La melancolía y la perversión del payaso
Los payasos, además de ser divertidos, son enervantes y a veces fascinantes. Diversas son las figuras que han alimentado la mala imagen de los payasos, a la par que contribuyeron a su adoración. Dos de ellos, en particular, pertenecen a la comedia del arte: Pierrot y Arlequín. Quizás no tan conocidos actualmente, pero que forman parte de la cultura. La carga simbólica del payaso triste y el payaso cínico puede decirnos más acerca del temor hacia esta figura histórica. La risa, la perversidad e incluso la tristeza pueden ser representados por un mismo personaje.
El payaso es una figura de entretenimiento. Históricamente, tanto en las cortes de los reyes como en los teatros populares, siempre había alguien para hacer el ridículo con el afán de generar risa. Un ser desfigurado, jorobado o con vestimentas extravagantes hacía mofa de la gente, realizaba comentarios jocosos y hasta sarcásticos. La burla era dirigida tanto al rey como al campesino. Nadie se salvaba de ser el objeto de risa por parte del bufón. La desgracia, cuando es ajena, siempre causa risa; y en esto se especializan esos hombrecillos estrafalarios. El desprecio a los payasos es entendible debido a la humillación, pero, además del odio hacia este artista, hay cierto temor. ¿Cómo un personaje destinado a entretener puede causar tanto miedo?
Estos personajes provocan dos sentimientos: la risa y la repulsión. El payaso es la hipérbole de la felicidad, y esto mismo es lo que inquieta. El maquillaje, la máscara y la estrambótica vestimenta ocultan la verdadera identidad de la persona. Ya sea porque no sabemos exactamente quién está detrás de la pintura, o si cuando se la quitan vemos justo aquello que no queríamos aceptar. Por otro lado, causa cierto alivio ocultar aquello que no queremos ver: un hombre triste que oculta su dolor detrás de la máscara de la musa Talía. Pero, esa máscara tarde o temprano se rompe por los surcos de las lágrimas.
El arte del pagliaccio se perfeccionó con la comedia del arte. Este era un teatro popular que surgió a mediados del siglo XVI, en Italia. Se caracterizaba por los malabares, las acrobacias, el humor mordaz de los diálogos, la improvisación en escena, la mímica y los disfraces. Las historias representaban una mezcla de intriga con comedia. Una de ellas es el triángulo amoroso entre Pierrot, Colombina y Arlequín. La infidelidad, cuando le pasa a otro, es divertida.
En muchas historias, el personaje bueno es el más rechazado. Pierrot es sensible, melancólico y lastimado por el amor no correspondido de Colombina. Su vestimenta y maquillaje blancos representan su pureza. Pero a los espectadores, al igual que a Colombina, repele la personalidad de Pierrot, pues si algo aterra más que un payaso, es un payaso triste. Si la máscara de la comedia se convierte en la máscara de Melpómene, genera una incomodidad por la contradicción. El maquillaje de payaso oculta la verdadera identidad de la persona, y si las lágrimas deshacen la pintura o se filtran por la máscara, estamos contemplando justo aquello que no deseamos ver de frente: la tristeza, por ende, recordamos nuestro propio dolor. Este sentimiento, aunque necesario, es desagradable, nadie quiere sentirlo porque paraliza. De niños, muchos tienen una mala experiencia con los payasos. ¿Ese miedo persiste en la adultez? El adulto le teme más al Pierrot que al Joker, a Pogo o a Eso; la perversión es preferible a la melancolía.
“Cuando eres payaso puedes salirte con muchas cosas, sentarte a mujeres en las piernas y manosearlas y no te van a cachetear. Nadie sospecha de un payaso”, dijo el asesino John Wayne Gacy, o Pogo el payaso, en medio de un interrogatorio. Contrario a la apariencia insípida de Pierrot, Arlequín es colorido: su traje es una mezcla de rombos nergos y rojos, y porta una máscara negra de apariencia animalesca. Arlequín es un personaje perverso, es cínico, burlón, ridículo y seductor. No teme perturbar el orden, y va en contra de las costumbres matrimoniales. Por esto mismo, Colombina lo prefiere a Pierrot. Fascina porque se permite ser incorrecto. Deseamos abandonar la mesura, el recato y arrojarnos al ridículo, al rompimiento de las normas establecidas. El perverso, aparentemente, no sufre, es insensible. Eso busca el público: no sufrir.
Si los payasos existen, es porque necesitamos entretenernos de las adversidades que la vida nos hace atravesar. Es por esto que la figura del payaso ha permanecido a través de la historia. Sin embargo, la diversión a veces va acompañada de la melancolía y la perversidad, encarnadas especialmente en Pierrot y Arlequín, gracias a la comedia del arte. Pierrot nos recuerda los dolores de las adversidades, y no acudimos al teatro para recordar, sino para olvidar. Pero la tragedia de Pierrot nos hace sentir bien cuando Arlequín viene a aminorar el dolor. Admiramos la perversidad porque deseamos ser así. Detrás del maquillaje de payaso, puede haber un hombre triste o un asesino. El primero da miedo, mientras que al segundo la sociedad se encarga de volverlo una celebridad.
Susan Vázquez Mellado Camarillo
Me encanto mucho tu perspectiva. Siento que muestra un lado más real, profundo y oscuro de lo que es ser un payado. También me gusto que agregaras un poco de historia: siempre ha existido alguien que nos ha hecho reír, para olvidarnos de las adversidades de la vida.
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