Ingreso al recinto de los dioses

 

La Bacanal de los andrios,

ingreso al recinto de los dioses

 

 

Marco Amauri Lara Rosas

 

El espectador, sobrio, observa como el espectro de la ebriedad se apodera de los participantes de La bacanal, a causa de la vitalidad palpitante y dilatada del vino que fluye por el arroyo de Andros, lo mismo que por su sangre. En todas partes hay movimiento, quienes no bailan, cantan, escancian y precipitan el contenido unívoco de las copas a sus labios o reposan sus cuerpos extasiados sobre la hierba. En el centro, un hombre alza como trofeo un ánfora que contiene parte de esa agua vital, llave de entrada al recinto de los dioses; al que, por cierto, ya han transgredido. Dionisios reina como señor anónimo de la fiesta y Tiziano, con sus trazos, parece también querer adentrar al espectador al antiguo mundo mistérico de sus bacantes. Transitemos, pues, junto a los posesos hacía el lugar donde habitan los dioses.

     En el ambiente idílico que prevalece en la isla de Andros, todos sus habitantes comparten la exaltación del gozo de vivir: acaso nadie está excluido. Hombres y mujeres, jóvenes ancianos y niños, animales y plantas, en conexión con la tierra, celebran los misterios donde se difumina las fronteras entre el cuerpo y el universo. In vino veritas, los gestos de placer de los iniciados lo confirman y la vid de donde pende un racimo de uvas generosas abraza el tronco de uno de los árboles para erguirse triunfante desde la altura sobre los demás; es el regalo de un dios travieso que le ha robado a sus semejantes la luz y las imágenes que solo en difusos sueños arañaban sin éxito los hombres antes de su intervención. ¡Oh mísera estirpe humana, insuflada de un hambre espiritual que jamás habrá de saciar! Tuvo que venir el sol entre las estrellas a encerrar en los márgenes de un cuadro el instante de tu dicha, para que nunca, al contemplar sus lienzos, llegues a pagar el precio de esta.

     Entrados en el recinto aquel, donde los nardos desprenden su olor para quienes trillan los jardines olímpicos, con renovados bríos cuerpo y alma comienzan a danzar, bailan al son de una música estridente como los gritos que dejan escapar los participantes en el jolgorio de la celebración o descansan bajo la sombra de un árbol y un sol imposibles. En la misma copa en que liban tienen el acceso al seno del mundo elemental, la ebriedad les ha dado entrada a una dimensión inaccesible. Bajo el influjo del agua vital que mana del arroyo de la isla, no parece hacer presencia el sufrimiento o pena alguna, incluso dicha agua les ha librado de sus inhibiciones completamente. Ajenos a los escrúpulos, los seguidores de Baco se desenvuelven en una atmosfera tan solo comparable a la armonía primigenia del mundo, guiados por el vino han logrado socavar el tiempo. Ellos ignoran que el vivir como los dioses entraña un gran peligro y que bajo otras circunstancias habrían de pagar por fuerza el precio de su embeleso. Y, no obstante, la fiesta pagana al mando de Tiziano se desarrolla en el más perfecto equilibrio.

En un óleo sobre lienzo se despliega la alegría del vino; alegría que deviene en música, danza, conversaciones apasionadas, ensoñaciones y en una sensualidad desbordada que anima tanto a los sátiros como a las bacantes, no menos que al espectador atento. Quien contempla La Bacanal de los andrios, atónito ante el desfile de las pasiones que se desbordan de las pinceladas del italiano, es seducido por la belleza de las escenas diseñadas por el artista. El realce de los colores, la luminosidad que inunda los rincones de aquella estancia marítima, así como la armonía que refleja los elementos del cuadro, desde las apacibles curvaturas de la joven dormida hasta los rostros aletargados de sus compañeros de farra, provocan que como testigos del desenfreno también nosotros, aunque desde las gradas, seamos participes de la bacanal. De este modo, como parte de los iniciados en los misterios dionisiacos y de su celebración, gracias al talento indiscutible de Tiziano Vecellio di Greogrio, somos cómplices y participes del ingreso al recinto de los dioses; en esta ocasión, de igual forma, sin represalia alguna.  

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