Carta de alguien que no sabe vivir sin ti

Ayer soñé contigo, tal y como lo había hecho anteayer y todos los días antes de ese. Estábamos acurrucadas en un extremo del sofá —no el escenario más común en el que te encuentro, pero tampoco en el que menos—, con los cuerpos enredados como si dependiésemos de estar tan cerca la una de la otra para ser capaces de respirar. Mi brazo te rodeaba la espalda, y tu mano reposaba sobre la mía del mismo modo en el que lo hacían nuestras mejillas. Dormitábamos, pero no dormíamos, mientras yo fingía que me interesaba más la trama de alguna película irrelevante que contar una y otra vez las siete pecas en tu clavícula.

Desconozco en qué momento me quedé dormida dentro del sueño, y solo supe que había despertado aún en él porque te escuché llorar. Siempre me ha gustado la visión de tu rostro llorando, lo que en retrospectiva parece un poco incompatible con el odio que me provoca la sensación de hacerte llorar. Cuando lloras, los ojos se te entrecierran y sueltan gota tras gota, negras si te has maquillado y transparentes —como en este sueño— si no. Las mejillas se te pintan de rojo, y tus labios, esos de los que siempre te has quejado de que son demasiado pálidos, hacen lo mismo.

Nunca he sabido bien qué debo hacer cuando lloras, sea porque no lo haces mucho o porque yo lo hago todavía menos. Las lágrimas son tan ajenas a mí como la lluvia cayendo mientras me encuentro bajo techo, empero dejan de serlo cuando es de ti de quien brotan, y me hallo al descubierto. Hay gente que cree que cuando lloras desnudas el alma, pero yo nunca me siento más expuesta que cuando son tus ojos llorosos los que me miran. Finalmente me decidí por besarte las mejillas húmedas, rezando por dentro que mi cariño ayudara a curar al menos un poco a tu adolorido corazón.

No te pregunté, reclamé o prometí nada; jamás lo hago. Tú, que siempre simulas burlarte de mí llamándome la reina de las palabras, sabes mejor que nadie que solo acuden a mi llamado si el enemigo es una hoja en blanco. Cuando se trata de la vida real, con contrincantes de carne y hueso con sangre corriéndoles por las venas, se deshacen tal como los castillos de arena al ser arrastrados por las olas, y quedo indefensa ante lo que sea con lo que piensen enfrentarme. Así, hice lo único que podía hacer: te abracé con mi silencio, y esperé.

Tardaste lo que se sintió como una vida en cesar el llanto, aunque otro podría decir que solo fueron unos treinta minutos. En esa media hora sin la cortina de la charla, los únicos sonidos que llegaban a mí eran tus gemidos lastimeros y el traqueteo de pensamientos ansiosos en mi cabeza. Sucedía todo y nada al mismo tiempo: estáticas, nosotras en el sofá; frenéticas, nosotras en mi mente, donde se construían y destruían decenas de escenarios que concluían en un mismo final —el nuestro. Sin pañuelos a la mano, te secaste el rostro con una manga, y la huella oscura sobre la tela se sintió para mí como otra punzada en el alma.

No te lo he dicho aún, pero creo que ya debería: durante todo el sueño, desde que empecé a contar las pecas en tu clavícula, una sensación de niebla me mantenía adormecida. Sentía el cuerpo tanto como se puede sentir dentro de un sueño, pero el mundo entero parecía una pieza que no terminaba de encajar en su rompecabezas. Y luego, cuando por fin salió otro sonido de tu boca más similar a una palabra que a un sollozo, entendí perfectamente lo que estaba sucediendo.

«—No podemos seguir así», me susurraste, apretando mi mano con la tuya. «—No puedes seguir así», añadiste, y entonces yo te respondí: «—¿Así cómo, mi amor?». Y me miraste, con esos ojos con los que siempre me has mirado, con los que bien sabe mi corazón que ya no me mirarás más. «—Como si todavía estuviésemos juntas. Como si yo aún siguiese viva».

Y fue ahí cuando desperté, cuando por fin noté que la que lloraba realmente no eras tú, sino yo.  Estaba en el mismo sofá donde tantas veces me acurruqué contigo, oyendo la última canción que pusiste antes de morir y que yo todavía no me atrevía —ni me atrevo— a cambiar. No había ninguna mano sobre la mía, y tu lado del sofá seguía tan frío como cuando me había dormido. La casa estaba en penumbras, y los únicos ruidos audibles eran mis gimoteos desesperados clamando tu nombre y el palpitar acelerado de mi corazón.

Vivir aquí, en el hogar que tanto tiempo luchamos por construir, duele; pero creo que dolería más irme. Desde tu partida, nuestra casa se ha vuelto mi templo, con un recordatorio de la breve vida que compartí contigo en cada esquina. Cada foto, cada cuadro, hasta tu mitad de la cama con la sábana todavía lisa te rinden pleitesía, y son mis compañeros silenciosos de duelo desde que despierto con los ojos hinchados hasta que caigo dormida abrazando tu almohada. Me aferro a seguir viva no porque desee estarlo, sino más bien por el consuelo de que te tengo siquiera en sueños, cuando lo que es real deja de serlo y lo que ya no es puede volver a ser.

Alguna vez, cómoda en el hueco de tus brazos, leí una frase en algún texto del que no consigo acordarme, e iba así: «Los lugares sagrados nos permiten vivir una historia de todos en primera persona». En su momento, la dejé pasar con una risilla y te confesé en el oído que no la entendía, pero ahora empiezo a sentirla en cada centímetro de mi piel, aunque a mi modo. No vivo la historia de todos: solo la tuya, a través de todo lo que dejaste atrás.

Te vivo en tus canciones favoritas, y en la caja de cereal que no alcanzaste a terminar. Te vivo en mis sueños, y en mi día a día, y a veces te vivo más de lo que vivo mi propia vida. Nuestra casa es mi santuario, el lugar sagrado que me permite volver a ti cuando te necesito —es decir, siempre. Y te hablo, te rezo como lo haría a un dios en una iglesia, anhelándote y sabiendo que no me responderás nunca.

No sé cómo vivir sin ti, y cada instante es una lucha para no morir antes de aprenderlo.

María Alicia Moncada Morales

Comentarios

  1. Me gustó mucho la historia con la que abordaste el sentido de la frase. Sentí tu persona en cada línea, guiándome por los pasillos de la obra que construiste. Me encantó el factor sorpresa porque es necesario para tu reflexión final, y porque no siguió la expectativa que tenía cuando leí el comienzo.
    Espero leer más de tus escritos.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares