Como la Dulce Ambrosía o el Embriagador Dolor de Dionisio

 Como la Dulce Ambrosía o el Embriagador Dolor de Dionisio.

Por Xavier Angeles Venegas


Las historias de su génesis son pluri-matizados a través de la historia. Desde el mítico: el ave que dejó caer unas semillas a los pies de un semi-dios, convirtiéndose en “el remedio del rey”.  O quizá el más prosaico: la artesanía o craft enseñada por los dioses a los hombres. Hasta el más pintoresco de todos, el regalo más sagrado: la liberación del espíritu y el acercamiento con lo divino, en un fatídico desenlace del primer amor convertido en regalo, un regalo a la humanidad.


Sea la historia que sea, existe un elemento divino y místico e innegable que se sigue perpetuando hasta nuestros días, hasta en las celebraciones eucarísticas. El vino siempre ha estado ligado a la historia del hombre, ha sido ese elemento que se repite en las diversas culturas antiguas, pero ¿es una casualidad del destino o existe una razón transparente que no logramos contemplar aún?


Previo al desenfreno seguido de la creciente popularización de dichas festividades bacanales, el rito a Dionisio dista mucho de su contraparte romana, una sincretización de la deidad griega. Las bacanales se caracterizaron como estos ritos de iniciación y celebración, que incluían bebidas, cantos hipnóticos, disfraces, y demás, a modo de peticiones soteriológicas, heredadas tanto de los griegos como de otras culturas que celebraban, de acuerdo a su cosmovisión, vita et mors, reflejada en el cenit del sol, que concuerdan con el equinoccio de primavera.


Los ritos dionisíacos encarnaban los pilares de Dionisio: la intoxicación y el éxtasis, alcanzando así la liberación del ser y, para dicho acto sagrado, se utilizaba el vino como el medio divino para alcanzar este estado desinhibido, aunque no era el único, incluía también la expresión artística, la locura, la embriaguez. El fin era este estado de conciencia plena en la que se prescindía de todos los límites, donde se permitían formar parte de algo infinitamente más grande, ser completamente libre, se soltaban las pesadas ataduras, en una única y gloriosa detonación, uno permitía arder en el fuego de nuestras propias pasiones, dejarse la idea de la mortalidad en casa, para poder disfrutar de la vida como cualquier bestia.


“¿Hay algo más terrorífico y bello, para almas como las griegas o las nuestras, que perder por completo el control?” (D.T. 1992)


Puede ser una idea un tanto atemorizante, quizá. Expiarnos la moral, sentirse por encima del bien y del mal. Desprendernos de esta superioridad de cartón, y las reglas que dictan la vida de los demás mortales. Hemos crecido rodeados de tabúes que perpetúan el auto-control, la compostura, el constante recordatorio de que somos humanos. Pero, esta sentencia ya va cargada de una connotación negativa, humanos. Nos enseñan a domar y a controlar a la bestia que reside dentro, para encajar en sociedad. 


Empero, irónicamente, humanidad es esta dualidad de nuestro ser: ser humano y ser animal. Y, es en esta animalidad donde encontramos nuestra pasión más ferviente, nuestros deseos más vivos, nuestras ansias más arraigadas; y seguimos siendo animales, animales que viven en sociedades estiradas, sí, pero animales por naturaleza y no otra cosa. El error está en negar dicha animalidad, y en no aceptarla como nuestra, como parte imprescindible de nosotros mismos, una parte que nos da personalidad y nos diferencia de los demás.


No es sorpresivo que se hayan perpetuado las acepciones más turbias de dichos actos, y que incluso se hayan quedado como este sinónimo de fenecer ante los excesos carnales, los lentes religiosos y atemporales son esenciales para estigmatizar los actos más libres. Y en cierto punto es comprensible, las religiones y el orden social nos obligan a vivir en el futuro, a planear, a ver más allá, incluso a querer determinar eso que ocurrirá después de nuestra inminente caída: la vida tras la muerte. 


Carpe diem quam minimum credula postero, el arrebato dionisíaco les permitía, en ese sentido, conectar con la parte más presente de su realidad, con la entrega total al suprimir el yo mortal, obnubilar al menos por instante de la coraza del ser. Eurípides retrata a las Ménades, como estas ninfas que al ser poseídas por Dionisio, les inspiró de una locura mística, con la cabeza hacia atrás y la garganta hacia las estrellas, un estado más próximo a lo divino.


Y es que es en ese mismo arrebato dionisíaco, donde nace uno de los mitos del vino. La diosa Ate, a petición de Hera, madrastra del dios, engaña a Ámpelo para que intentara cabalgar en un toro, y con ello ganándose la predilección de Dionisio. Ámpelo acercándose al toro, adorna su cabeza con narcisos y anémonas, en honor a Narciso y Adonis, y decide montarlo. Tras burlarse de Selene, ésta mandó un tábano que picó al animal, que desbocado, arrojó y corneó a Ámpelo hasta separar cabeza y cuerpo.


Dioniso desesperado, trató de curar sus heridas con ambrosía, el alimento de los dioses, sin lograrlo. Tratando de consolarlo, Eros le contó como en un escenario similar Cálamo fue convertido en caña, tras un amor infortunado, y Átropos, una moira, hilandera del destino de las criaturas, dotó de nueva vida al cuerpo de Ámpelo, que enraizó y se convirtió en una rama de vid, escapando del Hades.


Dionisio estrujó el racimo de uvas y de ellas goteo un zumo con el mismo dulzor de la ambrosía, que permitía embriagar a cualquiera de bebiera de él y así, nació el vino; ante la pérdida del primer amor, Dionisio, nos regaló su eufórico sufrimiento como el recordatorio de lo efímero de la vida, y que no estamos exentos de la belleza y el desasosiego, y que su disfrute nos permite aligerar las penas.


Ea pues, disfrutemos del regalo de los dioses, compartamos nuestra ambrosia mundana y permitámonos remontarnos, de momentos, a nuestra animalidad, campo fértil de nuestras pasiones, y alarguemos los placeres que nos entrega la vida en este momento, que nadie asegura que tendremos mañana.



“Comamos, bebamos, gocemos, ya que después de la muerte no habrá placer alguno.” -Cicerón


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