Los crímenes del Juego

 Los Crímenes del Juego

La Casilla Número 63


«A veces me parece que mi sangre sale de mí a borbotones, lo mismo que una fuente de rítmicos sollozos. Claramente la oigo fluir con un largo murmullo, pero me palpo en vano para encontrar la herida (...) He buscado en el amor un sueño que me haga olvidar». 

—Baudeleire, La fuente de Sangre.


Los soplos de vida no son más que exhalaciones. Incluso, las circunstancias son una tirada cualquiera de dados. La vida es un juego que ocurre cuando el cuerpo se oxida y sus reglas permanecen, casi siempre, desconocidas. La muerte es el jugador con más suerte, porque siempre encuentra en el azar, su mejor estrategia. Así, todas las partidas no son más que una suerte pedagógica: enseñar desde el dolor. Como en los juegos, el punto de salida yace en el infierno. 


El juego, igualmente, es una especie de vida, donde los jugadores ignoran el reglamento y lo desentrañan con experiencia. De la misma manera que en la Oca, llegar al centro es una faena. Desentramar los orígenes como si uno fuera ajeno a sí mismo, implica avanzar cronológicamente: desde los límites hasta la esencia del tablero. Las casualidades revelan la nimiedad de la mano, su poco vigor y la otredad; en medio de uno mismo, habita la muerte como un reflejo. 


Pareciera que el juego está dotado de una inflexible coherencia, porque sino sería imposible retozar. La vida, por el contrario, se percibe como un sinsentido. Si es esa su finalidad, entonces, la humanidad, con razón, ha dotado el mundo y su sociedad de reglas. Mientras que la única lógica del juego de la vida sea una injusta imparcialidad, el eterno padecimiento de uno mismo será una enfermedad.


Dentro de la duda del ser y la incertidumbre de su estrategia, el jugador busca transgredir las normas, husmear por el sentido de sí mismo, no únicamente del mundo. De esta manera, el inevitable anhelo por comenzar una nueva partida y abandonar  la anterior para ser feliz, es la mayor de las tentaciones. La razón por la cual no es posible ser eternamente jubiloso, es la misma por la que no somos absolutamente desgraciados.


La muerte es el contrincante más fuerte, porque acaece tanto en el cielo como en el infierno. Va detrás de cada número seis, cinco, cuatro, tres, dos y uno. A veces, regresa a uno al abismo, otras saca de éste. El peligro del azar es que la única certeza es que habrá un final, que todo elude un control. En este punto, el juego es más parecido a fallecer: no siempre es placentero, pero cumple con una finalidad, tiene un propósito: es la razón de estilo carpe diem.


La vida nos enseña menos de sí misma que la muerte. Y es que el tiempo real va más allá del que marca un reloj, que la arena que pasa de un lado a otro. La incertidumbre sobre el éxito, el bienestar, la erudición, son un sacrificio; sin embargo, no precisamente un suicidio. Las ansías y la codicia por ganarle a la mesa, es un repaso de las instancias de ser. Ya que es improbable poseer todo un estado completo del ser, la memoria rescata los pasajes y las casillas, por alguna fiebre de efimeridad.


La educación del mal es el máximo de los bienes: no demerita su existencia ni el vacío legal del juego. Hasta lo más terrorífico nos enseña algo, aunque no sea siempre pedagógico. “La Oca es un juego terrorífico, y por eso educativo”, decía Juan José Millás, ya que cada divertimento es un pedagógico crimen. La apetencia por una violación es un arrebato, una protesta contra la pequeñez de la ficha que se mueve con cada turno. Acaso se quisiera mencionar la bondad de los castigos divinos y circunstanciales que someten a los hombres, su constancia, y por ende su esencia, estará determinada por su terminación.


Las cláusulas que nadie conoce pero que todos saben que están ahí, no son ningún juicio. La aspiración a trascender, a enunciar diferentemente quién se es y hasta dónde puede llegar, permiten el cuestionamiento: “¿Para qué debería fingir que quiero ganar la partida?, ¿Cuál es la recompensa sino la casilla número 63?”. 


No se conoce plenamente lo que implica la vida sin la muerte, ni lo que es ganar sin perder, los significados nacen de la comparación: lo que separa de un extremo del otro, en cambio, es un misterio. Sin embargo, si la muerte y la vida no encapsulan un estado, es el amor. Al final, todos llegarán a la casilla número sesenta y tres. Empero el amor, de lo que más se aprende, y por lo que más se olvida, es solo un espectador, que maneja todo el juego.

A. Jezabell B. D. Marina

Comentarios

  1. Me encanto mucho el primer y último párrafo. Me gusto que mencioanaras que la vida es un constante juego y viceversa. También que la muerte se beneficie de todo resultado, este presente todo el tiempo y sea capaz de ir al cielo y al infierno.

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