Composiciones Silenciosas
Composiciones Silenciosas
«La embriaguez del estado dionisiaco, aboliendo las trabas y los límites ordinarios de la existencia, produce un momento letárgico, en el que se desvanece todo recuerdo personal del pasado. Entre el mundo de la realidad dionisíaca y el de la realidad diaria se abre ese abismo del olvido que lo separa al uno del otro». —Friedrich Nietzsche, El Origen de la Tragedia.
No es el arte el mala copa, sino el artista quien no sabe beber. Y las pasiones son . Es la absoluta maldad y pasión de embalsamar una efímera ocurrencia. El vicio asequible se convierte en estructura pictórica, en simple usanza para la estética. Cuando la belleza pierde su profundidad, la vanidad se deshace de su posible ufanía. Sin embargo, la forma no subordina al pincel, quien tampoco tiene control absoluto sobre los trazos.
La exactitud surge más allá de las diez a doce cabezas para un cuerpo, de aquella griega medida para la escultura. Si el arte fuera cuantificable, entonces sería resolución y no un misterio. Así, Tiziano encarna, aunque sea brevemente, la trascendencia de los Bacanales, del abismo humano. Las orgías, el canto, los arrebatos y el exceso, no son esclavizados a un equilibrio inalterable.
De esa manera, la composición de “La Bacanal de Andrios” es cristal que filtra la luz sin tapujos y deja caer su gravedad en una esquina. La parte inferior izquierda es el centro, la nota inicial para intensificar un crescendo, cuyo álgido punto es Baco. Las vides sin sombra acarician la rojiza piel del dios como un delicado arpegio. Tiziano se deleitaba con la música, por ello, el único infante del lienzo admira el suelo aledaño a una partitura.
La obra transmite un silencio que estalla, creciente y sutil como su difuminado. El estremecimiento de la dilatación de las hojas, los pliegues de fina seda, se escucha el arroyo de Andros, una isla alejada del mundo. Los elementos al óleo son el dulce colorear de Tiziano: estética, vehemencia y técnica. Sus tonos no son meramente pictóricos, sino musicales.
Cual movimiento de Concerto, el tiempo transcurre de un lado a otro: desde el vino hasta el desnudo. Las nubes se desvanecen como el paso de un fantasma o el suave esbozo del placer. Tiziano, sin palabras, nos dice en esta obra manierista: “Existe una estética y un arte del desenfreno; una expresión no vulgar”. No bastan los ideales renacentistas, ni el fulgor para un hombre sombrío.
La desnudez es una vulnerabilidad: el cuerpo es el alma, no un antes ni un después. La piel encerada de las bacantes reverbera, mientras la figura masculina, opaca y mórbida, en su bermellón reproduce el candor. La intermitencia de la diégesis, lo que ocurre en el Bacanal, y la del espectador, la concepción de un instante encapsulado como presente, confunden. Al existir un “ahora”, este se desprende anímicamente.
Los vientres esclarecidos y el seno que oculta la firma del autor, revelan un mundo de un sinfín de matices. Catulo y la puella, embebecidos por Tiziano, se metamorfizan del servitium amoris, a amantes no incondicionales. Es decir, en su ímpetu, reconocen el valor de la vida, ya que no se ciegan. Ocurre lo mismo con Baco en su Bacanal.
Tanto el desprendimiento anímico como la ausencia de ceguera conllevan a una osada epifanía: Las sensaciones no son fiables y tampoco el “alma”, pero la intuición, salva al reconocer este sinsentido del abismo. No hay un equilibrio entre ambos, sino una coexistencia discontinua, en staccato.
El mismo arroyo es un símbolo: el agua es pura; el vino, opaco. Si lo que fluye es la uva y la fiesta es interminable, entonces la soltura del espíritu, vigoriza la paradoja. ¿Debe el “defecto moral” censurarse para no atentar contra el arte? Cualificar con perfección implica rechazar los enigmas.
Pasan el vino de cántaros a botijos, de botijos a cantarillas: la realidad explora el placer y por ende, el desasosiego. No hay neutralidad, sino trascendencia. Los cuerpos son finitos, y sus tempestades toscas. Distanciar al artista de su arte sólo resulta como el amor para quien no ha amado ni sido amado: en una irrevocable ausencia. Casi se desmiente como el repudio al moviente, al artista cambiaformas.
La representación del navío como si fuera un punto de fuga, un mar que no vale la pena ser explorado queda en último plano. ¿Por qué irse cuando la isla es toda fogosidad y jolgorio? Las embarcaciones se van, no obstante, la sensibilidad persiste. En la lengua como saliva con vino; en los brazos como sudor, en el espíritu como experiencia e imaginación.
La falta de corporalidad, de cruda carne, influye dolorosamente. Porque son tanto el artista como el arte compañeros de embriaguez y Tiziano ensarta el tiempo lánguidamente en un bastidor exquisitamente musical. “La Bacanal de Andrios” debe a su silenciosa composición un entendimiento dionisiaco y de la expresividad, un plus ultra. La mitificación de la grandeza estremece al no separar a quién vive de la vida, de la vivencia misma.
Alison J. B. Diez Marina
No es el arte el mala copa, sino el artista quien no sabe beber. Y las pasiones son . Es la absoluta maldad y pasión de embalsamar una efímera ocurrencia. El vicio asequible se convierte en estructura pictórica, en simple usanza para la estética. Cuando la belleza pierde su profundidad, la vanidad se deshace de su posible ufanía. Sin embargo, la forma no subordina al pincel, quien tampoco tiene control absoluto sobre los trazos.
La exactitud surge más allá de las diez a doce cabezas para un cuerpo, de aquella griega medida para la escultura. Si el arte fuera cuantificable, entonces sería resolución y no un misterio. Así, Tiziano encarna, aunque sea brevemente, la trascendencia de los Bacanales, del abismo humano. Las orgías, el canto, los arrebatos y el exceso, no son esclavizados a un equilibrio inalterable.
De esa manera, la composición de “La Bacanal de Andrios” es cristal que filtra la luz sin tapujos y deja caer su gravedad en una esquina. La parte inferior izquierda es el centro, la nota inicial para intensificar un crescendo, cuyo álgido punto es Baco. Las vides sin sombra acarician la rojiza piel del dios como un delicado arpegio. Tiziano se deleitaba con la música, por ello, el único infante del lienzo admira el suelo aledaño a una partitura.
La obra transmite un silencio que estalla, creciente y sutil como su difuminado. El estremecimiento de la dilatación de las hojas, los pliegues de fina seda, se escucha el arroyo de Andros, una isla alejada del mundo. Los elementos al óleo son el dulce colorear de Tiziano: estética, vehemencia y técnica. Sus tonos no son meramente pictóricos, sino musicales.
Cual movimiento de Concerto, el tiempo transcurre de un lado a otro: desde el vino hasta el desnudo. Las nubes se desvanecen como el paso de un fantasma o el suave esbozo del placer. Tiziano, sin palabras, nos dice en esta obra manierista: “Existe una estética y un arte del desenfreno; una expresión no vulgar”. No bastan los ideales renacentistas, ni el fulgor para un hombre sombrío.
La desnudez es una vulnerabilidad: el cuerpo es el alma, no un antes ni un después. La piel encerada de las bacantes reverbera, mientras la figura masculina, opaca y mórbida, en su bermellón reproduce el candor. La intermitencia de la diégesis, lo que ocurre en el Bacanal, y la del espectador, la concepción de un instante encapsulado como presente, confunden. Al existir un “ahora”, este se desprende anímicamente.
Los vientres esclarecidos y el seno que oculta la firma del autor, revelan un mundo de un sinfín de matices. Catulo y la puella, embebecidos por Tiziano, se metamorfizan del servitium amoris, a amantes no incondicionales. Es decir, en su ímpetu, reconocen el valor de la vida, ya que no se ciegan. Ocurre lo mismo con Baco en su Bacanal.
Tanto el desprendimiento anímico como la ausencia de ceguera conllevan a una osada epifanía: Las sensaciones no son fiables y tampoco el “alma”, pero la intuición, salva al reconocer este sinsentido del abismo. No hay un equilibrio entre ambos, sino una coexistencia discontinua, en staccato.
El mismo arroyo es un símbolo: el agua es pura; el vino, opaco. Si lo que fluye es la uva y la fiesta es interminable, entonces la soltura del espíritu, vigoriza la paradoja. ¿Debe el “defecto moral” censurarse para no atentar contra el arte? Cualificar con perfección implica rechazar los enigmas.
Pasan el vino de cántaros a botijos, de botijos a cantarillas: la realidad explora el placer y por ende, el desasosiego. No hay neutralidad, sino trascendencia. Los cuerpos son finitos, y sus tempestades toscas. Distanciar al artista de su arte sólo resulta como el amor para quien no ha amado ni sido amado: en una irrevocable ausencia. Casi se desmiente como el repudio al moviente, al artista cambiaformas.
La representación del navío como si fuera un punto de fuga, un mar que no vale la pena ser explorado queda en último plano. ¿Por qué irse cuando la isla es toda fogosidad y jolgorio? Las embarcaciones se van, no obstante, la sensibilidad persiste. En la lengua como saliva con vino; en los brazos como sudor, en el espíritu como experiencia e imaginación.
La falta de corporalidad, de cruda carne, influye dolorosamente. Porque son tanto el artista como el arte compañeros de embriaguez y Tiziano ensarta el tiempo lánguidamente en un bastidor exquisitamente musical. “La Bacanal de Andrios” debe a su silenciosa composición un entendimiento dionisiaco y de la expresividad, un plus ultra. La mitificación de la grandeza estremece al no separar a quién vive de la vida, de la vivencia misma.
Me gusto la frase que pusiste al inicio. También me encanto la manera en la que describes los detalles de la pintura. Lo hace de una forma bonita y sencilla.
ResponderEliminarGracias :3
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