Muchacha pobre y hombre rico: las Cenicientas telenovelescas
¿Cuántas veces puede reciclarse una idea antes de agotarla? Con la
sazón y los disfraces adecuados, la respuesta correcta sería que es posible
prolongar su vida útil por muchísimo tiempo, y este trabajo es uno que la
ficción conoce muy bien. En el nacimiento de narraciones ficticias no siempre
hay reglas, pero comparando creaciones que datan de hace siglos con otras de
fechas más recientes, sin duda alguna encontraremos patrones, particularmente
en géneros tan populares como lo es el romántico.
La razón es simple: el romance no se compra, pero sí que se vende.
Tratar de adquirir directamente un concepto tan abstracto mediante una transacción
monetaria sería un asunto de risa: si algo tratan de enseñar decenas de fábulas
y cuentos es que ni todo el dinero del mundo podrá conquistar jamás a un
corazón. Estas advertencias, sin embargo, desaparecen del plano cuando buscamos
obtenerlo de manera indirecta, como espectadores protegidos al otro lado de la
pantalla de los peligros y riesgos que conlleva la trama. Dicho espectáculo, de
la mano de empresas especializadas en el reciclaje de ideas, tales como
Televisa, atrae a las masas del mismo modo que un farol a las polillas.
«Si funciona, no lo toques» es una práctica que las productoras de
telenovelas siguen religiosamente: las tramas de muchos culebrones actuales se
distinguen en poco o nada de novelas emitidas hace más de cuarenta años, e
incluso así se las arreglan para ganarse el interés de una multitud considerable.
Es inusual encontrar una telenovela emitida en la última década que no esté
basada en una ya existente, y en muchos casos esta ya es adaptación de otra
versión, encadenándose todas en un bucle que solo se detiene cuando una idea
deja de vender. Hay toneladas de ejemplos que respaldan esta afirmación, y uno
de los que más huella dejó en las vidas de miles de televidentes fue la trilogía
de las Marías.
Entre 1992 y 1996, Televisa emitió tres novelas protagonizadas por
la misma actriz y siguiendo una línea prácticamente idéntica: una mujer pobre
ganándose el corazón de un hombre rico. Las circunstancias en las que su amor se
da suelen ser, además, muy similares: la chica, con la vida repleta de
dificultades y el corazón más puro, consigue por azares del destino el respaldo
de un millonario que le hace de figura paterna y, al mismo tiempo, de casamentero.
El objeto del afecto de la protagonista no es menos que otro hombre rico,
generalmente atormentado y renuente a enamorarse, que acaba cediendo ante la
devoción de la dama, aunque no sin antes atravesar un camino lleno de
obstáculos de lo más dramáticos que se oponen a su unión.
En “María Mercedes” (1992), adaptación de “La italianita” (1973),
Meche es una vendedora de boletos de lotería que carga encima la responsabilidad
de mantener a su familia, incluidos su padre alcohólico y sus tres hermanos. Acaba
ganándose el cariño de un millonario enfermo, Santiago del Olmo, que la toma
por esposa poco antes de morir para evitar que su tía Malvina y sus primos, Jorge
Luis y Digna, hereden su fortuna. Cuando Mercedes queda viuda, Malvina aprovecha
una de las cláusulas del testamento de Santiago y logra que su hijo se case con
Meche. Jorge Luis, traumado con el amor luego de perder a su primera mujer a media
hora de su boda, comienza a enamorarse de su esposa, pero entre su madre, su exnovia
y otros personajes sin nada mejor qué hacer, el matrimonio de ambos enfrenta desafío
tras desafío.
De modo similar, en “Marimar” (1994), que adapta la novela “La
indomable” (1974), nuestra protagonista vela por sus abuelos, y roba víveres
para poder darles de comer. Es en uno de sus hurtos cuando conoce a Sergio
Santibáñez, un futbolista que la defiende del capataz de su hacienda. Marimar
se enamora perdidamente de él, mientras que Sergio solo desea casarse con ella
para contrariar a sus padres, que acaban haciéndole la vida imposible a la joven.
Cuando Sergio se va de la hacienda para trabajar, las desgracias de Marimar
alcanzan su cumbre: es enviada a prisión y pierde a sus abuelos en un incendio.
Sola en el mundo, Marimar abandona el pueblo y llega por casualidad a casa de un
millonario. Lo que empieza siendo un trabajo de empleada doméstica termina por
convertirse en el milagro de su vida, especialmente al descubrir que dicho millonario
es en realidad su padre, quien hace de ella una “mujer de bien”. Culta,
refinada y con sed de sangre, Marimar busca ahora su venganza contra todos los
que le hicieron daño, incluido el esposo del que sigue, a su pesar,
terriblemente enamorada.
La última entrega es “María, la del barrio” (1995), adaptación de “Los
ricos también lloran” (1979) y “Cuando se regala un hijo” (1962). María aquí es
una pepenadora al cuidado de su madrina, quien fallece apenas su ahijada cumple
los quince años, y se la encarga al padre Honorio. El sacerdote le consigue
trabajo en casa de Fernando de la Vega, un millonario que acoge a María como
suya y la educa. Ella se enamora con locura del hijo de su protector, Luis Fernando,
pero su amor se ve obligado a enfrentarse al de Soraya Montenegro, prima de
Luis. Intrigas, maquinaciones y un embarazo falso logran separarlos: Soraya
obliga a Luis a casarse con ella, y María comienza a salir con el hermano de su
amado, Vladimir. Sin embargo, eventualmente la farsa de Soraya es descubierta,
ella muere, y María y Luis logran estar juntos. Esta novela es la única de la
trilogía que se prolonga más allá del “final feliz” de sus protagonistas, contando
también las tragedias atravesadas por Fernando y María de los Ángeles, el
primero hijo biológico de la pareja y la segunda su hija adoptiva.
Sea con Jorge Luis, Sergio o Luis Fernando, la pobre María siempre encontrará a su príncipe azul, al hada madrina millonaria y a una lista considerable de rivales que acabarán perdiendo ante el poder del amor verdadero. De igual manera, sea con María Mercedes, Marimar, María, o cualquier otro nombre que las productoras puedan darle a una muchacha pobre que se enamora de un hombre rico, el público seguirá escuchando la misma historia una y otra vez, quizá con la esperanza de vivir algún día algo similar. El romance se venderá bajo distintos disfraces hasta que la idea se acabe; mientras tanto, a falta de Cenicientas veremos telenovelas.
María Alicia Moncada Morales
"La razón es simple: el romance no se compra, pero sí que se vende". No había encontrado una palabra para describir tus textos, más ahora creo haberla hallado: "ingenioso". Cada frase es ingeniosa, muy sagaz.
ResponderEliminar"reciclaje de ideas, tales como Televisa" me boté de la risa. Las referencias a las fábulas, la claridad individual y conjunta de tus oraciones, un cierre premonitorio "El romance se venderá bajo distintos disfraces hasta que la idea se acabe; mientras tanto, a falta de Cenicientas veremos telenovelas". Es inteligente.
Quiero seguir leyéndote, fue un texto tan interesante de leer :D