La tiranía de la belleza

«La hermosura es una tiranía

de corta duración.»

- Sócrates

La belleza, como el vino, se acaba. Con el arte ocurre algo similar: deslumbra, nubla los sentidos y la cordura, pero tarde o temprano se esfuma con el viento y solo deja tras de sí la huella de la resaca, el sutil recordatorio de que alguna vez existió. Es caprichoso, y lo único certero de él es que no es inmune al paso del tiempo. Los lienzos se tiñen de amarillo, los barnices se oscurecen y la pintura se resquebraja en hojuelas de colores muertos. En algunos casos pueden rescatarse; en otros, solo recordarse.

               Las obras que consiguen sobrevivir, sea por casualidad o cariño, son el recordatorio de una guerra que se ha luchado por incontables siglos, la contienda entre el arte y la represión. Paradójicamente, es este conflicto irreconciliable lo que les da combustible a ambos bandos: sin arte, la facción castigadora no tiene lienzos que quemar; y las imágenes más hermosas se han pintado al calor de la persecución con pinceles empapados de sangre y euforia.

               Protegidas entre las cuatro paredes del Camerino d’Alabastro, La bacanal de Andrios y sus hermanas escaparon de la cruzada de la única forma en la que una pintura pagana podía permanecer intacta a tan pocos kilómetros de la Santa Sede: escondiéndose. Como muchas otras obras, La bacanal solo pudo ser libre a oscuras, su belleza reservada para los ojos del duque de Ferrara y unos pocos otros. Para la mirada sensible era arte; para la opresora otro desafío a su poderío.

               ¿Cómo, si no envuelta entre las sombras y sin más luz que la de las velas, habría podido subsistir semejante blasfemia? La bacanal de Andrios rinde culto a las pasiones, a la libertad y al gozo, todos mortales enemigos de quien desea mantener bajo correa a su pueblo. Las mujeres al óleo solo podían ser hermosas con las cabelleras cubiertas y niños sonrientes en los brazos, no con el cuerpo desnudo y cascadas rizadas sacudiéndose por el viento. El arte público y libre no existía, tan solo había cadenas más largas.

               La condena del arte era, en la mayoría de las ocasiones, una hipocresía disfraza de justicia. Era tan vino aquel que se vertía en cálices de plata para remojar hostias como el que se servía en cílicas de cerámica para acompañar fiestas, y aun así el primero se justificaba como un rito santo y al segundo se le arrojaba la marca incriminatoria del paganismo. Los desnudos de un hombre clavado a una cruz eran arte, los de una pequeña multitud descansando junto al río eran irreverencia. Lo “bello” solo lo era con las muñecas engrilletadas y los pies atados, con la aprobación de una estricta mayoría.

Así, la belleza era un secreto a voces cuya visión solo estaba reservada para bolsillos lo suficientemente hondos y rellenos de oro para patrocinarla. Su presencia, censurada y encadenada por el ojo crítico de lo socialmente correcto, era tesoro y consuelo de almas sensibles e hipócritas adinerados. A pesar de las persecuciones, el arte no murió, ni la belleza con él. Los mantuvieron vivos aquellos con sed de libertad, los que creían en lo más profundo de sus corazones que la vida iba más allá de respetar las órdenes en piedra de una divinidad. En una muestra absoluta de resiliencia, ambos se escabulleron por debajo de las puertas, a ciegas, camino a poseer y despertar a quienes consideraban capaces de sucumbir ante su poder.

He aquí la tiranía de la belleza: sin importar cuánto se le castigue, cuánto se le reprima, siempre halla la manera de subsistir y esparcirse por el mundo, seduciendo a hombres y mujeres por igual sin reparo alguno. Su dominio es absoluto, tan empoderador como cegador, y se esconde bajo las mismas armas de quien la persigue: la boca que desprecia a gritos es a veces la misma que en privado susurra adoración.

Quizá, después de todo, la belleza sí era el peligro que la fe se esforzaba tanto en destruir.

María Alicia Moncada Morales


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