Ocas, pozos y calabozos
Ocas, pozos y
calabozos
Como
en un tablero de juego, la vida está llena de ocas, pozos y calabozos. Solo el
resonar de las palabras al hablar del camino de la vida estremecen y aterran, a
tal grado de retroceder o quedarse inmóvil. No obstante, para cada infortunio
existe un remedio, en este caso hablaremos de las bondades de los juegos. Un
sencillo pero eficaz divertimento es la oca,
que con sus vueltas y casillas reúne las bondades y las desgracias
existentes. Porque para cada tirada hay un castigo o una recompensa y de ello
deriva la dulzura y el amargor del juego y de la vida.
El
miedo es solo una de tantas sensaciones que representan la vida. A veces como
impulso o como retroceso, el miedo se convierte en parte fundamental para quien
lo padece. Y entre el montón de situaciones vacías el miedo se apodera del ser
que acobardado por la duda al final se decide a avanzar, o bien, a retroceder.
Sin el miedo no se podría ir con precaución o, al contrario, no se podría vivir
desenfrenadamente. En sí, el manejo del miedo es meramente personal y tiene
tantos finales posibles como las partidas en los juegos de azar o en la vida
misma.
Cabe
destacar que la vida aterra tanto como el juego de la oca, tal y como alguna
vez Juan José Millás pensó. Sin mucha precaución se puede ir por la vida sin mirar por
donde se va. Sin embargo, el miedo se convierte en protector y destructor, en
maestro y verdugo. Recordando las altas y bajas del camino, lo baches y los
atajos. Sin olvidarnos que todo es incierto pero que a pesar de ello es
importante disfrutar el camino, de otro modo, es imposible seguir.
Y
para los malos ratos, los juegos son excelentes distractores. Para los
silencios en las reuniones, los juegos de mesa animan el ambiente. La simpleza
y la diversión son su principal característico. Después de todo, estos sirven
también para matar el tiempo y de ser complejos poco servirían. Ente los más
comunes están: serpientes y escaleras, lotería y por supuesto, la oca.
El
tablero con sesenta y tres casillas, dos dados, una piedrita o cualquier objeto
para cada jugador son más que suficientes para alargar una reunión de treinta
minutos a, por lo menos, dos horas. Con simples reglas, la oca es un juego que
muchos mexicanos han jugado alguna vez en su vida. Quienes dispuestos a la
fortuna tiran un par de dados que decidirán su destino en las próximas tiradas
del juego. Claro, siempre esperando no caer en el calabozo, en el pozo o en la
muerte, que desvían de la meta al jugador. Por el contrario, se ruega por caer
en la oca para avanzar lo más rápido que se pueda y llegar a la tan esperada
casilla sesenta y tres.
Como
cualquier creación del hombre, la oca tiene un peculiar origen. La oca se
inspira en el Camino de Santiago, una ruta seguida por peregrinos cristianos
durante el medievo. Dado la época y las condiciones de la misma, la ruta
representaba un gran reto y al mismo tiempo un peligro. No solo por las
inclemencias del tiempo y la dificultad del camino hacían de este peregrinar
una hazaña. Que como en el juego de la oca, la meta era llegar hasta el final,
como todo un vencedor.
La
oca reúne y destaca los tintes dulces y amargos de la vida en la simplicidad de
un juego. Con cada lanzar de dados nos deja a la espera de un resultado. El
avance de casillas que puede terminar en una recompensa, un castigo o
simplemente una permanencia en el lugar actual. Tal y como en la vida, cada
acto, palabra o gesto, nos deja a la espera de un resultado que puede ser
favorable o perjudicial. En cualquier caso, el azar conjunto con el miedo inunda
la mente que impaciente solo espera no ser desfavorecido por el resultado.
Y aún
sin instructivo y con más dudas que respuestas, nos decidimos a avanzar en la
vida. Con el desconocimiento total del camino y un miedo inminente, el jugador camina sin mirar atrás. Tirando los dados para avanzar o regresar unas casillas
detrás, pero siempre disfrutando el camino. Sin importar si se cae en una
casilla con la anhelada oca, en el temido calabozo o en un profundo pozo. El jugador
con una pizca de temor experimenta los sinsabores de la vida, las penas y las
gracias del camino, para al final llegar al glorioso jardín de la oca, el final de todo.
María Guadalupe Jiménez Galván
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