Cuando La Oca evidencia la peor faceta de las personas
Cuando La Oca evidencia la peor faceta de las personas
Y
cuando piensas que la victoria es tuya, tu peor cara ya ha sido descubierta, entonces tiras los dados con confianza, pero la suerte te juega una mala pasada y caes en la más cruel de las casillas: aquella
que resplandece a cinco pasos de la meta y que, sin remordimiento alguno, te regresa
al comienzo. Esto es La Oca, como
todo juego de mesa, de apariencia infantil, pero que llega a exponer el lado
más bajo de quienes la juegan. En sesenta y tres casillas se divide dicho sendero
a la victoria, y como en todo camino a un premio, no sobran los obstáculos ni las
ventajas. En el instante en que los participantes se sientan para iniciar la
partida, dejan de lado los lazos que los unen, y se disponen a llegar primero.
No importa si no estás
tirando los dados para avanzar en el tablero, al final todos somos concursantes
de nuestros propios “juegos” y en todos se esconde un enemigo. El enemigo, ese espantoso
ser que lleva la parte más decadente de cada persona, “aquel que te hará sentir
asco de ti mismo”[1], no discriminará la realidad ni el juego.
Aunque lo encadenemos en lo más profundo de nuestro subconsciente, a veces
basta con una sola situación de riesgo o una gota del delicioso sabor de la
gloria, para que se rompan los soportes y encuentre el camino a la superficie.
Al ser consciente de lo
anterior, vislumbras el lado más inquietante de La Oca, uno que incluso es capaz
de sembrarte miedo. Porque, ¿a quién no le aterraría presenciar los límites a
los que llega el humano con tal de conseguir lo que anhela, o al verse en medio
de una infinidad de situaciones probables? ¿Y quién no sentiría aún más pavor
al darse cuenta de que uno mismo contiene la capacidad de llegar a tales extremos?
Pero en todo mal existe su contraparte, y este no es la excepción, ya que el
conocimiento, sin importar su procedencia, siempre trae consigo la posibilidad
de aprender de ello. Bien dice el escritor y periodista Juan José Millás: “La
Oca es un juego terrorífico, y por eso mismo educativo”.
Una vez visto el poder de la protervia
humana, ya no queda más, pues, que educarse de la misma. Obtener el mayor
beneficio de lo que afecta a varios y que está presente en todos, en mayor o
menor medida, es el mejor acto para
contrarrestarlo. Uso la palabra “contrarrestar” porque la perversidad, el
enemigo, el mal o como cada cual prefiera nombrarle, es imposible de eliminar en
el ser humano. No obstante, para cumplir con la ley de la dualidad, poseemos el
gran dote del autocontrol.
Saber que puedes dominar al
enemigo, aun cuando estás cerca de tus límites, solo es posible si ya te has
percatado de su presencia en los demás. Y ahora no me refiero exclusivamente a La Oca y a
sus iguales, sino al ya nombrado “juego” en el que todos competimos. Suponiendo
que eres de los pocos afortunados en reconocerlo y además educarte sobre él,
tienes a tu disposición una valiosa ventaja, la cual deberías utilizar sabiamente.
El juego de mesa, al igual
que variedad de creaciones para el entretenimiento, lleva consigo un aspecto de
la realidad misma. Si eres perspicaz, puedes atisbar en los jugadores —y, si no te
opones, en ti mismo— la parte más aterradora que oculta, celosamente, la mayoría
de personas. Además, si eres lo suficientemente astuto, aprenderás de ello para tu
propio favor. De lo contrario, sigues absorto en el juego y… cuando piensas que
la victoria es tuya, tu peor cara ya ha sido descubierta, entonces tiras los dados con confianza, pero la suerte te
juega una mala pasada y caes en la más cruel de las casillas: aquella que resplandece a cinco pasos de la meta y que, sin remordimiento alguno, te regresa al
comienzo.
Emmanuel Barajas Salmerón.
Notas
[1] “—Yo creo en el enemigo. Las pruebas de la existencia
de Dios son frágiles y bizantinas, las pruebas de su poder todavía son más
inconsistentes. Las pruebas de la existencia del enemigo interior son enormes y
las de su poder son abrumadoras. Creo en el enemigo porque todos los días y
todas las noches se cruza en mi camino. El enemigo es aquel que, desde el
interior, destruye lo que merece la pena. Es el que te muestra la decrepitud
contenida en cada realidad. Es aquel que saca a la luz tu bajeza y la de tus
amigos. Es aquel que, en un día perfecto, encontrará una excelente razón para
que te tortures. Es aquel que te hará sentir asco de ti mismo. Es aquel que,
cuando entreveas el rostro celestial de una desconocida, te revelará la muerte
contenida en tanta belleza”. Cosmética del enemigo, Amélie Nothomb, (2001).
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