El amor, en las buenas y en las malas
El amor, al que los poetas tienden a pintar
tan dulce como una fuente de miel o tan amargo como la vida de un mártir, puede
ser terriblemente cruel. Mucho se habla del gozo de dos amantes que tras incontables
obstáculos consiguen finalmente estar juntos, y más todavía del sufrimiento
desgarrador que parte en dos a quien ama perdidamente y no es correspondido;
pero poco se cuenta de aquellos que sostienen en sus manos un amor que nunca desearon
y tan solo se les fue otorgado.
Hay amores que llevan a la ruina, pero las
desgracias no se inclinan únicamente hacia el extremo del amador. El amor y su
carencia son igualmente capaces de causar tanto dicha como pena, e incluso ambas
a la vez. Enamorarse es estar dispuesto a ser vulnerable, algo que si bien no se
decide sentir —porque, después de todo, el corazón es una bestia indomable—, sí
se escoge demostrar. ¿Qué elección tiene entonces aquel que no lo pidió, a
quien simplemente le obligaron a ser amado y no le dieron otra opción?
El amor se traza a sí mismo en múltiples
rostros, y en el caso de la Commedia dell'Arte, lo hace en dirección
hacia una sola mujer. La Colombina, a veces sirvienta y a veces celestina, es
siempre objeto del afecto de dos curiosos payasos, los cuales se esfuerzan
enormemente para que sus sentimientos sean correspondidos. La cara más astuta y
alegre es la de Arlequín, un enamoradizo inquieto con el comportamiento de un
niño endiablado; la más melancólica y taciturna le pertenece a Pierrot, un tierno
ingenuo con el rostro pintado de blanco.
La dinámica
entre los tres personajes cambia de versión a versión, siguiendo el camino
creado por la improvisación, las necesidades del público y las huellas propias
de los actores que los encarnan. En ocasiones, Colombina es la esposa infiel de
Pierrot que cae rendida ante los encantos de un coqueto Arlequín, o la criatura
rebelde que lo manipula a su antojo para ayudar a sus amos y termina por enamorarse de él. Hay, sin embargo, cosas
que nunca cambian: si Colombina ama a alguien es siempre a Arlequín, y si
Pierrot se halla enamorado jamás será correspondido.
En las representaciones donde Pierrot y
Colombina son marido y mujer, es sobre los hombros del payaso en quien se recarga
la culpa de los fallos de su matrimonio: su amor puro y sincero por Colombina
invariablemente lo destruye a él y la aburre a ella, la joven independiente y
perspicaz de la que nadie con dos ojos puede evitar enamorarse. Por otro lado,
en aquellas donde no los unen dos argollas metálicas y la palabra de la ley, la
situación resulta todavía más desfavorecedora para Pierrot, a quien su amada ni
se le cruza por la mente considerarlo como potencial enamorado.
Con Arlequín, el asunto toma un tono notoriamente
menos pesimista. Se abandona el foco de la melancolía y la miseria, y en su
lugar el escenario se desarrolla en términos más alegres. Ya sea por el amor que
se da desde el inicio, arrollador con tintes de picardía, o por la rivalidad
con tensión romántica que eventualmente desemboca en este, es raro que la
Colombina y el Arlequín no se establezcan como pareja. El amor aquí construye
un futuro juntos, y se mira ciego ante los posibles sufrimientos que pueda
causar en otros siempre y cuando pueda sostenerse a sí mismo.
¿Es acaso razón para condenar a Colombina el
no ser capaz de amar de vuelta a Pierrot? No, ciertamente no. Uno no elige a
quién ama, ni mucho menos por quién es amado. Es de lo más común atacar con
reclamos a quien es objeto de afectos no correspondidos, pero lo cierto es que
estar en ese lado de la balanza también implica sensaciones negativas. Las hay
varias, tales como la frustración por no poder obligar al corazón a sentir algo
por quien ya ha demostrado que lo ama, o temor de romper en astillas de vidrio
a alguien cuyo único error fue enamorarse de la persona equivocada. Si uno tiene
mayor valor que el otro, si un sufrimiento pesa más, es algo que no puede
saberse con exactitud, meramente imaginarse.
Se dice por ahí que el amor no debe doler, y sea o no una afirmación verdadera, lo cierto es que rara vez se cumple. Los sentimientos en general son fuerzas impredecibles, unas que se provocan con facilidad, pero son prácticamente imposibles de controlar. Pierrot y Arlequín nunca eligieron amar a la Colombina, y ella tampoco escogió a cuál de los dos prefería querer: las cosas tan solo se dieron como la suerte, el destino o cualquier otra fuerza cósmica sin nombre dictaron caprichosamente que debían de suceder. El amor, sea en las buenas o en las malas, es.
María Alicia Moncada Morales
Tu texto me pareció muy bello. Me pareció interesante que hablaras sobre el lado triste del amor, pues es un aspecto que nadie quiere ver u aceptar. "Las emociones son impredecibles", esto me gustó mucho, porque tendemos a juzgar a tal perrsona por no sentirse de cierta manera. Uno no puede elegir cómo sentirse. Me encantó tu ensayo, Alicia.
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