El Camino a Arcadia: disertaciones sobre la razón del ser.
El Camino a Arcadia: disertaciones sobre la razón del ser.
Por Xavier Angeles Venegas
Nuestra existencia siempre se ha visto inmiscuida en esta eterna lucha entre las sombras y la luz, entre el mal y el bien, ser bueno y ser malo, entre el ascetismo y la concupiscencia. Nos han hecho creer que de eso depende la veracidad de nuestra realidad, la facticidad de nuestras acciones; y con ello, el imperioso arraigo de las consecuencias. Pero, es entonces que la vida se resume a eso: a un fútil y desconcertante lanzamiento de los lados, sobre un tablero dual. ¿A esperar lo mejor, anticipando lo peor? ¿En aras de que el destino nos gratifique con la más espléndida de las realidades?
¿En qué radica entonces ese esplendor? No me atrevería a detallar las partes integrales de tal sentencia en magnitud. Es evidente que las variables son tan diversas como estrellas en el firmamento. Quizá, para este humilde escritor, la vida espléndida sería escribir y no morir en el intento; en trascender la palabra y la emoción, romperle la frágil existencia a alguien de la forma más apolínea posible, en dar a conocer el abismo y dejar que las siguientes generaciones lo sigan alimentando. Pero, estoy consciente de que dicha fantasía, dista mucho, incluso, de la de mis colegas.
Entonces, ¿en qué consiste una vida bien vivida?, lejos de las particularidades, ¿qué es lo que queda? ¿Es acaso un maravilloso presente? Lleno de gracia y esperanza. ¿Es acaso un momento de dulzuras y amarguras? Con llanto y sonrisas por igual. ¿Son los ecos de las carcajadas? Que se alargan en el tiempo, a través de los años. O, ¿es quizá un buen legado?, lleno de placeres y orgullos, de eternos recuerdos como tesoros y trofeos.
Baudelaire escribió: “La vida no posee más que un encanto verdadero: el encanto del juego. Pero ¿y si nos resulta indiferente ganar o perder?”, ya en ese momento había aquellos, que al igual que este escritor, se preguntaban, qué pasaba si uno no deseaba jugar por las reglas del juego. Parece que sólo nacemos y se espera que firmemos este contrato, en el que comprendemos que hay que participar, como si de ello dependiera que podamos vivir bien.
Empero, en contra de la marea, este poeta se expresó de la forma más verdadera, sin preocuparse jamás por el juicio o el escrutinio. En su época, no fue considerado importante, sino hasta después, y, a pesar de verse eclipsado por figuras como Dumas o Victor Hugo; nunca censuró su desagrado por los gustos de la época o incluso, las normas literarias.
París, que durante el siglo XIX atravesaba un crecimiento urbano, provocado por la creciente industrialización, se dibujaba a los ojos del poeta con recelo, ante el inminente progreso. Y en el distanciamiento encontró la artificialidad, un aspecto sumamente valorado, producto de su creencia sobre el mal, que estaba escrito de forma natural en el hombre, a diferencia del bien, que siempre estaba producido por el arte.
Sin duda, el poeta no estaba tan alejado de la realidad, ya estamos tan acostumbrados al mal, que a veces pasamos muchas cosas por alto. Se reconoce el instinto porque lo identificamos en nosotros mismos. La situación actual global y los distintos escenarios bélicos en la historia de la humanidad, son un constante recordatorio de la monstruosa crueldad de la que somos capaces. Las crisis, la corrupción y la guerra nos han obligado a poner el dedo en las falsas realidades, sobre el falso positivismo y reaccionar ante la cruel situación que vivimos, que no ha cambiado sustancialmente, sólo de nombre, apellido o forma.
¿Qué mejor manera de ser reaccionarios que seguir los pasos de Baudelaire? Encontrar el bien, que a diferencia del mal, siempre estaría producido por el arte. Es innegable mencionar los contrastes paradigmáticos y las contradicciones de su pensamiento, el poeta nos animaba a escapar de lo natural, sucumbiendo a todos aquellas conductas que sobrepasan la naturaleza. Elevaba lo artificial, mientras París se convertía al mismo tiempo, frente a sus ojos, constantemente cambiante, ansiando el nuevo devenir, que distaba de lo natural.
De la misma manera, no me atrevería a decir que vivir, se reduce a ir en contra de las reglas del juego, a encontrar, una forma distinta de luchar contra estos paradigmas a los que nos vemos orillados, creo, también que existe una manera de hacer la vida, vivible cuando nos acercamos a las artes, o más bien, dejando que ellas, de mano de las musas se acerquen a nosotros y nos infundan dichos dones. ¿Qué mejor musa que el desasosiego?, dirían algunos.
Lejos de Francia, pero en la misma época Dostoyevsky escribió: “El dolor y el sufrimiento son siempre inevitables para una gran inteligencia y un corazón profundo. Las personas realmente grandes, creo, tienen una gran tristeza en la tierra.” Es entonces, que nuestra capacidad de sentir felicidad, sólo puede medirse a través de su contraparte, la verdadera aflicción, ¿nuestro dolor se purifica a través de este, y adquiere un valor?
Empero, entonces, este no solo radica en sentirlo, ya que puede destruirnos, sino en trabajarlo, en convertirlo en algo más, en transformarlo en arte. No es una labor sencilla, claro está, pero no por ello no debería intentarse. Aquí es donde las apuestas se suben, donde se está más cerca de la casilla final del juego de la Oca. Donde los dados pueden o no estar a nuestro favor, donde nos confiamos la existencia por la improbabilidad del resultado. En la suerte del tiro de gracia, en busca de las acciones más puras, encaminadas al arte.
No obstante, hay autores que dicen que la pureza es demasiado frágil, ya que en el mismo instante en que es tocada, ésta se corrompe y pierde su pureza. Porque esta es efímera y en manos del hombre todo se vuelve corrupto. Un elemento de Arcadia robado, a lo que sólo podemos tratar de vislumbrar y bosquejar, mas nunca llegar a poseer. ¿Qué nos queda entonces, salvo intentar cambiar las cosas?
Ser diferentes, pensar fuera de la caja. En palabras de Lessing, ser rebelde significa, una entrega absoluta, borrarse los privilegios de la piel, y estar a gusto con la soledad en una habitación propia, donde habitan los que están en desacuerdo. Significa no esperar un premio o recompensa. Y valorar la existencia misma por sobre todo, una cosa jamás poseída, la tierra propia, y en los momentos de alegría, saborearse la victoria, sobre el mundo.
Significa no jugar, no lanzar los dados, destruir el tablero, cambiar las reglas, ver más allá de piezas y escenarios. Es aceptar que, por muy terrorífica que resulte la idea, es ahí donde encontraremos el verdadero conocimiento, que nos enseñará más de la vida que otra cosa, disfrutar de la duda como se disfruta la felicidad, deleitarse con la incertidumbre de lo que depare el futuro, y atravesar las puertas idílicas hacia lo desconocido.
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