Bajo las sabanas


A veces, cuando el silencio es demasiado, ocultarse bajo las sabanas no es mala idea. Y es que el silencio es el único momento en el que nuestro corazón puede sentirse aterrado o, sentirse en plena tranquilidad. Del silencio nadie habla porque se ha creído que, por sí mismo, es incómodo. Los humanos le temen al silencio porque en ese momento es posible escucharte a ti mismo, a los demonios que se convierten en preguntas y atacan furiosos sobre tus sienes. Del silencio hay que cuidarse, de lo contrario, puedes ser abrasado. Las quemaduras que causa el silencio son aquellas que nunca sanan, que supuran podredumbre y que, sin tener mal aspecto, afirman que quien teme del contagio, debe alejarse. El silencio es el arma de dos filos que convoca al humano en un viaje con dos caminos. El de la autodestrucción y el de la auto-reflexión. Deshacerse del silencio es imposible porque aquel viene acompañando los sollozos del recién nacido y se va dentro del ataúd del féretro. El silencio es inevitable, huir de él, imposible. 

 


Vamos recorriendo el mundo esperando que el silencio se acalle con el bullicio de la ciudad, con los sonidos de la calle o con el goteo de la máquina del café. La mayoría de las veces deseamos que el silencio no exista, que las melodías mantengan sus notas en la eternidad. Es difícil fingir que se está bien con los silencios incómodos, lo es aún más cuando el silencio es aquel que te recuerda que estás solo en este mundo lleno de gente. Se dice del silencio aquello que solamente se trasmite entre susurros, que no rompe las líneas invisibles de una tranquilidad impuesta. Se podrá temer tanto y se podrá también amarlo y es aquí cuando se ve al silencio como arma de dos filos. Del silencio nacen las ideas que dan al mundo una nueva luz, una representación del arte, o bien, un respiro a la humanidad. Pero, el silencio también puede corromper a las personas, puede convertirlas en monstruos que no se quedan bajo la cama. Monstruos que caminan con una sonrisa dibujada en la cara. El silencio también crea horrores nocturnos, demonios que se sientan sobre nuestros hombros y arremeten contra nosotros. 

 


El silencio encierra palabras que no pueden decirse por qué al hacerlo perderían todo sentido de intención. Es hogar de miradas que estallan en llamas, de amores que dicen todo y a la vez nada, de lágrimas y gritos ahogados en la almohada. Atrapa discusiones y disipa nudos en la garganta. El silencio es la sombrilla en un día de tormenta, pero es también la misma tormenta. Se eleva en grandes olas cuya sombra amenaza con consumirte de un bocado. Por el silencio es que miles de cosas se han resuelto y otros miles han decaído. Del silencio hay que temer y tener un par de sabanas a la mano. Es posible que ni siquiera estas te protejan de las lanzas invisibles, pero, al menos debajo de ellas, no estás tan desprotegido. Si se dice del silencio que parece no hacer tanto daño es porque nunca se ha estado en silencio frente a sí mismo. Frente a frente  descubrimos que, quizá, el silencio si hace daño. Le tememos al silencio, porque el ruido te hace olvidar el porqué estás aquí, porque los auriculares en la mochila nos salvan de pensar en nosotros, de miras dentro de ti. 



El silencio es tantas cosas y a la vez nada. No se puede estar preparado pues su llegada es inesperada, de un momento a otro las personas huyen del silencio cuál hormiga atacada en su hogar. Uno puede sentir que el tiempo se congela, que el silencio se lleva la rutina apresurada y deja atisbos de viejos momentos. No conoce de permisos, por lo que se puede permitir frustrar planes ajenos. Es el capricho de los dioses, el malestar de los ángeles y el gozo de los demonios. Correr del silencio no sirve porque tiene un hilo atado a nuestra mano, fue sujetado con el primer sollozo después del nacimiento, afianzado con la primera siesta y abandonado con nuestro último respiro. Se vive con el silencio porque las opciones sin él pasan a ser aburridas, se acepta su compañía porque sin él las caricias dejan de tener sentido. Del silencio se vive aunque sigamos temiendo de él. Se teme del contagio porque no terminamos de entender que lo necesitamos como él necesita de nosotros. Que sin el silencio, las miradas bajo las sabanas no tendrían la misma magia. 

 

 

El silencio es incómodo cuando no se está acostumbrando a él, es aterrador cuando las ideas amenazan con azotarte con latigazos silenciosos. Sin embargo, cuando convertimos al silencio en la mejor compañía, no hay manera para temer de él. Podemos aprender que crecer es una posibilidad, que la auto-reflexión es un camino en silencio. Dejemos el bullicio del mundo por un momento, que sea posible sentir el silencio de una noche fresca. Dejemos de temer de él y escondernos debajo de las sabanas. El silencio enseña a quien presta atención, a quien mira al techo y descubre que está vivo por algún propósito. Solo en el silencio podemos ver realmente, utilizarlo de la forma adecuada es la respuesta que aún no podemos encontrar.  

 

Gabriela Noemy Chávez Pacheco

Comentarios

  1. Ahora he logrado que el blogger me de chance de comentarte.

    Dios, no sabes que tremendamente feliz me hizo tu texto. La idea del silencio como arma de doble filo me pareció espectacular. Sobre la escritura, adoré su fluidez, era tan orgánico y sincero.

    "Vamos recorriendo el mundo esperando que el silencio se acalle con el bullicio de la ciudad" es una de mis frases favoritas, una de varias.

    Estoy anonadada, me ocultaré debajo de mis sábanas a reflexionar tu texto. Me encantó.

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