Gemelo de la vida
“Salimos de las tinieblas y entramos en las tinieblas. Entre esos dos instantes hay muchas experiencias, vivencias, pero no vivimos ni el principio ni el fin, ni el nacimiento ni la muerte…” - Thomas Mann.
Si algo tienen en común la vida y el juego –particularmente La Oca–, son las tinieblas en las que sumergen a los humanos. De ahí deslindan todas las comparaciones acertadas que se les han hecho a lo largo de la historia. Desde el momento en el que ambos inician, llevando a las personas al privilegio o a la desventaja, presentando caminos inciertos, o hasta el conocimiento escondido en la neblina. La relación que hay entre ambos es real. Pero, sobre todo esto, su mayor cualidad es que los dos dan la mayor recompensa para quien participa: el conocimiento. A final de cuentas, son la génesis de grandes trayectorias.
A pesar de que lo justo es un término tan nombrado en la cultura popular, la mayoría de cosas carecen de esto. Desde luego, la existencia y el juego no son la excepción. Así como infantes son recibidos por grandes hogares con un dulce olor en el aire, otros infortunados nacen entre desechos y odio. Los dados hacen exactamente lo mismo. A veces, dan un gran número como seis o doce –dependiendo con cuantos dados se juegue– y otras veces sueltan, casi como si odiaran al jugador, un infame número uno. Sería osado afirmar que esa (des)ventaja no afectará la trayectoria del camino. Pero, por supuesto, eso no le importa a La Oca o a la vida. Al ser una simple causalidad, los jugadores no tienen más que seguir lanzándose al destino no escrito.
Si bien, sería agradable decir que la única cosa incierta dentro de la vida y el juego es el cómo iniciará cada persona, eso sólo sería un engaño. Esto debido a que el camino está lleno de fortunas inciertas - no dictadas. Caídas, oportunidades, pérdidas, alegrías, cansancio; casillas de retroceso, de salto de turno, de reinicio, de avance. Tratar de poner todas estas cuestiones en una balanza sería absurdo. Lo único que queda por hacer es aceptarlo y tirar de nuevo. Porque si hay algo peor que caer en la casilla cincuenta y ocho es quedarse por siempre en una casilla sin riesgos, perdiendo la oportunidad de descubrir mínimo la derrota. Mantenerse en la zona segura nunca le permitirá al jugador ganar. Tampoco durará para siempre ahí, ya que todo tiene un final. Cuando se cierre el tablero, aquel que decidió no avanzar más será el único que no habrá disfrutado del juego.
Al contrario del temeroso, el que haya comprendido que no hay más opción que retroceder o avanzar, será el ganador. Porque conocerá todas las casillas del juego, las desgracias e infortunios. Entenderá las injusticias que tiene el juego como el anciano comprende la atrocidad de la vida. Cuando alguien saque el tablero, sólo ver la casilla del laberinto lo hará retroceder, a sabiendas de qué es lo que esta significa. Verá como los novatos juegan emocionados, sin entender todo lo que unos simples dados implican. Por eso mismo, será el más instruido. Al final de su vida, no intentará cosas de riesgo ni caerá en las trampas de las personas. Procurará evitar las casillas de pozos o posadas. Bien dice Juan José Millás: “La Oca es un juego terrorífico, y por eso mismo educativo”. Al contrario de quienes decidieron abandonar antes de terminar, que volverán a sufrir por caer en la casilla cincuenta y ocho, el instruido finalizará su vida acompañado de la oca.
Sin importar las adversidades, si hay un camino es necesario seguirlo hasta el final. Tanto el juego como la vida fueron creados para que las personas los acaben, llenándose de experiencias durante la partida. Quien esté a un paso de la muerte o a una casilla de la oca, sabrá lo que le espera a quien está en la casilla de inicio. Igualmente, advertirá los azares que lo acompañarán durante todo el camino, iniciando en la primera tirada, y las fortunas de cada casilla. Por lo mismo, a pesar de ser presa del miedo, el conocedor nunca detendría a los novatos, pues sería similar a pedirles que no vivieran. Así, La Oca y la vida estarán para atemorizar y enseñar a los humanos mientras les hacen creer que son ellos los que las controlan.
- Irais Luna Granados
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