Soleá y Bulería

 Soleá y Bulería



"¿Y cómo es posible desdeñar el conflicto
no poco suicida que cada uno de
 nosotros mantiene con el lenguaje?”.
Alejandra Pizarnik.


Las bestias habitan en el plumín, escapando con cada trazo. Recorren el mundo que es concedido dentro de los vértices del papel, persiguiendo la danza verónica de un torero. ¿Qué consuelo hay para una banda de soñadoras criaturas abandonadas a los ojos del público?, ¿existirá cuidador que comprenda una desenfrenada e innata identidad?


En el nacimiento se regala Madrid, como un estímulo animal. Es la amplitud de sus avenidas la que impone sobre la estrechez del cuerpo y el alcance de la corrida. Así el escritor, atiende a una razón diminutiva que busca un horizonte donde el bullicio sea paz. Porque la forma de los límites es un sosiego por encontrar.


Escribir, entonces, es un acto taurino. Ora la exploración del autor, que trata de acertar a sus ideas; ora éstas que esquivan, porta gayola, para evitar su herida. En algunas se da en el blanco y otras solo se desvanecen. Al final, el escritor es su propio asesinato, el acto per se: la  impotencia de la irrealización.


En su frustrado matiz baila como soleá y en su gallardía, como campante y burlesca bulería. Ya que su menester es, incluso a pedazos, volver a la blanca arena o el albo papel en arte: en catarsis. El inherente acto de derramar el contenido de uno mismo, de las ciudades que te han obsequiado. La puerta de entrada y salida es la misma para adentrarse al ruedo. 

 

Ahí en la plaza, no importa el espectador, bien decía Balda en “De Regalo” de Jorge F. Hernández. La prioridad es la delimitación de la identidad, la certidumbre del instante o eterna, una paz voraz. Más allá de la vorágine se encuentra la desesperada vanidad de entender las fronteras de nuestro estadio. Mientras que el riesgo es dar tu nombre por el juego y asumir la posibilidad de una ejecución pública.


Por si fuera poco, el mayor desafío es postrarse frente a un caballero con la premisa inconsciente de que uno siempre será desconocido. No hay guía sino torero; a merced de la ceguera emocional. ¿Qué entiende de tinta quien no ha garabateado con sangre?, ¿se compartirán los mismos graznidos?, ¿expresarán la absolutez del regalo?


La bestia galopa en pro de la vehemencia. Aunque su vida como la de muchos otros, sea la del anonimato. Las botas son abismales: no hay Quevedo, ni Borges, por eso se vacila ¿Hasta dónde llegaron? Una vida no se reduce a una biografía, mucho menos a una obra, ni a la estética barbarie admirada por los fanáticos. 


Si pararse a morir es una exhibición, darse a la pluma es incertidumbre. Es el silencioso hipido que se desapercibe: jamás se tendrá un nombre por el cual ser llamado, un todo. En su suicida anonimato, el escritor y el toro comparten la solitaria pasión. El menos insuficiente de los alivios.


La tauromaquia literaria es donde la letra es lágrima, como un velo rojo que cubre la vista. La incapacidad del artista de recolectar todo su desperdigado obsequio. Incluso, llega a ser las prioridades incumplidas. No hay quien dirija la redacción, por ello se somete a la invisibilidad. Las bestias a la plaza nunca regresan.


Alison J. Bartolano D. Marina


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