Thalía, la musa de la comedia
El arte imita a la vida. Se nutre de las historias que la vida le brinda. Las desgracias, las dolencias y las pasiones humanas adquieren una forma. Pero, ¿qué ocurre cuando la vida quiere imitar al arte? Las respuestas pueden ser muchas, pero las tres telenovelas que Thalía protagonizó en los años noventa nos brinda una en específico: la decepción de que la vida no es como la pintan en las series. ¿Realmente la vida recompensa a aquellos que son buenos? ¿En la vida hay justicia para los humillados y ofendidos?
En la década de los 90, la cantante y actriz Thalía protagonizó tres telenovelas mexicanas: María Mercedes, Marimar y María la del Barrio. El común denominador no sólo radica en el nombre y en la intérprete, sino también en cierto leitmotiv: una mujer joven, hermosa, de origen humilde pero de buenos sentimientos; se enamora de un hombre atractivo y millonario. Las tres telenovelas nos muestran las vicisitudes de las Marías para estar con el hombre de sus sueños. Mientras tanto, lucha contra ciertos villanos que quieren hacerle la vida imposible. Otro leitmotiv: tiene un final feliz.
La “Divina Comedia” de Dante es objeto de constantes burlas: “¿Qué tiene de comedia, si me está hablando de los círculos del Infierno? ¿Dónde radica su gracia?”. Su nombre se debe a la estructura de su narrativa. En el teatro griego, la tragedia comenzaba con una situación favorable para el personaje, y terminaba con su muerte o su destrucción; la comedia iniciaba con una problemática, y terminaba de manera agradable para el personaje. En la comedia la tensión se resuelve. En la obra del poeta italiano, el inicio comienza con el recorrido por los rincones infernales, seguido por el ascenso al purgatorio y finalmente al cielo. He ahí su comedia. En las trilogía de las Marías ocurre del mismo modo: las protagonistas luchan contra el mundo que las quiere ver caer y humillarse, pero triunfan ante los villanos y obtienen una recompensa por todo el sufrimiento que pasaron.
La esperanza es la confianza en que aquello que se desea se logrará. Las historias de las telenovelas mexicanas son esperanzadoras, mas no verosímiles. En realidad, no tienen porqué serlo. Sin embargo, brindarle a los televidentes esperanza con tres comunes denominadores que son muy poco comunes en la vida real sólo puede terminar, muy posiblemente, en decepción. Aquí, la vida quiere imitar al arte, pero ese arte está inspirado en un anhelo de una vida mejor. No hay nada de malo en desear una vida mejor. Pero los estereotipos que se manejan en las tragicomedias televisivas latinoamericanas no son un buen ejemplo. ¿Cuántas Marías pueden presumir de haber ascendido socialmente y haberse casado con el hombre ideal? Resultado: nunca cero, pero sí muy pocas. No es un común del día a día, menos en la sociedad mexicana, donde el racismo y el clasismo está tan arraigado (por más que se quiera negar).
El resalte de los estereotipos es incuestionable. Los pobres, a pesar de vivir en un barrio o en una cabaña descuidada cerca del mar, son felices. Los ricos, con todos esos lujos, autos y ropas finas, son malvados; y desprecian a las clases más bajas. La romantización de la pobreza y la satanización de la clase alta se ha remarcado mucho en el cine y en la literatura. Las telenovelas de Thalía aportan su grano de arena. No hay una felicidad en la situación social del pobre. El pobre no es pobre porque quiere. Y el rico no es una mujer malvada que quiere destruir a la chica de origen humilde.
En México, no todos pueden darse el lujo de pagar un cable para tener acceso a más contenido. Las telenovelas son transmitidas comúnmente en los canales de televisión abierta. Es con lo que se cuenta: con historias que le prometen al de abajo que se convertirá en el de arriba si permanece bueno. Sin adoptar una actitud pesimista, la manera en que se enseña cómo se puede mejorar la situación socioeconómica es ridículamente romanizada. Esto no significa que no existan otros modos más realistas. Se debe recordar que la vida es mucho más difícil de lo que se muestra en la pantalla. El esfuerzo que hay que aplicar para sobrevivir en este país es el triple, si eres de escasos recursos.
El arte permite comprender el mundo desde otras perspectiva. Las telenovelas muestran una vida que desborda anhelo y muy poca (o casi nada) verosimilitud. Talía, la musa de la comedia, sale en escena y se muestra ante el público con la máscara de Melpómene, la musa de la tragedia. Sólo al final se quita la máscara y nos muestra quién realmente era. Nos ha mentido todo este tiempo. Para los griegos, su osadía hubiera sido imperdonable, incluso grotesca. Pero el arte necesita mentirnos para plantearnos ciertas verdades. Sin embargo, hay que saber mentir.
En la década de los 90, la cantante y actriz Thalía protagonizó tres telenovelas mexicanas: María Mercedes, Marimar y María la del Barrio. El común denominador no sólo radica en el nombre y en la intérprete, sino también en cierto leitmotiv: una mujer joven, hermosa, de origen humilde pero de buenos sentimientos; se enamora de un hombre atractivo y millonario. Las tres telenovelas nos muestran las vicisitudes de las Marías para estar con el hombre de sus sueños. Mientras tanto, lucha contra ciertos villanos que quieren hacerle la vida imposible. Otro leitmotiv: tiene un final feliz.
La “Divina Comedia” de Dante es objeto de constantes burlas: “¿Qué tiene de comedia, si me está hablando de los círculos del Infierno? ¿Dónde radica su gracia?”. Su nombre se debe a la estructura de su narrativa. En el teatro griego, la tragedia comenzaba con una situación favorable para el personaje, y terminaba con su muerte o su destrucción; la comedia iniciaba con una problemática, y terminaba de manera agradable para el personaje. En la comedia la tensión se resuelve. En la obra del poeta italiano, el inicio comienza con el recorrido por los rincones infernales, seguido por el ascenso al purgatorio y finalmente al cielo. He ahí su comedia. En las trilogía de las Marías ocurre del mismo modo: las protagonistas luchan contra el mundo que las quiere ver caer y humillarse, pero triunfan ante los villanos y obtienen una recompensa por todo el sufrimiento que pasaron.
La esperanza es la confianza en que aquello que se desea se logrará. Las historias de las telenovelas mexicanas son esperanzadoras, mas no verosímiles. En realidad, no tienen porqué serlo. Sin embargo, brindarle a los televidentes esperanza con tres comunes denominadores que son muy poco comunes en la vida real sólo puede terminar, muy posiblemente, en decepción. Aquí, la vida quiere imitar al arte, pero ese arte está inspirado en un anhelo de una vida mejor. No hay nada de malo en desear una vida mejor. Pero los estereotipos que se manejan en las tragicomedias televisivas latinoamericanas no son un buen ejemplo. ¿Cuántas Marías pueden presumir de haber ascendido socialmente y haberse casado con el hombre ideal? Resultado: nunca cero, pero sí muy pocas. No es un común del día a día, menos en la sociedad mexicana, donde el racismo y el clasismo está tan arraigado (por más que se quiera negar).
El resalte de los estereotipos es incuestionable. Los pobres, a pesar de vivir en un barrio o en una cabaña descuidada cerca del mar, son felices. Los ricos, con todos esos lujos, autos y ropas finas, son malvados; y desprecian a las clases más bajas. La romantización de la pobreza y la satanización de la clase alta se ha remarcado mucho en el cine y en la literatura. Las telenovelas de Thalía aportan su grano de arena. No hay una felicidad en la situación social del pobre. El pobre no es pobre porque quiere. Y el rico no es una mujer malvada que quiere destruir a la chica de origen humilde.
En México, no todos pueden darse el lujo de pagar un cable para tener acceso a más contenido. Las telenovelas son transmitidas comúnmente en los canales de televisión abierta. Es con lo que se cuenta: con historias que le prometen al de abajo que se convertirá en el de arriba si permanece bueno. Sin adoptar una actitud pesimista, la manera en que se enseña cómo se puede mejorar la situación socioeconómica es ridículamente romanizada. Esto no significa que no existan otros modos más realistas. Se debe recordar que la vida es mucho más difícil de lo que se muestra en la pantalla. El esfuerzo que hay que aplicar para sobrevivir en este país es el triple, si eres de escasos recursos.
El arte permite comprender el mundo desde otras perspectiva. Las telenovelas muestran una vida que desborda anhelo y muy poca (o casi nada) verosimilitud. Talía, la musa de la comedia, sale en escena y se muestra ante el público con la máscara de Melpómene, la musa de la tragedia. Sólo al final se quita la máscara y nos muestra quién realmente era. Nos ha mentido todo este tiempo. Para los griegos, su osadía hubiera sido imperdonable, incluso grotesca. Pero el arte necesita mentirnos para plantearnos ciertas verdades. Sin embargo, hay que saber mentir.
Susan Vázquez Mellado Camarillo
Comentarios
Publicar un comentario