El espiral y el emparrillado
Por Roberto Osornio
"Te va a doler, sí. Vas a tener pellizcos y problemas.
Pero eres un jugador de fútbol americano;
puedes jugar a través de ellos".
Colin Kaepernick
Odell Beckham Jr. sería un excelente jugador de la Oca. Son cien yardas, después de ellas está la gloria del touchdown, sin embargo, en cada diez yardas el jugador realmente se parte el culo tratando de avanzar para no morir en el cuarto intento; el fútbol americano es un deporte en el que se permite el contacto, de hecho, se estimula, y, a pesar del alto equipo de protección que se usa, la lucha en la parrilla es el choque de carne con carne que a cualquier otro mortal le causaría terror. Jugadores de más de cien kilos luchando por avanzar a la gloria, los Chiefs tienen a Mahomes, Tampa tiene a Brady (al menos lo que se sabe), los 49's a Kaepernick, los Rams a OBJ, son jugadores ofensivos que avanzan yarda por yarda igual que si estuvieran en un tablero de la Oca.
A causa de lo extenuante del juego la exigencia física que se requiere para jugar al fútbol americano raya los límites del cuerpo humano pues no solo son los juegos, son los entrenamientos y la capacidad mental para manejar emociones como el miedo. Se requiere coraje para enfrentar cara a cara a un oponente que únicamente lo detiene la delgada línea entre ofensiva y defensiva, eso hasta que el quarterback grita "Down! Set! Hut!", en el momento en que ambas líneas se contraen para luchar por el avance los golpes comienzan, el mariscal abre su campo de visión para encontrar a un receptor libre y a la vez para divisar a algún oponente que se le venga encima, el mariscal puede huir o avanzar, ver a un toro de ciento veinte kilos avanzar hacia ti con toda la intención de aplastarte puede ser realmente preocupante y hasta aterrador, pero, si consigues lanzar la pelota adecuadamente el problema de ser aplastado se lo acredita el receptor. De esta forma parece que la fortuna de ser ofensivo y tener la oportunidad de anotar se vuelve todo un castigo cuando eres tackleado con tanta fuerza que bien podrían haberte separado el alma del cuerpo, y, si es que esta no regresa, ahí es cuando sabes que estás muerto, de hecho muchos futbolistas dejan su vida en el campo de juego, y no metafóricamente hablando.
La fortuna es lo que vuelve al juego de la Oca interesante y al igual que en el fútbol, cuando la pelota surca el aire buscando al receptor mantiene cuestiones de física y geometría, un mariscal de campo no se detiene a pensar en el montón de fórmulas que conlleva un pase preciso, solo lo pasa con un movimiento entrenado por años y confiando en la fortuna, las matemáticas también influyen en el resultado de los dados del juego de la Oca, pero un jugador con un dia de suerte rompe toda regla de la probabilidad. La misma fortuna que acompañó a los peregrinos que arriesgaban su vida en el Camino de Santiago acompañó a los Spartans de la preparatoria De la Salle alrededor de su racha de ciento cincuenta y un victorias consecutivas. La fortuna en el fútbol pide lo mismo que en La Oca: avanzar y llegar a la gloria, lanzar los dados con la puntuación necesaria para llegar al Jardín de la Oca es como lanzar un Ave Maria y que este sea atrapado.
No obstante nunca se trata del touchdown o de llegar al jardín de la Oca y bailar como Odell Beckham, (que de hecho no se veía un deportista bailarín desde High School Musical), la verdadera delicia del juego está en el camino que se recorre. A veces es bastante rápido: lanzar un nueve en la primera movida y ganar o haber caído en la muerte empezar de cero y remontar como remontaron los Patriots ante Atlanta en el Super Bowl LI. El touchdown importa pero no es lo más significativo, como bien dice Juan José Millás sobre el juego de la Oca "La oca es un juego terrorífico y, por eso mismo, educativo", al igual que en el espiral lleno de trampas y alguna que otra fortuna, en el emparrillado, un hombre puede llegar a descubrirse a sí mismo.
¿Cómo no enamorarse de un deporte así?, desde ir en la preparatoria y lucir las bonitas chaquetas para impresionar a las chicas hasta saber lo que realmente es sentir pasión por el juego, avanzar cada yarda como si fuera la última y, cuando por fin llegas al touchdown solo puedes mirar hacia atrás y preguntarte cómo llegaste ahí, pasando por los puentes, la posada, el laberinto y hasta la muerte... que bello es observar que el camino de una vida puede resumirse en ciento diez yardas o sesenta y tres casillas.
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