus frutos, no porque me fuese especialmente degradables sino que, porque
el contrario me era especialmente atractivos y por lo mismo era para su humilde servidor un martirio el saber que jamás
seria yo poseedor de los néctares que manan de las eliseas frutas. Y es por eso
que de antemano extiendo una disculpa, para que quien haga la buena voluntad de
prestar su tiempo en favor de leer el siguiente trabajo evite decepciones si en
lugar de hablar de la estructura de los poemas dedico mis párrafos a una mera interpretación
reflexiva, que no es otra cosa que un pensamiento trasladado los pixeles que forman
en sustitución de la tinta el siguiente texto.
Cuando pensamos en la distribución de los roles
de género referentes a la paternidad es en líneas generales la madre la
indiscutible protagonista, algo que si bien podemos asumir correcto teniendo en cuenta la naturaleza
de los partos, el padre es si acaso una mención al pie de página cuando se
ausenta es condenado (a menos que su ausencia se deba a un funesto acontecimiento)
y aun presente se le condena de la misma manera o bien porque se ha vuelto común
encasillarle en el rol de abusador, o bien como un tiránico dictador que oprime
a su familia. Es raro ver en la ficción una figura paterna que podamos
considerar como un “buen padre” mientras que las madres están en el consiente
colectivo como una versión idílica de la mujer que en cualquier situación apuesta
por el bienestar de sus vástagos antes que por ella misma. Y quizá debamos este
desbalance por las estadísticas de abandono parental que superan con creces al
abandono de madres, lo que a conllevado
sus propios estigmas para con el género femenino.
Es fácil para la sociedad, sin embargo ver a un pobre caudillo de la anarquía
capturado tras su fallida lucha contra el sistema y señalar con el dedo a una
ausente figura paterna como principal responsable de la evidente fractura que presenta
aquel engranaje defectuoso de la maquinaria social.
Pero no es solo la ausencia la que condena al
progenitor masculino al antagonismo, en ocasiones incluso los padres que están,
y que no son directamente abusadores o represores son presa del juicio moral.
Los niños sin padre ya no son solo los que cuyo progenitor fue por cigarros y
nunca volvió, sino que bien pueden conocer a su padre y verle diario paro ahora
el gran trauma viene de la falta de convivencia, como si fuese mejor no conocerle
que conocerle y no convivir con él. Se le
exige al padre reconstruir su roll familiar y volcar sobre sus hijos el amor y
la convivencia que los hijos merecen, pero al mismo tiempo no se ha insistido mucho
en dejar atrás su anterior roll como proveedor de la familia; se nos olvida que
una jornada laboral de ocho horas continuas consume más que el tiempo, sino la energía,
la paciencia y la misma simpatía parece apagarse. Además de que el padre, antes
de ser padre fue hombre con amigos y pasatiempos, pareciera que un hijo borra
de un chasquido la vida anterior como para años después yacer sobre el diván de
un psicólogo barato y proclamar “mi padre prefería ir con sus amigos que jugar
con migo” o “mi padre nunca estaba en casa y cuando estaba siempre llegaba cansado”
quizá haga falta un curso básico de empatía para estos padres supuestamente
ausentes cuyo pecado recae en ser humano con limitaciones y errores.
Pero ¿acaso se puede ser padre proveedor y buen
padre al mismo tiempo? Quizá pudiera yo decir que si en efecto, después de todo
mi padre trabajaba en doble plaza desde que tengo memoria y muchas veces acudía
a reuniones con sus amistades en las que mi presencia saldría sobrando, aun así
cuando pienso en el no son sus ausencias los primeros recuerdos que me vienen a la cabeza, sino aquellos momentos en los que
intentaba comprender la lógica interna de mis jugos, cuando me enseñó a
dibujar, a escribir y a leer.
Pero claro es solo desde mi particular galería de recuerdos, que no dudo que hayan
sido tocada por la nostalgia, pero de la misma manera que quizá los recuerdos
de mi padre se han endulzado, quizá los traumas que nacen del padre se ven acrecentado
por la visión de niño en la que todo parece más impactante de lo que es.
Y bien podría ser que sea posible ser un buen padre, podríamos estar condenados
a vivir y crecer con padres que si bien no podemos llamarles completos negligentes,
son dados a cometer pecados que nos marcan y nos agrietan, pero son esas mismas
grietas que recorren nuestra tullida alma la que nos permite ser distintos y
crear por tanto cosas distintas, como seres únicos e irrepetibles.
Gracias padre por no ser perfecto.
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