Árbol de moras

Subir al árbol de moras era mi lugar sagrado, la luz del sol se filtraba a través de sus ramas. El calor tocaba mi piel y el suspiro del aire rozaba mis cabellos, era feliz. Mi madre solía decirme: baja de una vez, podrías caer. Finalmente, en una de esas muchas ocasiones, me raspé las rodillas. Crecí y olvidé que existen lugares sagrados, donde uno se convierte en todos. Crecí y dejé de subir al árbol, olvidando que arriba, sujetada de unos de sus brazos, podía ver lo que abajo no veía. Podía sentir lo que abajo no sentía. Los lugares sagrados se olvidan con facilidad, sin embargo, se anhelan por aquel sentimiento que envolvía nuestra alma en un momento especial. Los lugares sagrados saben ocultar corazones heridos y brindan seguridad suficiente para llorar o gritar en ellos. Para nuestro alivio, estos pueden ser hallados en cualquier paraje. Inmortalizados por palabras que jamás fueron dichas. Otorgan el abrazo que todos hemos necesitado, el susurro que permite que nuestros parpados se unan en un sueño profundo. 

 

 

Los lugares sagrados existen porque es necesario recordar que somos nosotros. Que uno vive para contar una historia y que quizá esos lugares sagrados son almacenes de miles de historias similares a la nuestra. De acontecimientos contados al aire que en su ajetreada travesía dejo una palabra en cada uno de ellos. Los lugares sagrados nos permiten sentir la calidez del aquel que llego antes, del que llegará después. Nos comparte con cariño el aliento que necesitamos, la sonrisa que ha sido imagen de  la felicidad de muchos. No se reducen a un templo, por el contrario, convergen en una tarde de caminata, en el café atendido por la señora de linda mirada o quizá, en el campamento improvisado con algunas sábanas. Son el hogar temporal de lágrimas, de besos y abrazos a uno mismo. Se convierten en una caseta de teléfono donde no hay más que el eco de nuestra voz. A pesar de eso, no hay sitio alguno donde nuestro corazón conserve su tranquilidad, se sienta seguro. 

 

 

Se tiende a pensar que por almacenar momentos tan frágiles estos lugares tienden a destruirse con facilidad. Para no preocuparnos innecesariamente, debo decir que quizá no. Que todos estos momentos preciados se protegen en una especie de inmortalidad invisible. Decir que en alguna parte alguien superior se preocupó por nosotros, que creó un espacio seguro. Donde nuestros corazones se unieran al de los demás para decir que seguimos vivos. Que las cicatrices son sostenidas por susurros de ensoñación y nuestras lágrimas, limpiadas con cuidado. Los lugares sagrados son la conjunción de palabras de todos, son los rayos del sol que se filtran a través de las ramas de un árbol cualquiera. Son todo aquello que nos hace decir que hemos vivido la vida de todos en una sola. 

 

 

Estar en un lugar sagrado es redimirse del pecado sobre nuestras espaldas. Es ver la vida pasar frente a nosotros y conservar un poco de la de los demás. Los lugares sagrados preservan historias para la posterioridad, para que algún día alguien pueda vivirlas en primera persona. Mantiene la esperanza de que una de esas historias sea llevada en el bolsillo del pantalón de un transeúnte despistado. Evoca viajeros del pasado para recorrer un mundo que en su inagotable existencia sigue girando. Es seguro que, como yo, también cuentes con algún lugar sagrado, con el susurro de una voz a tu costado. De la sombra de un árbol al olor del café recién tostado, de la azotea de tu casa al acantilado en tu ciudad. Existe y solo por esa razón podemos decir que: “Los lugares sagrados nos permiten vivir una historia de todos en primera persona.”

 

 

Está bien morir hoy. Cuando nuestro lugar sagrado ha guardado lo que somos y estamos seguros de que algo de ello será transmitido a alguien más. Estoy bien con ello y espero que más personas estén bien con lo mismo. El viento conserva el eco de nuestra voz, el sol conserva el calor de nuestra piel. Los lugares sagrados existen en cualquier lugar, el mío, está en un árbol de moras. 

Gabriela Noemy Chávez Pacheco

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