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El Abrazo de Pierrot: el duelo al final del Carnaval
Por Xavier Angeles Venegas
En la Commedia dell’arte existen cuatro familias principales: los Viejos, los Criados, los Enamorados y el Capitano; que representaron el poder autoritario, la servidumbre, la efervescencia del amor primaveral y el poder militar. Estos personajes italianos repensados en Francia del XIX, encarnaron con los gestos, maneras teatrales y un background psicológico, una influencia en los artistas de fin-de-siècle. El artista se reconoció con aquellos rasgos intrínsecos y posicionó al blue et lunaire Pierrot, en una especie de reflejo poético y al carismático Arlequín como un emblema.
¿Cómo es que este payaso dual en cada renouveau, ha viajado a través del teatro a la literatura del Romanticismo, la Decadencia y el Simbolismo, a la pintura y la música? El propósito es entrever qué representa para las personas, los rasgos psicológicos del personaje para el pensamiento humano y su naturaleza, y cómo éste ha influenciado a las artes, sin morir en el intento.
La Commedia dell’arte es una representación teatral caracterizada por los diálogos improvisados, y personajes coloridos, que surgió en el norte de Italia en el siglo XV y que rápidamente ganó popularidad en Europa. En su época de oro, estas obras se representaban al aire libre por compañías itinerantes. Las actuaciones se basaban en un escenario simple, una trama común, con una historia familiar que pudiera resonar con el público, sobre la cual los actores podían ir creando las conversaciones.
La mayoría de estas representaciones exponían tramas románticas en las que los enamorados debían vencer los obstáculos, impuestos por algún Vecchi o figura de poder, y con ayuda de los Zanni, o gentiles siervos, los protagonistas podían alcanzar la feliz conclusión, si bien es interesante que muchos representaban arcos argumentales de la mitología y la Grecia Antigua, o incluso comedias Romanas. Tal es el caso de Pierrot.
El crítico literario francés Lemaître en 1888, profundizó en los rasgos cardinales de Pierrot, diciendo que este representaba los vicios humanos con destellos imprudentes e inocentes, haciéndolo extremadamente atractivo para la sociedad de la época. De manera histriónica, el personaje invita a soñar con una vida completamente entregada a la sensualidad y a la libertad sin conciencia, quizás algunos autores lo consideren como la perfecta felicidad. También se explicó que este personaje se encuentra fuera de la moral, y por lo tanto del mismo pecado. Si se ve a Pierrot como el hijo de Lilith, bajo la óptica cristiana, este se mostrará como un eterno Adán que, habiendo prescindido de la manzana, sigue merodeando en la complicada modernidad de las sociedades, anhelando ese paraíso primitivo con la ignorancia del alma.(1)
No obstante, Chéret hace una apreciación distinta en su obra, quizá en un intento por enfocar la luz en las representaciones alegóricas de la tensión entre la sociedad burguesa y la creciente subcultura avant garde, de finales de siglo. Enfatiza en la comparación del marginado social y el artista de vanguardia, que era él mismo, mientras que convierte a Pierrot-artista en el héroe de la falsedad y el fracaso.(2)
¿Cómo un mismo personaje puede encapsular todas estas facetas tan distintas? Por un lado un ser en búsqueda de su felicidad pura, mientras se oculta en su propia miseria. Quizá no sea más que un síntoma de complejidad humana, Pierrot abandonó el disfraz y se ha vestido con carne humana, reflejando lo que la sociedad necesita que sea en determinado momento.
Empero los artífices más espléndidos, en cada renacimiento, han sido de hombres de letras. Dicho interés de los escritores por l’art muet no es una novedad, en 1820, Gautier y Banville, entre otros, atesoraron un conocimiento de los tiempos antiguos, los últimos destellos de la commedia dell’arte, y en ellos la fuente misma del lirismo. Y Deburau transformó entonces, un payaso simplón en el Rey de la Pantomima: vestido de silencio. Un silencio pegadizo y reluciente. Y se convirtió en un habitante no sólo de los sueños, sino de la imaginación.(3)
Por otra parte está Arlequín, no muy distante de sus representaciones iniciales. Muchos autores lo consideran los primeros esbozos del payaso moderno. Tradicionalmente reconocido por su comportamiento fanfarrón y simplón: estos pilares definieron por mucho tiempo al personaje como centros de su profundidad emocional y anímica. Goldoni y Molière se encargaron de contrastar su personalidad, dejando de lado el clásico arquetipo de idiotez tradicional por un personaje más redondo y con un desarrollo psicológico.
Pierrot y Arlequin han trascendido las barreras del espacio y del tiempo, con las máscaras en el suelo, una vez finalizado el carnaval, no es de sorprenderse el impacto que tuvieron. Comenzaron representando a través burla, los pensamientos y situaciones reflejo de la sociedad, y han ido permutando y renovándose para adaptarse a las formas nuevas, seguirán siendo estos emblemas en los que la gente se ve, porque representan la humanidad, dentro y fuera del arte.
Así con Pierrot, uno puede imaginarse aquel espacio liminal, más allá de las palabras, al payaso triste de cara blanca, saliendo de alguna pantomima del siglo XIX, encarnando aquella artistía de sensibilidad y melancolía solitaria. Porque necesitamos que nos recuerden que lo bueno y lo malo coexisten tanto en el arte como en las personas. Tener presente lo difícil que es amar y ser feliz, lo difícil que es vivir.
“l’étonnante, la merveilleuse, la miraculeuse fortune de Pierrot, le blême
compagnon aimé de la Lune; […]la légende du moderne Endymion est
bel et bien un mythe, le dernier mythe qu’ait conçu l’humanité.”
Paul Guigou
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